CAPÍTULO 2 - RECUERDOS #3
– Ella es Noa, una amiga —les presente al tiempo que palmee el brazo que Noa mantenía en torno a mi—. Todos estamos en la misma clase.
– ¿Ah sí? Nunca me había fijado. Pero, ¿De que la conoces? Si nunca os he visto hablar en la universidad.
Era cierto, mi timidez me impedía acercarme a ella en clase por lo que solo hablábamos durante nuestras conversaciones rutinarias de las tardes.
– Vamos a ir a ver una película, ¿te vienes al terminar tu turno? —le preguntó de la nada.
– Es un thriller —añadí.
– No, gracias, seguramente luego esté muy cansada.
Entonces, su compañera la llamó y cuando se levantó se despidió con un gesto amable.
Antes de irme me acerqué a la barra asegurándome de que Lauren no me veía y saque un clavel rojo de papel de la mochila para dejarlo en la barra.
Había pasado varios días viendo tutoriales sobre cómo hacer una flor como la que me encontré en la librería, los pasos me resultaron complicados para mis torpes manos, quizás una rosa hubiese sido más fácil.
Desde aquella tarde en la cafetería, empezamos a compartir pequeñas interacciones. A veces nos cruzábamos en la universidad, otras coincidíamos en la librería o simplemente caminábamos juntos hasta el aparcamiento.
No necesitábamos grandes planes; nos bastaba con un cruce de miradas o breves conversaciones. Y así, con el paso de los días, comencé a notar que todo en la isla —el sonido del mar, el olor del café, incluso el viento— me recordaba a ella.
Aday: ¿Te gustaría salir conmigo el sábado? Te paso a buscar en mi coche.
A medida que mis sentimientos por Lauren aumentaban, también lo hacían las ganas de quedar con ella. Por ello, teniendo en cuenta la percepción francesa del amor y romance, la invité a una cita que había estado planeando desde hacía unos días.
08/12 Primera cita.
Me encontraba sentado en mi coche frente a la casa que tenía alquilada Lauren en Arrecife, la capital de la isla. Tenía la ventana bajada para que el aire que entrara al interior me refrescara y evitará que se notara el sudor frío de los nervios.
Unos minutos más tarde, que se me hicieron eternos, salió de su apartamento y yo me bajé del coche para acercarme a ella. Combinaba un jersey de punto blanco y un pantalón vaquero de un azul cielo.
– Hey, Lau. Estas espectacular.
– Hola. Tu tampoco vas mal, me encanta como ese cardigan resalta tu collar de cuarzo azul.
Nos dimos un abrazo y un olor dulce me asaltó, era un aroma a vainilla y notas afrutadas.
– Su carruaje le espera señorita. —le dije mientras abría la puerta del copiloto para que se subiera.
Por el camino, sonaba “Iris” de The Goo Goo Dolls . Lauren se movía al son de la canción mientras hablábamos y reíamos de un pequeño chiste que le conté, bastante malo por cierto.
¿Qué hace un surfista en un campo de fútbol? … – La ola
Minutos después, llegamos a Puerto del Carmen, uno de los mayores núcleos turísticos de la isla y en donde se encuentra el santuario del entretenimiento “Guardilama Park”.
Se trata de un recinto que abre sus puertas durante las vacaciones de verano y navidades, en él se pueden encontrar atracciones, puestos de comida, bares y juegos.
Me pareció un plan agradable para Lauren dado su carácter energético.
Al cruzar el arco que conformaba la entrada, nos sorprendió un ambiente festivo.
La feria estaba iluminada por luces que parpadeaban al son de la música, cuyo ritmo se mezclaba con las risas y el bullicio de la gente.
Las atracciones giraban bajo el cielo anaranjado del atardecer y el aire olía a algodón de azúcar, palomitas y churros recién hechos.
Lauren observaba a todos lados con ilusión, como una niña viendo algo por primera vez.
– Me encanta este lugar, no recuerdo la última vez que vine a un sitio así.
– Entonces, divirtámonos todo lo que podamos. —le respondí sonriendo—. ¿Por dónde empezamos?
– Mmm, claramente… Por lo más alto. —dijo señalando la enorme noria al fondo del recinto.
Nos subimos a una de las cabinas metálicas y empezamos a ascender mientras una corriente de aire fresco nos envolvía.
Desde lo alto, la isla parecía detenerse.
El mar brillaba en la distancia, reflejando los últimos destellos del sol que se escondía tras el horizonte.
Lauren apoyó la frente contra el cristal y suspiró.
– No sabía que Lanzarote podía verse tan bonito desde aquí.
– Tú eres más bonita.
– Qué cursi. —rió, mientras se giraba para mirarme.
– Lo siento, tenía que intentarlo.
– Bueno, casi te cuadra.
– La próxima vez será la vencida. Pero… tienes razón, la isla se ve preciosa desde aquí arriba.
– Saquémonos un selfie. —dijo mientras sacaba su móvil y apuntaba la cámara hacia las vistas.
Me acerqué y envolví su cuerpo con mi brazo mientras la cabina se mecía suavemente.
– Sonríe.
– Seguro que vas a salir mejor que yo.
– Es que yo practico más. —dijo, haciendo una mueca divertida.
Cuando la noria se detuvo, Lauren salió corriendo hacia un pequeño puesto donde había que disparar unas balas de gomas a distintos premios expuestos y, si lograbas derribarlos con menos de seis balas, eran tuyos.
– Hagamos una pequeña competición. —comentó, retándome con la mirada—. ¿Podrás superarme?
– ¿Yo? Te aviso que tengo puntería.
– Veamos si eres tan bueno como dices. —dijo, recogiéndose el pelo con una coleta para que no se lo despeinara el viento.
– ¿Una coleta? No sabía que nos habíamos puesto serios. Empieza tu.
– Pienso acabar con esa tranquilidad que transmites.
Tras varios intentos fallidos y muchas risas, Lauren apostó todo a su última bala.
– ¡Auch! —se quejó el dependiente. La bala le había dado en toda la frente.
Tras no poder parar de reirme por unos minutos, había llegado mi turno. Me posicioné y disparé tres veces con las que conseguí derribar un muñeco de un flan de coco. El dependiente me entregó mi recompensa y le regaló a Lauren un pequeño peluche con forma de tortuga.
– Este flan se parece un poco a ti —bromeé.
– ¿Por qué?
– Por lo dulce que eres.
– Dulce dice… —y me lanzó el muñeco a la cabeza.
Continuamos caminando entre los puestos iluminados.
Había un grupo tocando música en directo cerca del área de comida.
Nos acercamos a un carrito de hamburguesas, y pedimos un par con patatas fritas.
A Lauren le encantaba la comida por lo que, sin preocuparse demasiado, le dio un bocado enorme mientras hablaba.
– Dios, esta buenisima.
Un poco de kétchup se le quedó en la comisura del labio.
– Espera, tienes… —le dije mientras señalaba su cara.
– Qué vergüenza.
Ella intentó limpiarse con la servilleta, pero no lo consiguió
– ¿Ya?
– No. —reí, y con cuidado, pasé el pulgar por su mejilla para quitarle la mancha. Ella se quedó quieta un segundo, mirándome, y luego bajó la mirada sonriendo.
– Gracias.
– De nada, es parte del servicio premium del Guardilama Park.
– Espero que venga con postre incluido. —respondió riéndose.
De fondo, las luces de las atracciones centelleaban como luciérnagas.
Caminamos hacia una zona más tranquila donde había un tiovivo antiguo, de los de madera pintada y una música suave.
Lauren se subió a uno de los caballos mientras yo me quedé de pie, viéndola girar.
Su sonrisa opacaba todo lo demás y no podía dejar de mirarla.
Cuando la atracción se detuvo, bajó de un salto y al agarrarla dimos una pequeña vuelta sobre nuestro eje.
– Creo que me mareé un poco.
– Tenía pinta de que sucedería.
– Pero valió totalmente la pena.
Más tarde, nos montamos en los autos de choque.
Durante los primeros segundos, Lauren no paraba de chocar contra mí, riendose sin parar.
Supongo que se quería vengar por su pésima puntería.
Fingí una derrota exagerada mientras ella levantaba los brazos victoriosa.
Al final, ambos terminamos con el cabello despeinado y los ojos brillando de las risas.
Cerca de las once, el parque comenzó a vaciarse. Las luces seguían encendidas, pero el bullicio se apagaba lentamente. Nos sentamos en un banco frente a una fuente iluminada con luces azules. Lauren apoyó sus codos en las rodillas y miró al agua.
– Ha sido un buen día.
– Lo ha sido. —respondí, dejando que el silencio hablara por nosotros.
Una brisa ligera movía su cabello, y el reflejo de las luces hacía que pareciera que el agua bailaba a su alrededor. Ella cogió el peluche de tortuga y lo sostuvo frente a mí.
– ¿Cómo crees que deberíamos llamarlo?
– No sé… ¿Tortuguita? —dije riéndome.
– Te lo has currado, eh. —río ella también—. Le pondré “Ola”.
– Suena bien. Pues… para ir a juego yo llamaré al flan de coco “surfer boy”.
– ¿Por qué le encanta el mar?
– No, porque la “Ola” le da sentido a su vida.
Nos quedamos un rato allí, en silencio, viendo cómo las luces del parque empezaban a apagarse una a una y el eco distante de una canción sonaba por los altavoces, tenía un tono suave y nostálgico. Lauren se recostó hacia atrás y cerró los ojos un instante.
– Me gusta este sitio. Tiene algo… dulce.
– Como tú.
– ¿Otra vez con eso?
– Perdón, no puedo evitarlo.
Ella negó con la cabeza, sonriendo, y volvió a mirar las luces reflejadas en el agua. En ese momento, no pensé en el amor, ni en lo que aquello significaba. Solo en la paz que me daba compartir el mismo silencio, el mismo aire y el mismo instante a su lado.
Cuando volvimos al coche, la noche se había tornado fría por lo que le coloqué mi chaqueta por encima de sus hombros.
Durante el camino de regreso, solo se escuchaba el sonido del viento.
Lauren dormía plácidamente con la cabeza apoyada en el cristal, mientras yo pensaba que no recordaba haber pasado un día tan sencillo… pero perfecto.
23/12 La noche del baile.
El recuerdo vuelve a cambiar.