CAPÍTULO 1 - LAUREN #5
El trayecto hasta Playa Blanca se hizo corto, la conversación iba saltando de tema en tema: exámenes, anécdotas, planes para el verano, … Iriome despegaba las manos del volante mientras hablaba y Asier asentía de vez en cuando, sin despegar la mirada de la carretera.
Cuando llegamos al puerto, un aroma a sal y gasolina entró por las ventanillas impulsado por una ligera corriente de viento. Tras esperar un rato, un oficial portuario nos señaló nuestro turno para acceder al barco e Iriome introdujo la furgoneta en la bodega del ferry con sumo cuidado.
Llegamos hasta la parte superior del barco mientras este se alejaba del muelle. Los demás habían ido a la cafetería y yo, que me había tomado dos cafés en el desayuno, decidí apoyarme en la barandilla, observando como el mar se extendía ante mis ojos.
Pocos minutos después, Lauren apareció a mi lado sin decir nada.
– Me gusta cuando desconectas, te ves muy bien. —dijo ella, unos segundos después.
Me giré brevemente y la vi. Me observaba fijamente, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados en la barandilla y el cuerpo inclinado hacia mi.
– Oye, lo de esta mañana…
– ¡Chicos! —grito Noa a lo lejos mientras nos indicaba con señas.
Tras varios intentos, al final no pudimos descifrar su mensaje y tuvimos que acercarnos a ella.
– Ya casi vamos a llegar y debemos bajar a la cubierta de carga.
El trayecto por Fuerteventura transcurrió por un paisaje árido y abierto en el que Iriome no paró de hablar, señalando cosas por la ventana. Por mi parte, me dediqué a intercambiar varias miradas fugaces con Lauren.
Media hora después, llegamos a El Cotillo. Un pequeño pueblo pesquero de estrechas calles de casitas blancas teñidas de arena y en el que pasaríamos el fin de semana.
El apartamento que había reservado Noa estaba bañado por la luz del sol cuando abrimos la puerta.
Las cortinas se movían con el viento y dejaban ver una terraza desde la que el mar parecía al alcance de la mano.
Estaba compuesto por dos habitaciones, una pequeña cocina, y una escalera que llevaba a la azotea.
– ¿Un jacuzzi? —dijo Iriome, incrédulo, tras haber subido las escaleras.
– Esto promete. —añadió Asier.
Lauren dejó la mochila en el suelo y se acercó a la terraza para observar el mar que brillaba al fondo. La miré con disimulo mientras pensaba en cómo hay personas que parecen pertenecer a ciertos lugares y que sin ellos son un caparazón vacío.
Cada día me quedaba más claro que ella pertenecía al mar.
No tardamos en ir hacia la playa pues la pasión de Lauren se transmitió con facilidad hacia los demás. Tras caminar quince minutos, la playa de El Esquinzo se extendió ante nosotros, un entorno salvaje en el que el viento arrastraba la arena y el sonido de las olas era profundo.
Lauren se iluminó al verlo y sin decir nada, empezó a ponerse el neopreno. Calentó los hombros, las rodillas, los tobillos, … y después avanzó hacia el agua.
– Vamos a comprar comida —dijo Iriome.
– No tardamos —añadió Asier.
Ambos se marcharon lentamente mientras Lauren entró al mar sin vacilación. Avanzaba entre las olas con la naturalidad propia de la experiencia. Yo la seguía con la mirada hasta que el agua le cubrió el cuerpo y solo quedó la línea oscura del neopreno recortada por el azul turquesa del mar.
Sin separar la mirada, cruzé los brazos y me incliné brevemente hacia delante, concentrandome cada vez más en sus movimientos. Y es que desde la arena parecía distinta, no más fuerte, ni más libre sino más auténtica; más ella.
Verla así me llamaba e hipnotizaba como el canto de una sirena. Tanto, que tardé unos segundos en darme cuenta que Noa se había sentado a mi lado.
– ¿Siempre se mete tan rápido? —preguntó.
– Siempre que puede, es como si el mar fuera su hogar. —respondí.
Lauren flotaba sobre su tabla, esperando una buena serie mientras el viento le movía el pelo mojado hacia atrás.
– Tiene algo. —dijo Noa.
Asentí.
– Si.
– ¿En qué piensas?
– En nada. Solo… me gusta verla ahí. —continúe hablando y sin darme cuenta, me estaba explicando—. Es como si todas las piezas encajaran cuando está en el agua. Como si no tuviera que esforzarse.
– Aunque el esfuerzo se nota en sus movimientos —añadió Noa.
Me giré hacia ella por primera vez. Y en vez de mirar el mar, me miraba fijamente.
– Exacto.
Durante unos segundos, nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos. El sonido de las olas llenaba el espacio que no ocupaban las palabras.
– ¿Te acuerdas de cuando decías que el mar te imponía respeto? —preguntó Noa.
– Me sigue imponiendo.
– Pero la miras como si no existiera nada más.
Fruncí el ceño, incómodo.
– No exageres.
– No lo hago —respondió ella, con una media sonrisa—. Solo digo que se te nota.
Iba a contestar cuando una voz nos interrumpió.
– ¡Hemos vuelto!
Iriome y Asier acababan de llegar, cargados con bolsas.
– Parece que viene una buena ola. —comentó Asier.
Todos dirigimos la mirada hacia el mar.
Lauren remaba con decisión mientras la ola se formaba detrás de ella, oscura y limpia.
Se puso en pie con un movimiento fluido y luego avanzó, firme, cortando el agua con precisión. Hizo un giro en la parte inferior de la ola y subió la pared hasta llegar al labio. Entonces, realizó un giro brusco para descender.
– Buen Reentry —dijo Asier, observando con atención—. Ha sido muy limpio.
– Siempre ha sido buena —añadió Iriome—. Pero hoy está especialmente centrada.
Sonreí sin darme cuenta, como un gesto involuntario.
Mire a Noa, que no había dicho nada.
– Aday, ¿me acompañas a dar un paseo? —preguntó.
– Después… Me gustaría seguir viendo…
Me interrumpió.
– ¿Piensas pasarte todo el viaje observándola? Acaso, ¿los demás ya no existimos? Mira, claramente ella está a punto de salir, todo ser vivo necesita descansar.
Miré a Lauren. Salía del agua y se sacudía el pelo mojado mientras sonreía, una sonrisa que parecía una recompensa compartida.
– Está bien… Vamos.
Me giré y la vi arrastrando la tabla hacia la arena, dejando una marca irregular a su paso. Yo seguía hablando con Noa mientras paseábamos por la orilla, no muy lejos del grupo.
Ella se reía de una tontería que yo había dicho y, en un gesto casi automático, apoyó su mano en mi brazo. Continué hablando sin pensar en ello y entonces levanté la vista.
Lauren estaba quieta, de pie sobre la arena húmeda, observándonos desde la distancia. Sostenía la tabla con desgana, como si hubiera olvidado por qué había salido del agua. Durante un segundo, tuve una sensación incómoda, como si hubiera hecho algo mal sin saber qué.
– Siempre han estado muy unidos, se conocen de toda la vida —oí decir a Asier levemente.
No alcancé a escuchar lo que respondieron, pero vi cómo ella asintió despacio.
Más tarde, volvimos hacia el grupo. Noa se sentó cerca mía, hablando animadamente, mientras yo buscaba a Lauren con la mirada.
Me estaba evitando.
– ¿Todo bien? —le pregunté.
– Sí —respondió ella, sonriendo de una forma que no me resultó del todo convincente—. Solo… voy a volver al agua un rato más.
– ¿Otra vez?
No respondió. Se giró y volvió hacia el mar, dejándome con la palabra suspendida y una inquietud que no sé cómo nombrar.
La seguí con la mirada, se dejó caer sobre su tabla y remó con fuerza, adentrándose más que antes, como si necesitara distancia.
– Está dándole duro hoy —comentó Iriome.
– Quizá esté molesta —murmuró Asier.
– ¿Por qué lo dices? —pregunté.
Asier me miró de reojo.
– A lo mejor no le ha gustado algo.
– Quizá no quería salir todavía —dijo Noa—. A veces cuesta aceptar cuándo hay que parar.
– Está bien. —dije, más para convencerme que para informar.
Volví la vista al mar. Lauren tomó una ola con más fuerza de la necesaria, de manera casi agresiva.
Durante unos segundos pareció perder el equilibrio, pero se rehízo y continuó.
En la siguiente ola cayó al agua. Desapareció un instante bajo la superficie y cuando volvió a salir, permaneció quieta sobre la tabla.
El apartamento estaba en completo silencio cuando regresamos de la playa. Prácticamente, el mismo silencio que nos había acompañado en el camino de vuelta.
El sol comenzaba a caer y la luz anaranjada entraba por las ventanas abiertas, proyectando sombras largas sobre el suelo. Lauren fue directamente a la ducha sin decir mucho. Noa dejó la mochila en el sofá y se ofreció a preparar algo de cenar. Nadie discutió la propuesta.
Me quedé unos segundos quieto en el centro del salón.
– Vamos arriba —dijo Iriome, señalando hacia la escalera que llevaba a la azotea—. Nos vendrá bien un baño caliente. Asier, ven tú también, será “una tarde de chicos en el spa”.
El jacuzzi humeaba suavemente bajo el cielo que empezaba a oscurecer. El aire era fresco, pero el agua estaba a la temperatura perfecta. Me hundí hasta los hombros y cerré los ojos, intentando relajar el cuerpo.
No dijimos nada durante unos minutos hasta que Iriome rompió el silencio.
– Vale, no voy a dar rodeos —dijo, apoyando los brazos en el borde—. ¿Tú no ves nada raro hoy?
Abrí los ojos.
– ¿Raro en qué sentido?
Asier se acomodó al otro lado, con los codos sobre las rodillas.
– En todos los sentidos.
Resoplé.
– Estáis exagerando.
– No —respondió Iriome—. Tú estás evitando verlo.
Agaché la cabeza. El agua burbujeaba a nuestro alrededor.
– Noa está rara —continuó Iriome—. Lauren también. Y tú… tú estás en medio sin darte cuenta.