CAPÍTULO 1 - LAUREN #4
Estabamos en la noche del ultimo dia de clases antes de las vacaciones de navidad, unas luces iluminaban el suelo del gimnasio y la música retumbaba al tiempo que yo pasaba por debajo de un arco formado por globos de color plata y oro.
Era la noche del baile navideño y estaba esperando a Lauren.
Llevaba un traje de color azul oscuro con una camiseta negra debajo.
Llevaba un rato apoyado en la pared de cemento, observando como la pista se llenaba de gente bailando y riéndose.
De vez en cuando miraba el móvil, pero la pantalla no mostraba notificaciones.
Hacía unas horas le había escrito a Lauren, pero no me había contestado.
Tal vez no había mirado su móvil todavía.
En cuanto la música se volvió más lenta y la gente se dispersó, me separé de la pared y crucé la pista para buscarla.
Pero en ese instante, me encontré a Noa.
– ¡Aday! Que guapo estás hoy. ¿No está Lauren contigo?
– La estaba buscando.
– Me dijo que iba a llegar tarde. —¿Habló con Noa? —. En lo que esperas a que llegue, ¿podrías bailar conmigo?
– No sé… —Me cogió de la mano y nos adentramos en la pista.
No quería ser irrespetuoso con Noa, así que acepté bailar una canción. Colocó sus brazos en torno a mi, y bailamos lentamente. Entonces, la vi entrar por el arco de globos. Nuestras miradas se unieron y el tiempo se ralentizó mientras sentí un nudo que me crecía en la tripa.
– Perdoname. —Dejé de bailar y me separé de Noa, ya no veía a Lauren. ¿Se había ido?
Salí corriendo para ver si la alcanzaba.
Estaban cayendo algunas gotas y la noche se ciernió sobre mí mientras la música reverberaba en el lugar.
Varias farolas iluminaban el silencioso aparcamiento, el cual contrastaba en comparación con la pista de baile.
Al tiempo que avance por el aparcamiento, la vi sentada en un bordillo.
Tenía un aspecto serio y desanimado, a pesar del vestido rojo que vestía.
– Lauren… ¿A dónde vas?
– A casa.
– ¿En plena lluvia? —No sabía qué responderle. Me sentia un tonto, así que me oblige a sonreír.
– Apenas están cayendo cuatro gotas. —Me respondió cortantemente.
– Te puedo llevar en coche si quieres.
– No te preocupes, no me importa ir andando.
– ¿Seguro? —Sentía que me ardía el pecho.
– Sí, tranquilo. Vuelve dentro, tu cita está esperándote ahí dentro.
– ¿Q-qué? —tartamudee un poco —. Noa no es mi cita. Solo somos amigos.
– Ya me contó que estuvisteis saliendo dos años antes de que cortara contigo al inicio del verano.
– Si, corto conmigo antes de irse a trabajar a un crucero y, aunque nos llevamos bien como amigos, lo cierto es que tuve un vacío en mi interior prácticamente todo el verano.
Pero entonces, te vi aquella noche en la playa y sentí que no te olvidaría nunca, aunque el tiempo o el mar se interpusiera entre nosotros.
Lauren se quedó en silencio.
– Esta noche te estaba esperando así que, ¿por qué te vas tan pronto?
– Los bailes no me van, solo es eso.
– Ya, te entiendo. A veces son muy cutres.
– ¿Hay alguien que de verdad se lo pase bien?
– Puede que nunca hayas ido a uno con la persona adecuada. O, ¿no te gusta bailar?
– No sé... No se me da muy bien. Y no me gusta que la gente me vea.
Incluso aquí, en el aparcamiento, éramos capaces de oír la música a través de las paredes. Habían vuelto a poner una canción lenta. Mire alrededor y, poco después, extendí la mano hacia ella.
– Bueno, ahora mismo no nos está mirando nadie… —le dije con una sonrisa pícara.
– Solamente un baile —Me contestó tras pensarlo unos segundos.
Aguanté la respiración al tiempo que di un paso hacia delante y le tomé de la mano para acercarla a mi.
Sus manos eran suaves mientras que las mías temblaban levemente de los nervios.
Jamás imaginé que bailaría con ella así, con ambos moviéndonos al compás de la música en el aparcamiento de una universidad.
Su cara estaba ligeramente húmeda a causa de la llovizna, y yo pude inhalar el aroma dulce de su perfume mientras se apoyaba en mi pecho.
Y, cuando frote mi mano por su cara, acariciándola suavemente para quitarle la humedad, se percató de algo.
– ¿Qué es esto?
La gerbera de papel. La llevaba atada a la muñeca con una cinta.
– Nadie me ha regalado un ramillete, así que me lo he hecho yo.
– Yo te la di.
– Lo sé, veo que no se me da bien mentir.
Ella sonrió ante mis palabras.
– ¿Sabes Lauren? Quería pedirte que vinieras al baile conmigo, pero me daba miedo que me rechazaras. Así que decidí esperarte por si aparecías.
– ¿Y por qué haría una cosa así?
Lauren dejó caer su cabeza y se rió en voz baja.
– ¿Qué te hace tanta gracia? —le pregunté, algo molesto, mientras ella me cogió de la mano.
Me quito la flor de la muñeca y empezó a desenvolverla. Empezaba a quejarme, pero me quedé callado al ver la hoja de papel en su mano. Había una nota escrita que no me dejó leer bien.
– No se me había ocurrido abrirla —le dije.
– Supongo que es culpa mía.
Ambos nos echamos a reír, pero mi sonrisa se esfumó.
– ¿Qué pasa? —me preguntó.
– Que la hemos fastidiado.
El papel estaba arrugado y húmedo a causa de la leve lluvia.
– Ahora no podré saber qué es lo que había escrito.
– No te preocupes —dijo Lauren —. Te puedo hacer otra, te puedo hacer mil más.
Al oír aquellas palabras sentí que era el momento, por lo que no pude evitar acercarme y darle un beso.
La agarre por la parte de atrás de la cabeza y deposite mi mano izquierda en su cintura.
Nuestros labios se entrelazaron, moviéndose lentamente, como si bailaran tal y como hicimos antes.
Note como su nerviosismo desaparecía lentamente.
Me separe y mire fijamente sus ojos verdes.
– Te quiero Lauren.
La envolví con los brazos mientras proseguimos con nuestro baile en el aparcamiento. La llovizna que caía a nuestro alrededor, varió el rumbo y se detuvo, revelando un cielo nocturno claro.
– Gerberas rosas...
– ¿El qué? —le pregunté sorprendido.
– ¿Sabes el significado de las gerberas rosas? —me respondió suavemente.
CAPÍTULO 3 - OLAS DE PRIMAVERA
El día siguiente de aquella noche, Lauren y yo quedamos en una cafetería.
Durante la conversación, decidimos dejar suspendido el recuerdo de aquel beso, no porque no nos importara o no sintiéramos nada, sino porque teníamos miedo.
Lauren me comentó que prefería guardar aquel instante como se guarda algo frágil: con cuidado.
Y por mi parte, sentía que algo surgía en mi interior pero no sabía cómo sostenerlo todavía.
Por ello, seguimos viéndonos, riéndonos y compartiendo pequeños momentos, como si nada hubiera cambiado… aunque todo lo hubiera hecho.
22/01 El viaje costero.
Había cerrado el libro que estaba leyendo e iba a apagar la luz cuando una notificación apareció en la pantalla a las once y cuarenta y dos de la noche.
Has sido añadido al grupo “El Cotillo 🌊”.
Entre en la conversación y me quedé mirando un momento, esperando a que alguien tomara la iniciativa. Finalmente, la primera en escribir fue Noa.
– Ya estamos todos. Id confirmando fechas, porfa.
Iriome respondió casi de inmediato.
– Yo puedo llevar el coche. Mi padre me deja la furgo si prometo no romperla.
– Promesas vacías —escribió Asier—. Yo reservo los tickets de ferry.
– Perfecto, te mando los detalles de la furgo por privado.
Lauren tardó un poco más en responder.
– Yo me encargo del picoteo y, prometo no llevar las típicas galletas.
– Pues yo busco la mejor playa cercana al alojamiento —escribí—. Una en la que puedas hacer surf, Lau.
– ¡Eso estaría genial!
Noa envio una imagen del alojamiento en el que nos alojaremos
El sábado blablabla.
Nadie comentó nada más durante unos segundos. Luego empezaron los emojis, las bromas y los horarios desorganizados.
Finalmente, en la madrugada del viernes dejé el móvil sobre la mesilla y me quedé mirando el techo, con las expectativas y la emoción por encima de las nubes.
El sábado por la mañana, la furgoneta de Iriome apareció puntual frente a mi portal. Era vieja, blanca y tenía una pegatina descolorida de un alien con sombrero que decía “Peace” y un golpe mal disimulado en la parte trasera.
Baje los dos escalones de la entrada con la mochila colgada de un hombro y el pelo todavía húmedo.
– Siempre el último —dijo Iriome desde el asiento del conductor.
– Le gusta ser el protagonista —añadió Asier sin girarse.
Me reí mientras me dirigía a abrir la parte trasera donde estaban sentadas Noa y Lauren. Durante una fracción de segundo, pude notar como ambas me miraban a la vez.
– En verdad, te necesito en medio —dijo Iriome antes de que pudiera decidir por dónde entrar—. No me fio de Asier como copiloto.
– Ni yo de ti como conductor —respondió Asier.
Lauren abrió la puerta derecha y salió para dejarme paso. Dentro, olía a un incienso exotico y crema solar. Luego, me acomodé en los asientos traseros.
– ¿No tengo cinturón? —pregunte.
– Se rompió y mi padre lo corto —respondió Iriome—. Pero tú no necesitas cinturón…, si tuviésemos un accidente, tienes dos airbags ahí atrás, ¿verdad chicas?
Noa le dio una colleja en el cuello mientras él se reía a carcajadas y Asier se tapaba la sonrisa con la mano. Entonces, Iriome subió el volumen de la radio y la furgoneta arrancó mientras quedó envuelta por una canción que reconocí al instante.
– No… —dijo Noa—. No me digas que sabes qué canción es.
– ¿En serio me preguntas eso? —respondí—. La ponías siempre que iba a tu casa a estudiar.
– Para concentrarnos... Y encima eras tú quien se sabía toda la letra.
– Porque alguien la ponía en bucle.
– Alguien con buen gusto.
Nos reímos.
Giré brevemente la cabeza y vi que Lauren me estaba mirando fijamente, a pesar de que desvió la mirada inmediatamente hacia el paisaje.
– ¿Te acuerdas cuando dijiste que esta canción te daba suerte? —añadió Noa.
– Y suspendí.
– Los pequeños detalles, siempre los olvidas.
– Por eso confío en que tú te encargas de ellos.