Episodio 4 Violación de Correspondencia
E l delito, como la historia, suele ocurrir en la oscuridad.
La oficina de correos de Pierowall estaba sumida en una negrura casi líquida, solo rota por el resplandor agonizante de las brasas en la estufa de hierro y el haz de luz de una única lámpara de aceite que James Macleod había colocado sobre la mesa de clasificación.
Había bajado la mecha al mínimo, reduciendo la iluminación a un círculo conspirativo, lo justo para ver sus propias manos, pero insuficiente para que cualquier silueta se proyectara contra las cortinas de las ventanas.
Afuera, la tormenta había cambiado de táctica.
El viento ya no golpeaba con furia ciega; ahora siseaba, un sonido largo y constante que se filtraba por las juntas de la madera y las rendijas de la puerta, trayendo consigo el olor metálico del ozono y la sal.
Era la respiración del Atlántico Norte, esperando.
Macleod estaba sentado frente al paquete.
A su lado, Bella Sinclair permanecía de pie, inmóvil como una estatua de sal. Sus ojos, acostumbrados a buscar síntomas en la penumbra de las habitaciones de enfermos, estaban fijos en el sobre de lino color crema.
—Es un delito federal, James —dijo ella. Su voz era apenas un hilo de aire, carente de juicio, enunciando simplemente un hecho clínico—. La Ley de Correos de 1908. Artículo 56. «Cualquier oficial del servicio postal que, contrariamente a su deber, abra...».
—Sé lo que dice la ley, Bella —la interrumpió Macleod.
Su mano derecha descansaba sobre el papel, sintiendo la textura granulada—.
También sé que la ley dice que no se debe torturar a un hombre hasta la muerte y tirarlo por un acantilado.
Y sin embargo, el Sr. V. está enfriándose en el cobertizo de la iglesia.
Macleod retiró la mano. Le sudaba la palma.
Durante veintiún años, había sido el perfecto jefe de correos.
Había respetado la santidad del sello. Había protegido los secretos banales de sus vecinos: cartas de amor ilícitas, deudas vergonzosas, giros postales ocultos a las esposas.
Esa integridad burocrática había sido parte de su disfraz.
Ser aburrido, ser predecible, ser legal.
Romper ese sello significaba romper el último vestigio de Robert Thomson. Significaba volver a ser James Macleod, el hombre que operaba al margen del sistema.
—Si lo abrimos —dijo Macleod, más para sí mismo que para ella—, no hay vuelta atrás. Nos convertimos en poseedores de la verdad. Y la verdad, en nuestra situación, es material radiactivo.
—Ya estamos contaminados, James. —Bella señaló con un dedo artrítico el lacre rojo roto—. El hombre está muerto. Tú tienes el paquete. La ignorancia ya no es una defensa. Necesitamos saber qué es lo que vale tanto como para matar. Necesitamos saber el calibre del arma que nos apunta.
Macleod asintió lentamente. Sacó su navaja. La hoja brilló brevemente bajo la luz amarilla.
Con un movimiento quirúrgico, terminó de rasgar el sobre que ya había violado parcialmente horas antes. El sonido del papel grueso desgarrándose sonó obscenamente fuerte en el silencio de la noche, como tela rasgándose, o piel.
Volcó el contenido sobre la mesa de madera pulida por el uso.
Hubo un ruido sordo, metálico. Clanc .
Dos placas rectangulares de metal cayeron sobre la madera, seguidas por una cascada de papeles finos, papel cebolla y cuartillas de notas.
Macleod dejó la navaja y cogió una de las placas. Era pesada. Plomo y antimonio. Una aleación de imprenta. Estaba fría al tacto, un frío que parecía morderle las yemas de los dedos.
La acercó a la luz. La superficie estaba grabada en relieve, invertida, lista para ser entintada y prensada contra el papel.
—Es una matriz —dijo Macleod—. Una plancha de impresión tipográfica.
Leyó el texto al revés, sus ojos descifrando los caracteres espejo con la facilidad de años de práctica policial.
COMITÉ EJECUTIVO DE LA TERCERA INTERNACIONAL. MOSCÚ.
Dejó la placa y cogió los papeles. Sus manos empezaron a pasar las hojas. Primero con cautela, luego con una urgencia febril.
Había borradores. Versiones del mismo texto mecanografiadas una y otra vez.
—Mira esto —susurró Macleod, extendiendo una hoja de papel cebolla translúcido sobre la mesa.
Era un borrador de una carta. El texto era incendiario.
«A el Comité Central del Partido Comunista Británico...
Es esencial que el Grupo del Partido Comunista Británico organice las células en todas las unidades de las tropas...
preparar la insurrección armada... La ratificación del Tratado Anglosoviético será el golpe definitivo al capitalismo británico... ».
Estaba firmado, en una caligrafía cirílica angulosa y agresiva: Grigory Zinoviev.
—Es la carta de la que hablan los periódicos —dijo Bella, inclinándose sobre su hombro. El olor de su ropa mezcla de jabón carbólico y lluvia, envolvió a Macleod—. La supuesta orden de Moscú para iniciar la revolución en Gran Bretaña. Si esto se publica...
—Si esto se publica cuatro días antes de las elecciones —completó Macleod—, Ramsay MacDonald y los laboristas serán vistos como títeres de los bolcheviques. El electorado entrará en pánico. Votarán en masa a los conservadores para «salvar el Imperio».
—Pero James, mira las correcciones.
Bella señaló los márgenes del documento.
Estaban llenos de anotaciones en lápiz rojo. Pero no eran correcciones ideológicas. Eran correcciones gramaticales y de estilo.
«Demasiado formal, suena a traducción académica. Hazlo sonar más brutal». «Cambiar "soldados" por "proletariado en uniforme"». «La firma necesita más trazo. Ver referencia en archivo 4B».
Y lo más condenatorio: las notas estaban escritas en inglés. Un inglés culto, con la caligrafía cursiva y elegante que se enseña en los colegios privados de Eton y Harrow.
Macleod cogió otra hoja. Era una prueba de imprenta de la firma de Zinoviev. Había tres intentos. Al lado de cada uno, una mano anónima había escrito: «Descartado», «Muy débil», «Aprobado - Usar esta matriz».
—No es una carta interceptada —dijo Macleod. Sentía un vacío en el estómago, una náusea intelectual ante la magnitud del engaño—. Es una fabricación. Una obra de teatro escrita, ensayada y producida en Londres.
Levantó la vista hacia Bella. Sus ojos grises reflejaban el horror de la comprensión.
—No son los rusos, Bella. Nunca fueron los rusos. Es el MI6. Son nuestros propios espías fabricando una amenaza para derribar a su propio gobierno democrático.
Macleod rebuscó entre los papeles hasta encontrar lo que parecía ser una carta de acompañamiento, arrugada y manchada de ceniza, como si alguien la hubiera rescatado de una papelera en el último momento.
Tenía el membrete de una imprenta privada en Fleet Street, pero el texto era personal.
«Querido V: El "Viejo" está nervioso. Cree que el primer ministro sospecha algo sobre la filtración.
Necesitamos que las copias finales estén listas para el Daily Mail el sábado por la mañana.
Asegúrate de destruir los borradores preliminares y, sobre todo, las matrices defectuosas.
No debe quedar rastro de la gestación. La Carta debe aparecer en el mundo como un hecho consumado, nacida completa de la cabeza de Zinoviev. Por el bien de la Causa. S.».
—«S» —murmuró Macleod—. ¿Stewart? ¿Sinclair? ¿Cumming? Podría ser cualquiera de la Sección de Contrainteligencia.
—Y «V» era el falsificador —dijo Bella—. El hombre del acantilado.
—Un técnico. Un experto en documentos. Probablemente un emigrado ruso blanco o un lingüista contratado. —Macleod miró las placas de plomo—. Se asustó. Le pidieron que destruyera las pruebas, pero se dio cuenta de lo que tenía entre manos. Tenía la prueba del mayor fraude electoral de la historia.
—¿Por qué vino a Westray?
—Porque es el fin del mundo. Pensó que aquí estaría seguro mientras decidía qué hacer. Quizás quería chantajearlos. Quizás tuvo un ataque de conciencia y quería enviárselo a MacDonald. O quizás simplemente quería desaparecer.
—Pero cometió el error de esperar —dijo Bella—. Y ellos no esperan.
Macleod dejó caer la carta sobre la mesa. El silencio volvió a la habitación, pero ahora estaba cargado, denso. El aire parecía vibrar con la electricidad estática de la historia.
Lo que tenían sobre la mesa de clasificación de correos no eran simples papeles.
Eran armas. Eran más peligrosas que la dinamita que usaban en las canteras de la isla.
Esas matrices de plomo tenían el poder de cambiar el gobierno del Imperio británico.
Tenían el poder de destruir la reputación del Servicio Secreto.
Si Macleod enviaba eso a The Manchester Guardian o al propio Ramsay MacDonald, el escándalo sería bíblico. El MI6 sería purgado. Las elecciones se salvarían para los laboristas.
Macleod miró sus manos. Estaban manchadas de tinta negra, transferida de las matrices. Intentó limpiarse en el pantalón, pero la mancha persistió.
—Margaret —dijo de repente.
Bella se tensó.
—¿Qué?
—Margaret. La sindicalista de Dundee. La mujer que te ayudó a escapar en el 99. Y Keir Hardie. El hombre que nos dio cobijo moral cuando éramos parias.
Macleod se levantó y caminó cojeando hacia la ventana oscura.
—Este gobierno, el gobierno de MacDonald... son ellos. Son los herederos de la gente que nos salvó la vida. Son los socialistas por los que Bella Sinclair luchaba en las morgues de Glasgow. Son la gente que quiere dar pensiones a los viejos y seguridad a los mineros.
Se giró hacia Bella. Su rostro estaba torturado por la memoria.
—Si no hacemos nada, Bella... si dejamos que esta mentira se publique... estamos traicionando a los únicos amigos que tuvimos. Estamos dejando que los hombres como Rennie y Blackwood, los hombres que manipulan la verdad desde las sombras ganen otra vez.
Bella se acercó a la mesa. Tocó las matrices frías.
—Lo sé, James. Sé lo que significan estos papeles. Sé que Ramsay MacDonald es un hombre decente rodeado de lobos. Pero también sé otra cosa.
Levantó la vista y clavó sus ojos en los de él.
—Sé que tenemos cincuenta años. Sé que tú cojeas cada vez que llueve. Sé que mis manos tiemblan cuando intento sostener un bisturí. Sé que no tenemos a nadie. Blackwood está muerto. No tenemos red de seguridad.
Bella cogió la carta firmada por «S».
—Si hacemos público esto, el MI6 sabrá que salió de aquí. Rastrearán el paquete. Rastrearán al Sr. V. hasta Westray. Y encontrarán al jefe de correos que sabía demasiado.
—Podríamos enviarlo anónimamente —sugirió Macleod, aunque su voz carecía de convicción. Era el último aleteo de su instinto heroico.
—No hay anonimato cuando se trata de alta traición, James. Volcarían cada piedra de estas islas. Nos encontrarían. Y nos harían lo mismo que al Sr. V. ¿Viste sus manos? ¿Viste los pinchazos?
Macleod se estremeció. La imagen del cuerpo en el acantilado se superpuso a la de Bella. Imaginó esas manos hábiles y curativas destrozadas por alicates y agujas.
El miedo, frío y racional, empezó a sofocar la indignación política.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Macleod. Se sentía pequeño. Se sentía sucio—. ¿Guardamos el secreto del siglo en una caja de galletas?
—Tenemos que esconderlo. Por ahora. —Bella empezó a recoger los papeles con movimientos rápidos y nerviosos—. No podemos dejar esto aquí. Si vuelven... si los hombres del barco vuelven a registrar la oficina...
—La caja fuerte no es segura —dijo Macleod—. Es lo primero que abrirían.
Miró alrededor de la oficina. Las paredes de madera, los estantes llenos de formularios inútiles. Todo parecía frágil. Su fortaleza era de papel.
—El suelo —dijo Macleod—. Debajo de las tablas sueltas en la despensa. Donde guardamos el licor de contrabando en Navidad.
Bella asintió.
—Mételo todo en una caja de metal. Sella la tapa con cera para que no entre la humedad.
Macleod buscó una caja de caudales vieja, oxidada, que usaban para guardar clips y gomas. Vació el contenido.
Empezó a meter las pruebas dentro. Las matrices de plomo chocaron contra el fondo con un sonido de sentencia. Clanc . Clanc .
Luego los borradores. Las pruebas de la infamia.
Mientras guardaba los papeles, leyó una frase más del borrador de la Carta Zinoviev: «El proletariado de Gran Bretaña no debe temer la guerra civil...».
—Es irónico —dijo Macleod con una risa amarga—. Inventan una guerra civil para evitar que los socialistas gobiernen en paz. Están dispuestos a romper el país para gobernarlo.
—Siempre ha sido así, James. El poder no tolera el vacío. Ni la competencia.
Cerró la caja de metal. El clic del cierre sonó definitivo.
Macleod cogió la barra de lacre rojo que había sobre la mesa. La calentó en la llama de la lámpara. La cera se derritió, goteando, espesa y oscura como sangre coagulada. Selló los bordes de la caja.
El olor a cera quemada llenó la habitación, mezclándose con el olor a miedo y a tormenta.
—Vamos —dijo.
Fueron a la despensa trasera. Macleod apartó un saco de patatas y, usando una palanca, levantó dos tablas del suelo. El hueco abajo estaba oscuro, oliendo a tierra húmeda y ratones.
Depositó la caja en el agujero. Era como enterrar un ataúd pequeño. El ataúd de su conciencia.
Volvió a colocar las tablas. Arrastró el saco de patatas encima.
Se levantaron. Se miraron el uno al otro en la penumbra. Ya no eran solo supervivientes. Eran cómplices de una conspiración de Estado. Al ocultar la prueba de que la Carta Zinoviev era falsa, estaban permitiendo que la mentira viviera. Estaban permitiendo que la historia tomara el rumbo equivocado.
—¿Crees que vendrán? —preguntó Bella.
—El Sr. V. está muerto. Ellos creen que el problema está resuelto. Si nadie reclama el paquete, asumirán que se perdió o que él lo destruyó antes de morir. —Macleod intentaba convencerse a sí mismo—. Estamos ganando tiempo, Bella. Solo tiempo.
—El tiempo es todo lo que tenemos.
De repente, un ruido fuera hizo que ambos se congelaran.
No era el viento.
Era el sonido de un motor. Un motor diésel pesado, ronco, luchando contra el oleaje en el puerto. Y luego, el sonido más sutil pero inconfundible de unas botas claveteadas caminando sobre los adoquines mojados de la calle principal.
Pasos. Lentos. Deliberados.
Macleod apagó la lámpara de un soplo.
La oscuridad total les envolvió. Se agarraron de la mano en la negrura, dos ancianos exespías conteniendo la respiración mientras la marea de octubre golpeaba contra su puerta, preguntando si había alguien en casa con el valor suficiente para abrir.
Nadie respondió.