Capítulo 86
Harriett Alshon salió de la cabaña y se sentó en un sillón Adirondack en el porche delantero; se sentía liberada y en paz.
Su larga melena rubia se agitaba con la brisa suave que llegaba desde el lago Morikawa.
Pero no era solo el hermoso entorno lo que contribuía a su sosiego.
Su etapa como Eugenia Morgan por fin había terminado.
Desprenderse de esa identidad, después de haberla encarnado durante tanto tiempo, para volver a ser ella misma le resultaba más transformador de lo que había imaginado.
Se sentía ligera y libre al haber recuperado su verdadero yo.
Parte de esa energía renovada, desde luego, provenía de saber que, por fin, Francis y ella estarían juntos, como siempre habían planeado.
Su relación había comenzado dos años antes con una simple carta.
Ella le escribió sin esperar realmente una respuesta.
Cuando Francis le respondió, se quedó sin palabras.
Sabía que la ACLU había ganado una batalla legal que permitía a los reclusos del centro penitenciario de máxima seguridad de Wisconsin utilizar el correo postal, pero jamás pensó que Francis le respondería.
Sin embargo, lo hizo y siguieron escribiéndose hasta que un día recibió una larga carta en la que él le explicaba cómo pensaba que podrían estar juntos algún día.
Francis fue muy claro en un aspecto: jamás debía intentar visitarlo como ella misma.
Era fundamental que el nombre de Harriett Alshon no apareciera en el registro de visitas.
Cuando las autoridades lo revisaran, solo verían que Eugenia Morgan lo había visitado.
No sabrían que quien había viajado a Boscobel no era Eugenia, sino Harriett.
¿Cómo iban a sospechar algo así? Harriett se parecía mucho a Eugenia.
Se había teñido el cabello de un color negro azabache y usaba lentillas para tener el mismo color de ojos que ella.
Con la verdadera Eugenia firmemente encadenada a una cama en el sótano de su casa en Nekoosa, Harriett usó su carnet de conducir para registrarse en la prisión cada vez que visitaba a Francis.
Con esa misma identificación alquiló el trastero, compró el arma con la que mató al funcionario y también el chaleco antibalas que, por fortuna, no tuvo que detener ninguna bala aquel día.
Interceptó el furgón de traslado con el Ford Focus de Eugenia y lo dejó allí, junto con la pistola recién comprada que Francis le había indicado que abandonara en el suelo.
Ambos objetos apuntarían hacia Eugenia Morgan.
Todo lo que hizo por Francis fue con la identidad de Eugenia Morgan.
Para la policía no habría otra conclusión: la cómplice de Francis Bernard era Eugenia Morgan, una mujer que padecía hibristofilia y que le había escrito setenta y cinco veces a lo largo de dieciocho meses.
Y luego, a primera hora del lunes, Harriett la degolló.
Según las noticias, ahora la policía creía que Francis actuaba solo.
Nada más lejos de la realidad. Harriett lo acompañaba hoy y lo acompañaría hasta el final, dondequiera que fuera y cuando quiera que llegara.
Metió la mano en el bolso, sacó la cartera y extrajo el carnet de conducir que había guardado allí hacía varias semanas.
Lo retiró de la funda de plástico y lo sostuvo bajo el sol de primera hora de la tarde.
El rostro de Eugenia Morgan la miraba desde la tarjeta.
El parecido era inquietante y ya antes había pensado que el destino había estado de su lado.
Sujetó el carnet con la mano izquierda y encendió un mechero con el pulgar de la derecha.
La llama lamió una esquina; el borde laminado empezó a curvarse.
Contempló el rostro de Eugenia hasta que el fuego lo deformó y el calor le quemó los dedos.
Cuando ya no soportaba el dolor, dejó caer el carnet al suelo del porche.
Pero no antes de que la imagen de Eugenia hubiera desaparecido.
Inspiró hondo, sintiéndose por fin libre de esa mujer.
Le llevaría tiempo desprenderse por completo de su personalidad.
Francis la había instruido con meticulosidad: no solo debía asumir la identidad de Eugenia Morgan, sino también convertirse físicamente en ella.
Era la única forma de que el plan funcionara.
Solo ahora se daba cuenta de lo agotador que había sido ese proceso, hasta qué punto se había infiltrado en la vida de otra persona.
Al principio creyó que no lo lograría, pero comprendió que el amor otorga fuerzas para todo.
Francis se lo había escrito en una de sus muchas cartas.
Y tenía razón. Su amor por él la había llevado hasta allí y ahora solo debía dar un paso más.
El futuro cercano la esperaba con todo tipo de promesas.
Recuperar su propia identidad era emocionante, pero no volvería a su antigua vida: había terminado con ella.
Una nueva existencia la aguardaba. Una segunda oportunidad, esta vez junto al hombre que amaba.
Abrió el pequeño compartimento del bolso y sacó su verdadero carnet de conducir, a nombre de Harriett Alshon.
Le resultaba reconfortante ver su fotografía, con el cabello rubio y los ojos azules.
Durante todo el tiempo en que vivió como Eugenia Morgan había evitado mirarla.
Ahora sabía que nunca tendría que volver al negro azabache ni a las lentillas oscuras de las últimas semanas.
El lago Morikawa se extendía ante ella. Sentada en el porche, dejó que el paisaje la envolviera.
La casa pertenecía a Hugh y Ruth Winchester, el matrimonio de ancianos al que había visitado el jueves por la noche.
Sus cadáveres congelados se apilaban ahora en el voluminoso congelador del garaje.
Al llegar esa mañana, Harriett había comprobado que seguían allí.
Su tarea ahora era sencilla, mucho más fácil que recorrer Wisconsin y conducir hasta la frontera sur preparando el terreno para Francis.
De momento, su única responsabilidad consistía en esperar y vigilar; el amerizaje de la avioneta —una Aviat Husky biplaza roja y blanca— sobre el lago Morikawa iniciaría su verdadero trabajo.