La marca del psicópata Capítulo 24
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Capítulo 24

La impecable mesa de caoba dominaba la sala de reuniones.

Cuando el espacio cumplía su verdadera función, quienes dirigían Clientes Anónimos ocupaban las dieciséis sillas que la rodeaban: el director financiero, la responsable del área clínica, la gerente de la oficina, miembros de la junta directiva y la doctora Lindsay Larkin, que siempre se sentaba en la cabecera como fundadora, propietaria y directora de la próspera empresa de terapia en línea.

Ese día, sin embargo, la sala y la mesa estaban vacías y Lindsay optó por sentarse en un lugar menos solemne, en el centro.

Se puso de pie cuando la periodista del The New York Times entró en la sala.

—¿Doctora Larkin? Soy Gayle Kirk.

Lindsay sonrió.

—Hola, Gayle. Bienvenida. Y por favor, llámeme Lindsay.

—Gracias. Este lugar es magnífico —dijo Gayle, con los ojos muy abiertos—. Su asistente me ha enseñado las oficinas.

—Gracias.

Los ventanales del suelo al techo de la sala de reuniones daban al lago Michigan, donde varios veleros se deslizaban bajo el sol brillante del verano.

—Y gracias por venir hasta Milwaukee para verme.

—Es un placer —respondió Gayle—. Llevo casi un año intentando conseguir entrevistarla, así que soy yo quien debería darle las gracias. Sé lo ocupada que está, así que intentaré no robarle demasiado tiempo.

—La mañana es toda suya —dijo Lindsay.

Gayle se sentó y sacó sus notas del bolso.

—Mi intención es presentar a nuestros lectores quién es usted y cómo es su empresa, que es tan singular, profundizar luego en su trayectoria y después entrar de lleno en su filosofía sobre la salud mental y en cómo ha revolucionado la industria de la psicología con su modelo de asesoramiento en línea.

—Muchos temas que tratar —observó Lindsay—. Cuando quiera.

—Perfecto. Cuénteme su historia.

—Nací y me crie en Cherryview, Wisconsin.

Es una pequeña comunidad ubicada a orillas del lago en las afueras de Madison.

Estudié Psicología en el campus de Madison de la Universidad de Wisconsin.

Tras graduarme, quise evitar la medicina convencional y abrir un camino distinto para ayudar a quienes desean mejorar su vida.

—Detengámonos un momento ahí. ¿Cómo definiría la medicina convencional?

Lindsay sonrió.

—Es sencillo. Hablo de nuestro sistema de salud.

Aunque un término más preciso sería “sistema de atención de enfermos”, porque todo el sistema está diseñado para generar enfermedades crónicas y después tratar a quienes (por culpa del mismo sistema) las padecen recetándoles un flujo interminable de fármacos.

—Lindsay volvió a sonreír—. Créame. Sé que muchos consideran que mi postura sobre este tema es extrema, pero aún no he conocido a nadie que pueda refutarla.

—¿Refutar que el sistema de salud estadounidense crea enfermedades en lugar de curarlas?

—Le pondré un ejemplo —dijo Lindsay—. Las industrias del azúcar y de los cereales contribuyen enormemente al Gobierno de Estados Unidos y ejercen mucha influencia sobre él.

No es una suposición: basta con mirar las cifras.

Gastan millones cada año en presionar para que se aprueben sus intereses.

El resultado de décadas de campañas es que la FDA, la Agencia de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, ha situado los cereales y los carbohidratos como componentes principales de una dieta saludable.

¿El resultado? En los últimos cincuenta años, la población de Estados Unidos es más obesa y está menos saludable.

El cuarenta por ciento de los estadounidenses es obeso.

Aproximadamente el setenta y cinco por ciento tiene sobrepeso crónico.

Esto ha provocado, entre otras cosas, una epidemia de diabetes.

¿Y quién obtiene mayores beneficios de esta población con sobrepeso y diabetes?

Las farmacéuticas que fabrican medicamentos para tratar esa enfermedad crónica.

Una enfermedad que, por cierto, afectaba a una parte mucho menor de la población en los años sesenta, antes de que el azúcar y los hidratos de carbono se promovieran como parte de una dieta saludable.

En aquella época, alrededor del uno y medio por ciento padecía diabetes. Hoy supera el once por ciento.

”Así que los médicos se pasan el día tratando a pacientes con sobrepeso y diabetes, mientras las farmacéuticas obtienen enormes ganancias produciendo medicamentos para tratar una afección que, en gran medida, es autoinfligida.

Eso, en esencia, es la medicina convencional.

Y la diabetes es solo un ejemplo. Mi enfoque de la salud mental consiste en mantener a cada persona que acude a nosotros fuera del círculo vicioso de ese sistema.

—¿Y cómo lo consigue?

—Para empezar, no empleamos a miembros del complejo médico-convencional. Eso incluye a psiquiatras que recetan fármacos a los clientes. Tampoco derivamos a nadie a psiquiatría.

—Es decir, tratan a todos sus pacientes internamente.

—Aclaremos algo: no tenemos pacientes. Tenemos clientes.

La palabra paciente sugiere que alguien está enfermo y da a entender que la medicina es la solución por excelencia.

Nuestros clientes son personas que necesitan ayuda para estar más sanas.

Y no “tratamos” a los clientes; los ayudamos a alcanzar sus objetivos.

—Bueno, está claro que su filosofía está calando hondo. Tienen la sede aquí, en Milwaukee, pero cuentan con oficinas en todo el país, ¿no es así?

—Sí. Tenemos oficinas en los cincuenta estados. Pero esas oficinas son más administrativas que lugares donde atender a los clientes. La mayor parte de nuestro trabajo se hace en línea.

—Eso es justo lo que quería abordar ahora —dijo Gayle—. Ha revolucionado la industria de la psicología al llevarla al entorno digital. ¿Cómo ha logrado, en tan poco tiempo, captar una cuota tan importante del mercado en línea?

—Como sabrá, llevar la terapia a internet no fue algo revolucionario.

Muchos lo intentaron antes que yo. Lo singular es nuestra filosofía.

Todas las demás plataformas de terapia en línea se basan en tratar a pacientes enfermos.

Es un modelo nefasto, como demuestra el número de empresas del sector a las que no les está yendo bien desde que entramos en él.

Nosotros ayudamos a personas sanas a estar todavía más sanas.

Esa es una de las razones de nuestro crecimiento exponencial.

La otra razón es que ofrecemos a los clientes la posibilidad de permanecer en el anonimato, que es el verdadero cambio de paradigma.

—Explíqueme cómo funciona.

—Quien busca nuestros servicios puede acceder a través de nuestro portal en línea, elegir a un terapeuta y realizar las sesiones no solo desde la comodidad de su casa, sino también de forma anónima.

Muchos clientes, por la connotación negativa que la medicina tradicional ha asociado deliberadamente a la salud mental y a la terapia, siguen sintiendo que se los estigmatiza cuando acuden a terapia.

Quienes se sienten marginados tienen la opción de hablar con uno de nuestros profesionales de manera anónima.

Hemos comprobado que esto ha permitido dar el paso a muchas personas que, de otro modo, no habrían buscado ayuda.

—¿Cómo se mantiene el anonimato de un cliente?

—Nuestra plataforma en línea es de última generación.

Me licencié en Psicología en la Universidad de Wisconsin, pero cursé una especialización en Ingeniería Informática.

Desde joven he tenido facilidad con los ordenadores y la programación, y apliqué esos conocimientos al primer prototipo de cifrado que hoy usamos en todo el país.

Los clientes que desean mantenerse anónimos usan un filtro digital que oculta tanto su rostro como su voz.

A veces los terapeutas preguntan datos concretos, como el género o la edad, pero depende por completo del cliente cuánto quiere compartir.

Los filtros de cifrado y anonimato se subcontratan para garantizar la privacidad.

Gracias a ellos, muchas personas que no habrían acudido a una terapia presencial han llegado a nosotros a través del portal anónimo.

—Increíble —dijo Gayle—. Entonces, ¿al principio le interesaba la programación como carrera profesional?

—Así es. Ese era el plan. Iba a obtener el título en Ingeniería Informática y mudarme a Silicon Valley. Pero esos planes no se materializaron y cambié a Psicología.

—¿Qué cambió la trayectoria y la inspiró a dedicarse a la psicología?

—Bueno —dijo Lindsay, frunciendo el labio inferior—, “inspirar” quizá no sea la palabra adecuada. Pero sí hubo un detonante. —Se movió en la silla—. Cuando estaba en el bachillerato, mi mejor amiga desapareció.

—Callie Jones —dijo la periodista.

—Sí. Callie desapareció de nuestro pequeño pueblo de Cherryview sin dejar rastro.

Dejó a muchas personas, entre ellas yo, sumidas en el dolor.

Su madre, por desgracia, nunca logró superarlo y se quitó la vida.

Yo estaba destrozada y llena de preguntas.

Necesitaba hablar con alguien sobre cómo me sentía y encontrar una forma de superar el duelo.

Pero mis padres no creían en la psicología ni en la terapia.

Habían asimilado la idea de que la salud mental era algo que debía ocultarse, algo que había que gestionar en privado y en soledad.

Que el tiempo lo cura todo y todas esas consignas arcaicas.

En mi primer año de universidad cursé una asignatura introductoria de Psicología y aprendí que existían herramientas para afrontar el duelo y las emociones en general.

Entonces decidí que nadie debería pasar por lo que yo estaba pasando.

Al menos no a solas y sin orientación. Quería ayudar a las personas a superar su dolor, fuera cual fuera la causa.

Fue entonces cuando supe que dedicaría mi vida a ello.

—Y así, a partir de una tragedia terrible, la pérdida de su mejor amiga, ha encontrado sentido a su vida y, al mismo tiempo, ha ayudado a muchísimas personas. Su historia es muy conmovedora.

Lindsay parpadeó varias veces para contener las lágrimas y sonrió, conservando su porte de directora ejecutiva.

—Gracias.