Capítulo 22
Al día siguiente, Ethan condujo durante una hora y cuarenta y cinco minutos desde Cherryview hacia el oeste, hasta la localidad de Boscobel, y atravesó la verja del centro penitenciario de máxima seguridad.
La prisión estatal se alzaba en sesenta y cinco hectáreas de terreno desolado al oeste de Madison y albergaba a algunos de los criminales más peligrosos de Wisconsin, uno de los cuales era Francis Bernard.
Ethan mostró su credencial temporal de la DIC al policía del puesto de seguridad, quien revisó la lista de visitantes para ese día y le indicó que avanzara.
Pasó las tres zonas de vallado que rodeaban la prisión: la interior, con detección de movimiento; la del centro, una valla electrificada, no letal pero inmovilizante, y una cerca alta cubierta por cuatro capas de alambre de púas, antes de dirigirse al aparcamiento principal.
El edificio de la prisión era de un color blanco hueso.
Los únicos colores que aportaban algún contraste eran las rejas negras en las ventanas.
El césped había sido sustituido por una versión sintética gris: otra señal de que el sitio carecía de los placeres básicos de la vida, incluso del color.
No era fácil visitar a Francis Bernard, ni desde el punto de vista logístico (había que soportar una hora de trámites para, por fin, sentarse en la silla frente a él) ni desde el punto de vista mental (Ethan debía reunir todas sus fuerzas para mirar a los ojos al asesino de su padre).
Pero era necesario. Tanto por sí mismo como para honrar la memoria de su padre.
Así que lo hacía. Y seguiría haciéndolo.
Cooperaba con los funcionarios en cada etapa del proceso.
Algunos lo conocían de antes; la mayoría, no.
La credencial de la DIC lo ayudó a agilizar el trámite y, finalmente, llegó al locutorio de visitas.
En la prisión nunca se permitía el contacto directo entre los reclusos y los visitantes.
Un cristal grueso separaba a los internos de quienes acudían a verlos, y la comunicación se realizaba mediante un sistema telefónico constantemente vigilado.
Pero el contacto directo no se impedía solo con las visitas, sino con todos.
Los reclusos estaban alojados en celdas individuales donde pasaban casi todas las horas en que estaban despiertos.
No había comedor común, lo que los obligaba a comer en la soledad de sus celdas.
No había patio donde disfrutar de actividades al aire libre con otros reclusos.
No había ni gimnasio, ni biblioteca, ni centro comunitario.
Los presos estaban solos. Las únicas interacciones que tenían eran con los funcionarios y con quienes iban a visitarlos, a través de quince centímetros de vidrio templado.
La ACLU había presentado demandas contra el estado de Wisconsin alegando que la prisión no era un centro penitenciario, sino un sitio donde se practicaba el arte de la privación sensorial.
Y por esas restricciones tan severas, Ethan creía que Francis Bernard nunca había rechazado una de sus solicitudes de visita.
El hombre estaba desesperado por cualquier tipo de interacción humana, incluso si provenía del hijo de la persona por cuyo homicidio había sido condenado.
Mantuvo el rostro inexpresivo cuando Francis se sentó al otro lado del cristal.
Bernard tenía treinta y dos años cuando mató a su padre.
Hoy tenía sesenta y cuatro. A pesar de haber pasado exactamente la mitad de su vida entre rejas, se lo veía increíblemente saludable, salvo por la piel blanquecina, casi fantasmal, producto de la falta de exposición al sol.
Su cabello casi no había encanecido, y estaba en excelente forma.
Ethan imaginaba que, para matar el tiempo, debía de pasar los días en un bucle repetitivo de flexiones, abdominales y sentadillas dentro de su celda.
La alternativa era marchitarse en la locura.
Fue Francis quien levantó el teléfono primero.
—Hola, Ethan —dijo cuando este se llevó el auricular al oído.
—Cada vez que se trate tu libertad condicional, estaré presente en la audiencia —dijo Ethan.
—Lo sé.
—Mientras esté vivo, nunca permitiré que salgas de aquí.
Francis asintió.
—Mi abogado cree que la libertad condicional obligatoria llegará dentro de poco más de ocho años.
Quedé amparado por el sistema anterior, ya que fui condenado antes de que se reformara la ley en 1999.
Saldré a su debido tiempo. Así que, aunque aprecio tu ímpetu, tu presencia en mis audiencias de libertad condicional me tiene sin cuidado.
Pero supongo que debe de satisfacer alguna necesidad tuya de hacer sentir orgulloso a tu padre.
Ethan nunca mordía el anzuelo. Sabía que Bernard quería verlo perder los estribos. Nunca lo hacía. Jamás le daba nada que pudiera usar. Y había sido muy cuidadoso de no mencionar su relación con Maddie Jacobson ni que estaba al tanto de que él le enviaba cartas.
—Pero ocho años es mucho tiempo —continuó Francis—. Como sabes, me obligan a comer en mi celda y cada dos días me conceden una hora al aire libre. Y aun entonces estoy solo.
—¿Matas a un policía y a ocho mujeres y piensas que deberían tratarte de otra manera?
—Me condenaron por un solo homicidio, agente especial Hall.
Ethan nunca había corregido el uso incorrecto de su título por parte de Francis.
—El estado de Wisconsin ni siquiera trató a Jeffrey Dahmer, el asesino en serie llamado “el monstruo de Milwaukee”, como me está tratando a mí.
—Perdóname por no derramar lágrimas porque te sientes solo.
—¿Perdonarte? —dijo Francis—. Por supuesto que lo haré. La verdadera pregunta es: ¿me perdonarás tú a mí?
Eso hizo que Ethan guardara silencio.
—El odio te está consumiendo —continuó Francis.
Más silencio.
—Y la culpa, también.
Francis sonrió y esperó. Pasaron sesenta segundos en los que observó a Ethan, que hacía todo lo posible por aparentar tranquilidad bajo su mirada gélida.
—La culpa de ya no ser agente especial de la División de Investigación Criminal.
Los ojos de Ethan se desviaron hacia la izquierda. La primera señal de que Francis había logrado tocar una fibra.
—Ah, sí —dijo Francis con una sonrisa—. Nunca me lo contaste, pero me he enterado de que ya no trabajas en las fuerzas del orden.
Su sonrisa se borró. Cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono cargado de desdén.
—Renunciaste . Renunciaste porque no pudiste estar a la altura de las expectativas de tu padre. Renunciaste porque no supiste manejar las cosas que veías. Renunciaste, Ethan, para jugar a ser médico y salvar gente. ¿De verdad crees que ahora papi va a estar orgulloso de ti?
La nuez de Ethan subió y bajó mientras tragaba saliva.
—Te preguntarás cómo sé todo esto. Estoy encerrado en una celda las veinticuatro horas del día, sin acceso al mundo exterior.
Pero verás, los funcionarios de aquí ofrecen cierta información a cambio de…
favores. A veces esos favores me dejan un mal sabor en la boca, pero esta última vez valió la pena.
Me enteré de todo sobre el hijo de Henry Hall, el que huyó de la DIC tapándose los oídos con las manos para dedicarse a la medicina.
Pero resulta que el doctor Hall ha sido readmitido en la división para investigar un caso sin resolver, reclutado por el mismísimo gobernador.
Cualquiera diría que estando tan solicitado no tendrías tiempo de venir hasta Boscobel para decirme que estarás en mi próxima audiencia de libertad condicional dentro de dos años.
En fin, Ethan, ¿no tienes asuntos más urgentes de los que ocuparte?
Ethan forzó una sonrisa.
—Se acabó el tiempo, Francis. Pero no te preocupes, volveré en seis meses. Tiempo de sobra para que te dediques a complacer a los funcionarios solo para enterarte de que estudié Medicina. Eso sí que es usar bien el tiempo.
Ethan colgó el teléfono y se levantó. Francis permaneció sentado, con el auricular en la oreja.
Clavó la mirada en él y siguió hablando.
Ethan debería haberse marchado. Debería haberle dado la espalda y regresado seis meses después, pero algo en los ojos de Francis se lo impedía.
Bernard señaló el teléfono y movió la cabeza.
A regañadientes, Ethan volvió a levantar el auricular.
—No serán seis meses, Ethan. Volverás antes de eso para hablar conmigo.
—Lo dudo.
Estaba a punto de colgar el teléfono otra vez cuando oyó que Francis pronunciaba un nombre. Entornó los ojos hasta dejarlos reducidos a rendijas y volvió a llevarse el auricular a la oreja.
—¿Qué has dicho?
—Callie Jones. —Francis sonrió—. El gobernador te ha pedido que trabajes en el caso de su hija. Querrás hablar conmigo sobre Callie mucho antes de que pasen seis meses, Ethan. Tengo muchas cosas que contarte sobre lo que ocurrió y dónde se encuentra.