La marca del psicópata Capítulo 1
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Capítulo 1

Ethan Hall había sido el estudiante de mayor edad de su promoción de la Facultad de Medicina.

Tenía treinta y seis años cuando entró por primera vez en el laboratorio de anatomía macroscópica durante el primer año de la carrera.

Ahora, con cuarenta y cinco, era médico de urgencias.

Aunque no contaba con la experiencia acumulada que solían tener otros médicos de su edad, era más que competente.

Fue el primero de su promoción y podría haber elegido cualquier especialidad.

Optó por la medicina de urgencias porque su ocupación anterior lo había acostumbrado al caos y, con el tiempo, el desorden acabó por quedarle grabado en el ADN.

Años atrás había sido agente especial de la División de Investigación Criminal de Wisconsin, donde estaba a cargo de investigar delitos contra menores de edad.

Al principio sentía satisfacción al encerrar a los seres inhumanos que cometían esas atrocidades.

Pero el trabajo acabó pasándole factura.

Veía demasiada violencia contra los miembros más vulnerables de la sociedad.

Una “victoria” en su antigua profesión significaba un niño muerto, una familia destrozada y un criminal con tres comidas al día y una cama donde dormir.

Durante los diez años que trabajó para la División, fue perdiendo la fe en la humanidad.

Se aisló tanto que empezó a perder contacto con lo humano.

Durante una década estuvo a la deriva, en una espiral peligrosa de la que sintió necesidad de escapar antes de que el vacío lo engullera por completo.

Decidió que, para conservar la cordura, tenía que cambiar de carrera, por lo que presentó la renuncia y gestionó su ingreso a la Facultad de Medicina.

Ahora, como médico de urgencias, podía ayudar a sus pacientes antes de que murieran. Era un cambio reconfortante, algo que necesitaba desesperadamente en su vida. Por primera vez en muchos años, Ethan Hall era un hombre feliz.

—Soy el doctor Hall.

—Hola, doctor. Me llamo Christian Malone.

—¿Eres tú el paciente?

—Sí, pero no me llevo bien con todo ese asunto de la bata y la cama. Es decir, salvo que tenga algo muy grave. En ese caso, no hay problema. Pero si no, me quita la dignidad y me hace sentir fatal.

—Me parece justo —dijo Ethan, mientras tecleaba para abrir su historia clínica—. ¿Tienes dolor abdominal?

—Tenía. Ya no. Mire, no quiero hacerle perder tiempo.

Esta mañana, estaba con un dolor terrible en la espalda, así que vine.

Su enfermera me dijo que era una piedra en el riñón y que el médico había indicado calmantes.

Me puso morfina y me llevó a toda prisa a que me hicieran una tomografía.

Pero justo antes de que me la administrara, el dolor desapareció.

Pasó de diez a cero en segundos. Ella insistió en darme la morfina de todos modos; decía que el dolor había cedido solo porque yo había encontrado una posición cómoda. Pero no volvió.

Ethan abrió la tomografía en la pantalla y pudo ver que el cálculo ya estaba en la vejiga, señal de que había completado el doloroso recorrido por el uréter.

—¿Lo ve? Ya ha bajado a la vejiga —dijo el hombre.

—¿Eres médico? —preguntó Ethan.

—No, me dedico a la informática, soy de California.

—¿De California? ¿Y qué haces en Madison?

—Hui de Silicon Valley y ahora vivo aquí.

—Bienvenido al Medio Oeste. Supongo que no es tu primer cálculo renal.

—No. Ya he tenido otros dos. Duelen la hostia hasta que pasan a la vejiga; luego, unos días más tarde, los elimino cuando orino. Intenté explicárselo a la enfermera, pero me inyectó la morfina de todos modos. Debo admitir que el subidón es bastante espectacular.

Ethan sonrió. Christian Malone, el treintañero recién llegado de Silicon Valley, de pronto sonaba muy californiano.

—¿Has venido en tu coche?

—Sí, doctor.

Ethan siguió tecleando mientras añadía notas a la historia clínica.

—No puedo dejarte conducir si te han administrado morfina. Tendremos que retenerte unas horas antes de darte el alta.

—Puedo pedir un Uber.

—Tendría que verte subir al coche. De lo contrario, el hospital sería responsable por darte el alta bajo los efectos de un narcótico.

—Ay, vamos, doctor. Me siento superbién.

—La morfina es así. De pronto estás bien y un instante después estás volando.

—¿No puede hacer una excepción? Llevo aquí tres horas.

Ethan miró su reloj.

—Eres mi último paciente del turno. ¿Qué te parece si te invito a un café? Si todavía te sientes grogui después, te llevaré a casa yo mismo.

—Trato hecho, doctor. Cualquier cosa con tal de salir de este cuartucho.