La Marca de Zuria 2. UN NUEVO COMIENZO
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2. UN NUEVO COMIENZO

ZURIA

Nadie vino a recogerme a la estación. Tampoco esperaba encontrarme con mi tío, esperándome gustosamente.

Si de donde yo venía había empezado a nevar, aquel lugar parecía sacado de cualquier cuento de navidad.

La nieve se esparcía por todas partes, haciendo figuras graciosas en las calles.

Saqué de mi abrigo el papel que me había dado mi amona con la dirección escrita con su pulcra letra.

Me dirigí a la parada de taxis y me metí en el primero que estaba colocado al principio de la fila.

– Buenas noches y feliz navidad – me saludó el taxista.

– Buenas noches – contesté con pocas ganas

– ¿Dónde quiere que la lleve?

– Calle once por favor.

– ¿Número?

– Once.

– Sin problema.

– Gracias.

– ¿Viene de visita? – el hombre parecía agradable y estoy segura de que me quería dar una conversación para no aburrirse.

– Sí.

– Le va a encantar estar aquí. En cuanto se vaya la nieve, va a ver que de cosas se pueden hacer.

– Para mí la nieve no es un problema.

– ¿Qué tal ha sido el viaje?

– Bueno, no ha estado mal.

– ¿Cómo es que viajas el día de Noche Buena?

Suspiré pensando en cómo reaccionaría si le contase la verdad.

Hoy en mi veintiún cumpleaños como zorro metamorfo que soy, me independizo de por vida.

Se supone que viviré cerca de la casa de mi tío que es el lugar donde me dirijo ahora para que me dé mi nueva ubicación y las llaves de mi nuevo hogar…

un tío que pasa de todos nosotros y que no suele reunirse ni en Navidades.

– Voy a casa de mi tío – conteste sin más.

Me recosté en el asiento y dejé que me llevara por las calles nevadas de la que sería a partir de ahora mi ciudad, Big City. En el fondo sabía que no me iba a costar adaptarme. Ese no es el problema. Mi problema es no estar cerca de los míos. Debo ser un zorro raro.

– Aquí es preciosa – dijo el taxista sacándome de mis pensamientos – son 30 €. Acepta pago con tarjeta o en efectivo. Como a ti te venga mejor.

Saqué los billetes de mi monedero y unas monedas para dejarle de propina.

Abrí la puerta y miré el gran edificio donde se suponía que vivía mi tío.

Me reí por dentro al pensar en que vivía en la calle once, número once, piso onceavo.

No sabía si era una coincidencia o si lo había hecho aposta.

Eché el macuto a mi espalda y fui a la puerta de entrada donde un hombre esperaba vestido de uniforme para abrirme la puerta.

– Buenas noches señorita – me saludó cortésmente.

– Buenas noches.

Pasé a un enorme hall de mármol blanco demasiado ostentoso para mi gusto. Enfrente de los ascensores otro hombre que me imaginaba era el portero del edificio permanecía expectante sentado detrás de un mostrador.

– Buenas noches, vengo al piso once. – le notifiqué apoyándome en el mostrador.

– El piso del Señor Otsoa – confirmó – ¿a quién aviso? – preguntó entrecerrando los ojos, ¿qué pensaba? ¿qué era su nuevo ligue? Cerré los ojos mientras negaba con la cabeza. Por favor, podría se mi padre.

– Soy su sobrina Zuria.

– Perfecto. Puede ir subiendo mientras le llamo para informarle.

Fui hacia los ascensores y esperé paciente a que bajara el que me subiría al piso de mi tío.

Cuando llegó casi me entró la risa de ver otro hombre dentro del ascensor.

Vestido del mismo uniforme de los anteriores.

Genial un edificio con un abrepuertas, un portero y un ascensorista.

Me reí para mí, ante la palabreja que me había inventado.

– Buenas noches señorita, ¿piso?

– Once por favor – tuve que toser para evitar reírme.

¿Cuánto podría costar un piso allí? Debían se carísimos. El ascensor iba subiendo poco a poco mientras se escuchaba una música ambiental de fondo. Paró de golpe y las puertas se abrieron. Para mi sorpresa vi que solo había una única puerta en el rellano.

– Que pase felices fiestas.

– Usted también – madre mía que empalago de gente.

Me encaminé hacia la puerta blanca con el número once encima de ella y llamé suavemente.

Tenía ganas de llegar por fin, estaba cansada y hambrienta.

Cuando la puerta se abrió mi mandíbula se descolgó de mi cara.

Ante mí, un hombre sumamente atractivo, de unos cuarenta años semi desnudo me miraba con ojos somnolientos.

– Oh vaya. Me olvidé de que hoy venias – para mis oídos sus palabras sonaban totalmente como una queja. Pero vamos que me podía haber mandado las llaves y la ubicación de mi apartamento por mensajero y me habría ahorrado el trayecto.

– Yo también me alegro de verte – pasé sin esperar su ofrecimiento.

– Pasa, pasa no te quedes en el umbral – comentó irónicamente mientras se apartaba ligeramente permitiéndome entrar mejor –. No sea que los vecinos vean entrar una mocosa en mi casa y piensen que es otra cosa.

– ¿Sabes que no vive nadie más en esta planta? – me sonrió dejando que viese sus perfectos y blancos dientes.

– Sí – confirmó socarronamente.

– ¡Vaya! Veo que no te va nada mal – comenté metiéndome en el salón.

– No me puedo quejar.

– Según las instrucciones de amona, tienes que decirme dónde está mi casa y necesito que me des las llaves.

– ¡Sorpresa! Esta es tu casa – cerró la puerta tras de sí y me siguió.

– Nadie me dijo que iba a vivir contigo.

– Nadie me dijo que alguien me iba a fastidiar las Navidades. – ¡Por dios! ¿Qué estúpida respuesta era esa? Ni que tuviese ocho años.

– No creo que tuvieses intención de ir a casa de la amona por Navidad.

– Ella sabe que no me gustan las reuniones familiares. Me podrá perdonar – fue diciendo las palabras lentamente para recalcarlas.

– Es solo una vez al año – le cuestioné –, no creo que sea un gran esfuerzo.

– Me traen malos recuerdos – sabía que se refería a mis padres. Bueno más en particular a su hermano, mi padre, por lo visto siempre habían estado muy unidos.

– A mis otros tíos, tus hermanos – puntualicé – también.

– ¿Has cenado algo? – cambió rápidamente de tema mientras se dirigía hacia donde yo suponía que estaba la cocina.

– ¿Has preparado algo de comer?

– No sé cocinar.

– Nunca es tarde – me quejé notando como gruñían mis tripas – para aprender.

– Vale, Zuria. ¿Por qué no empezamos de nuevo?

– se paró en seco y volvió hacia donde yo estaba.

Le miré entrecerrando los ojos. Teníamos la misma mirada.

Eso era lo único que había sacado a la familia.

Bueno eso y el color de mi pelo. Según me habían dicho siempre, yo era un doble de mi madre.

Pero tampoco habían guardado muchas fotos para que lo pudiese corroborar.

– ¿Podías haber venido a buscarme?

– Por favor dame una tregua – se rascó el cogote mirándome con ojos divertidos.

– ¿Bien? – pregunté expectante mientras dejaba caer el macuto, que hasta ahora lo había llevado colgado de la espalda, al suelo.

– Bienvenida a casa Zuria – me agarró con brusquedad haciendo que me chocará contra su torso.

Abrí los brazos y le abracé con amor. Al fin y al cabo, era lo más parecido a abrazar a mi padre.

Siempre me había dicho que eran gemelos idénticos.

Nos quedamos más tiempo del que hubiésemos querido abrazándonos como si ambos hubiésemos estado esperando aquel achuchón.

Mi tío agachó su cabeza y agarrándose la cara con las dos manos me besó la frente.

Me sorprendió la ternura con la que me lo dio y por un momento me pareció que sus ojos estaban llenos de emoción.

– Todavía no he cenado nada – rompí el bello silencio que había alrededor nuestro.

– Deja que me vista y te lleve fuera a cenar.

– Eso sería perfecto – mis tripas crujieron en señal de protesta. Empezó a subir las escaleras y se quedó parado.

– Feliz cumpleaños Zuria – cuando dijo mi nombre siguió subiendo las escaleras.

– Gracias – murmuré. Jamás me habría imaginado que fuese él el primero que me iba a felicitar por mi cumpleaños.

AIDEN

No me gustaba pasar la Noche Buena en casa de la manada.

Desde el fallecimiento de mi madre por estas fechas los recuerdos atormentaban mi mente.

No dejo de pensar en ella tumbada con los ojos abiertos.

Por un momento me pareció que estaba dormida, pero cuando vi una serpiente saliendo por su cuello, supe que se había quitado la vida.

Nunca fueron una pareja predestinada. Según fueron pasando los años mi padre se puso nervioso por no encontrar a su mate y decidió marcar a mi madre, aunque ella no fuese su pareja predestinada.

Que craso error. Jamás le tuvo el respeto que se merecía.

Sus amantes se contaban por miles. Sin duda mi padre había sido el causante de su suicidio.

Él la había matado… Debí acabar con él por lo que la hizo…

pero no tuve el coraje suficiente. En parte, cuando tuve la ocasión me dio miedo…

miedo a que el resto de la manada me temiese por ser capaz de matar a mi padre…

nuestro alfa. Esos momentos los tengo escondidos en mi mente y no dejo que salgan.

Pero en estas fechas es imposible, así que, para no estar solo, mi beta me había organizado una cita con una tal Alejandra.

Sacha para los amigos, como ella misma había puntualizado cuando me la habían presentado.