Avance del libro tres Airen Prólogo
Hace más tiempo del que cualquier lengua viva podría nombrar.
La noche en que todo empezó no se parecía a ninguna otra que él recordara. Y recordaba muchas. Demasiadas.
Era el tipo de memoria que se acumula cuando los años siguen pasando y el cuerpo no tiene otro lugar donde guardar todo lo vivido.
Los Orath habían llegado hacía poco. Poco en términos que ya no tenían equivalente: décadas, quizá un siglo. Nadie los entendía todavía. Nadie sabía bien qué eran, de dónde venían ni por qué lo que hacían era diferente a todo lo que había existido antes.
Solo sabían que tomaban.
Que lo que tomaban no volvía.
Y que nadie que hubiera intentado detenerlos por la fuerza lo había conseguido.
Él no era Logan entonces. Ese nombre llegó mucho después, como todos los demás que había llevado. Era un hombre que había vivido demasiado, que había aprendido demasiado y que aquella noche había alcanzado la única conclusión posible cuando todas las demás opciones se habían agotado.
No podía detener a los Orath. Nadie podía.
Pero podía crear algo que ellos nunca pudieran consumir. Algo tan opuesto a su naturaleza que fuera capaz de resistirlos y proteger a quienes vinieran después.
El problema era el precio.
Había una mujer.
No una idea ni un principio. Una persona con nombre y rostro, y con la costumbre de dejar la ventana abierta por las noches, aunque hiciera frío porque decía que el aire cerrado la ahogaba.
Los Orath la habían tomado tres días antes.
Todavía no del todo.
Quedaba tiempo. Él lo sabía porque había aprendido a reconocer el ritmo de lo que hacían y cuánto tardaban en terminar lo que empezaban.
Podría haberla salvado. Solo a ella. Tenía lo suficiente para hacerlo.
Pero si utilizaba lo que tenía para rescatarla, no le quedaría nada para crear lo que necesitaba. Y si no lo creaba, los Orath continuarían tomando. Quizá no llegaran de nuevo hasta ella, pero llegarían a otros. Una y otra vez.
Esa fue la decisión.
No fue heroica ni fácil. Fue la peor que había tomado en todos los años que llevaba vivo.
Dejarla en manos de los Orath, convencido de que terminarían lo que habían empezado, para conservar lo que necesitaba y crear algo capaz de oponerse a ellos.
No aquella noche ni al día siguiente.
Quizá siglos más tarde, cuando llegara alguien capaz de utilizarlo.
Creó la primera deuda con todo lo que tenía, con todo lo que era y con el peso de la decisión que acababa de tomar. La hizo para que los Orath no pudieran consumirla, para que protegiera lo que ellos intentaban vaciar y para que permaneciera después de él.
En el momento en que la deuda existió, hizo la única promesa que jamás se había permitido hacer.
Cuando llegara alguien capaz de cerrar el ciclo, él seguiría allí.
Le contaría todo.
Le entregaría las respuestas que aquella mujer ya no podría recibir.
Y se aseguraría de que su decisión no hubiera sido inútil.
Siglos después, todavía recordaba su rostro.
La ventana abierta.
El aire que ella decía que, de otra forma, la ahogaba.