La Marca: Algunas deudas no pueden borrarse (Nahdir 2) El rastro
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La Marca: Algunas deudas no pueden borrarse (Nahdir 2)

La Marca: Algunas deudas no pueden borrarse (Nahdir 2)

Por Ana San Jose

© inepub.com

El rastro

Seguían andando.

Airen no sabía cuánto tiempo había pasado desde que salieron del patio. Aquella noche había perdido por completo la noción del tiempo. Recordaba la voz de Nico diciéndole que no se quedara parada, el aire frío en la cara y el ruido de la ciudad.

Eso era lo peor: todo seguía funcionando como si nada hubiera pasado.

Los coches se detenían en los semáforos, la gente cruzaba con bolsas en la mano, alguien se reía en una terraza y una persiana metálica bajaba con un golpe seco.

Nada a su alrededor reflejaba que Erik había muerto, que Logan había desaparecido ni que aquel símbolo continuaba grabado en su cabeza.

Airen caminaba junto a Nico sin saber adónde iban. Él no le había explicado nada, pero, por cómo observaba las calles y se detenía en algunos cruces, estaba claro que seguía algún rastro. O que lo intentaba.

—¿Tienes forma de localizarlo? —preguntó al fin.

Tardó un poco en contestar.

—Depende de si quiere que lo encuentren.

Airen lo miró.

—¿Y si no quiere?

—Entonces será más difícil.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

Ella apretó la mandíbula y siguió andando. No tenía fuerzas para discutir, pero tampoco para quedarse callada.

—Logan no desaparecería así porque sí.

—Logan hace muchas cosas sin explicarlas.

—No esto.

Nico no respondió enseguida. Pasaron junto a un escaparate apagado y durante un segundo vieron sus reflejos en el cristal: él caminaba con la cabeza ligeramente inclinada; Airen estaba pálida y no dejaba de mirar a su alrededor.

—No he dicho que se haya ido porque sí —dijo Nico al fin—. He dicho que puede no querer que lo encontremos.

—¿Y eso debería tranquilizarme?

—No.

Airen soltó una risa breve, sin humor.

—Perfecto.

Pensó en el símbolo y en la forma en que había pulsado. Ninguno de los dos lo había visto utilizar de aquella manera, pero ambos lo reconocieron: era el símbolo Nahdir, el mismo que ella dibujaba desde niña.

No entendía por qué estaba marcado en el pecho de Erik ni por qué seguía activo después de su muerte. No era una deuda ni una mancha como las que conocían. Alguien había utilizado un símbolo Nahdir para hacer algo que ninguno de ellos comprendía.

—El rastro antiguo —dijo Airen.

Nico la miró de reojo.

—Lo que detectaste en el piso de Tomás —continuó ella—. Logan me dijo que no era de alguien que quisiera ayudarme. Fue lo último que me dijo antes de desaparecer.

Bajó la vista.

—Sí.

—¿Tú sabías algo de eso?

—No.

—¿Nada?

—Nada seguro.

Airen se detuvo un instante. Nico dio dos pasos más antes de darse cuenta y volverse hacia ella.

—Eso no es lo mismo —dijo Airen.

—¿El qué?

—Decir que no sabías nada y decir que no sabías nada seguro.

Nico la miró. Parecía cansado, y no solo físicamente.

—Había rumores —dijo.

—¿Rumores de qué?

—De marcas antiguas. De rastros que no se comportaban como los demás. Cosas que aparecían en sitios donde no deberían aparecer.

—¿Y no se te ocurrió contarlo?

—Hasta esta noche eran eso. Rumores.

—Erik está muerto, Nico.

—Lo sé.

Cruzaron una plaza. Un hombre paseaba un perro pequeño que olisqueaba cada árbol; dos chicos hablaban junto a una moto parada, y uno de ellos miró a Airen un segundo antes de seguir a lo suyo. Todo parecía normal. Tan normal que daba rabia.

Airen se frotó la frente.

—¿Qué era Erik para Logan?

Nico tardó en responder.

—Alguien importante.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no preguntes cosas para las que ya tienes respuesta.

Airen lo miró mal.

—No estoy de humor para tus frases secas.

—No era una frase seca.

—Lo parecía bastante.

Nico respiró hondo.

—Erik sabía cosas —dijo al fin—. Y Logan confiaba en él más de lo que confía en casi nadie.

—¿Y tú?

—Yo confío en Logan.

—No te he preguntado eso.

Nico apartó la vista hacia una calle estrecha. Había poca luz allí y parecía más oscura que las demás.

—Yo confiaba en que Erik supiera cuándo parar.

Airen sintió un escalofrío.

—Eso suena a que sabías que estaba metido en algo.

—Todos estamos metidos en algo.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Responder como si todo diera igual.

Nico volvió a mirarla.

—No da igual.

Airen no insistió.

Entonces la deuda volvió a pulsar. No fue como las veces anteriores; apenas sintió una débil presión en el pecho. Airen frenó el paso.

Nico lo notó al instante.

—¿Qué pasa?

—Ha pulsado.

—¿La deuda?

Airen asintió.

—Muy poco. Pero lo ha hecho.

Nico miró alrededor.

—¿Hacia dónde?

Airen cerró los ojos un segundo y se concentró. La sensación era débil, pero parecía llegar desde una dirección concreta.

Cuando los abrió, miró hacia la misma calle estrecha que Nico había observado antes.

—Por ahí.

No pareció sorprendido. Eso la inquietó más.

—¿Qué?

—Nada.

—Nico.

—Estoy intentando localizar a Logan.

—Pues dime algo más que «nada».

Él se quedó callado unos segundos. Después señaló con la barbilla hacia la calle.

—Su rastro va en esa dirección.

—¿Está vivo?

Nico tardó en responder.

—Nico.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Puedo notar un rastro. Eso no es lo mismo que saber cómo está él.

—No entiendo qué significa eso.

—Significa que hay algo suyo. Una marca, una presión, una huella. Pero está apagada.

—¿Apagada?

—Débil.

—Eso no me dice cómo está.

—Porque no lo sé.

—Ya, esa parte se te da fatal.

Nico volvió a andar. Airen lo siguió.

La calle era estrecha y olía a humedad. Algunos portales tenían la luz encendida; otros estaban completamente oscuros. Sus pasos resonaban entre las fachadas.

—Cuando dices que Logan puede no querer que lo encontremos —dijo ella—, ¿lo dices porque está escondiéndose o porque alguien lo está escondiendo?

—Las dos cosas son posibles.

—Estupendo.

—Airen.

—No, en serio. Me encanta cuando todo son posibilidades horribles.

—Estoy intentando no darte una respuesta falsa.

—Preferiría una respuesta útil.

—Yo también.

Durante unos segundos solo se escucharon sus pasos y el ruido lejano del tráfico. La deuda volvió a pulsar, un poco más clara esta vez, y Airen se llevó una mano al pecho sin darse cuenta.

Nico bajó la mirada hacia ese gesto.

—Está reaccionando.

—Ya lo noto.

—¿Puedes seguir?

Airen lo miró.

Tenía miedo, pero ya no se quedaba paralizada como antes. Estaba cansada, enfadada y harta de ser la última en enterarse de todo.

—Sí —dijo.

Nico sostuvo su mirada durante un segundo, como si quisiera comprobar si mentía. Después asintió.

—Entonces no te separes de mí.

—No pensaba hacerlo.

Siguieron caminando. Nico siguió el rastro durante varias calles hasta que se detuvo en un cruce. Logan estaba en otra dirección; Airen lo supo por la forma en que él miraba hacia la avenida antes de girar por una calle lateral.

—Logan no está por ahí.

—Lo sé.

—Entonces, ¿adónde vamos?

—A buscar a Kai.

Airen frenó.

—Nico, Erik está muerto y Logan lleva toda la noche ocultando cosas. No quiero perder más tiempo.

—No lo estamos perdiendo. Kai tiene derecho a saber lo de Erik y tú no deberías enfrentarte sola a Logan.

—Tú estás conmigo.

—Sabes a qué me refiero.

Airen miró hacia la avenida. La deuda continuaba reaccionando al rastro de Logan, débil pero constante.

—¿Puedes volver a encontrarlo después?

—Sí.

—Más te vale.

Nico echó a andar y Airen lo siguió.

No tardaron mucho en llegar al edificio de Kai. Subieron en silencio y Nico levantó la mano para llamar, pero la puerta se abrió antes de que pudiera hacerlo.

Kai los miró a los dos y volvió a fijarse en Airen.

—¿Qué ha pasado?