Epílogo - La invocación satánica
«¿Qué he hecho yo para merecerme esto? ¡¿Qué?!», me lamento. «En serio, debo estar maldita o algo. Tiene que ser eso porque, si no, no me lo explico».
Me tapo más fuerte los oídos para amortiguar los desgarradores sonidos que van despellejando mis pobres tímpanos poco a poco.
—Por abominaciones como esta es por lo que odio la puta Navidad —sisea Meredith. Ha debido de hacerlo muy alto si he logrado escucharla por encima del ciertamente abominable ruido de los villancicos.
—No está tan mal… —dice Isa, pero está a punto de echarse a llorar. Ese sonido infernal le está haciendo el alma pedacitos.
Mis dos tíos, mi padre, Karasuhito y Jenna siguen berreando como animales moribundos subidos encima de la mesa. Y para rematar, los cinco van vestidos con faldas escocesas. Y juraría que el tío Fergus se ha vuelto a olvidar los calzoncillos.
No sé cómo Karasuhito se ha prestado a hacer algo así. Bueno, sí lo sé. Es igual de canelo que el resto de los hombres de mi familia, por eso ha encajado a la perfección con ellos. Un lelo más para el rebaño.
Y ellos lo han acogido con los brazos abiertos porque ven lo feliz que me hace. Y porque es imposible no cogerle aprecio con ese aire de cachorro desvalido e hiperactivo y esos sobornos que prepara. Sobornos en forma de comida y aperitivos.
De hecho, le quieren tanto que mi padre y mis tíos ahora visitan con regularidad nuestro piso, cosa que nunca habían hecho antes.
No es que me sienta celosa, molesta o ignorada.
No, qué va. Estoy feliz. Muy feliz. ¿A que se me nota?
Resplandezco de felicidad. Brillo más que la estrella del árbol…
«Mentira podrida». Pero no puedo quejarme o me tomarán por una bruja, y no quiero robarle el puesto vitalicio a Meredith.
Cuando la canción (o la invocación satánica, no lo tengo claro) acaba, todos se felicitan por el buen trabajo, se abrazan, se palmean, el tío Fergus enseña su blancuzco culo… «Por Dios santo».
Están a punto de empezar un nuevo villancico y, presa del pánico, Meredith agarra el árbol de Navidad y amenaza con tirarlo a la chimenea y ponerle fin a todo de una vez por todas como no se callen.
Los demás se ríen, creyendo que es una broma, Isa y yo nos acercamos disimuladamente a las jarras de agua por si acaso .
Ante la amenaza de que la casa de mis padres de pronto se convierta en un funeral vikingo, me replanteo si fue buena idea invitarlas a festejar la Navidad con nosotros.
Tras meditarlo un nanosegundo, decido que no me arrepiento de ello ni con fuego de por medio. Ellas me aseguraron que se tenían que quedar por trabajo, pero yo sé que no es así. Se quedaron por nosotros y por eso tenían que estar hoy aquí.
Después de todo lo que pasó en junio, los cinco estamos más unidos que nunca. Sí, los cinco. También incluyo a Karasuhito. Las chicas lo adoran y si él está aquí conmigo es gracias a ellas.
Al ingenio y las agallas de Meredith, a la espontaneidad y la locura de Jenna, y al sacrificio de Isa y su inesperada red de contactos.
Aunque salvamos a Karasuhito de Sõjõbõ, seguíamos teniendo el problema de cómo explicar la aparición de una persona de la nada, como si fuese un hongo que ha germinado en medio del bosque.
No se trataba solo del tema de inmigración, es que él no tenía papeles de ningún país. No tenía certificado de nacimiento, títulos escolares, cartilla de vacunación… Nada. Absolutamente nada. Y no se puede introducir a una persona que no existe en el sistema, o eso creía yo.
Resulta que el primo de la mujer del tío segundo de la cuñada del abuelo de Isa; o a lo mejor era el nieto de la tía del primo del abuelo de un cuñado de Isa…
Los involucrados cambian cada vez que ella lo cuenta, pero no seré yo quien señale lo sospechoso que es eso, ni lo mucho que suena a familia mafiosa. No. No señor.
El caso es que alguien de la familia de Isa logró mágicamente unos documentos falsos que parecían totalmente auténticos para Karasuhito. Estos incluían todo lo que una persona normal que ha nacido hace treinta y un años, y no ochocientos y su madre, necesita para vivir en este país.
Ahora Karasuhito es un hombre que nació en Kioto, que se quedó huérfano muy pronto y que fue acogido por unos familiares en los Estados Unidos, los cuales murieron hace unos años.
Consiguió su permiso de residencia y su ciudadanía siendo aún un adolescente, completó la educación obligatoria y tiene un registro médico impecable.
Todo muy normal, muy humano y para nada demoníaco.
La historia oficial es que nos conocimos por casualidad durante el viaje a Japón del año pasado.
Hablamos. Nos hicimos amigos. Luego algo más.
Él se mudó a Seattle y aquí estamos. A lo mejor el orden de los factores está levemente alterado, pero sí es casi toda la verdad de lo ocurrido entre nosotros.
Casi. Hay cosas que es mejor que mi familia no sepa nunca.
Como que durante un tiempo él me sacó ochocientos años, que era un demonio, que tenía plumón, colmillos y una cierta tendencia asesina (muy chiquitita), que yo intenté matarlo (solo un poquito) o que nos lo montamos en un parque infantil.
Esas son cosas que ningún padre o madre necesitan saber. Es mejor así. Todos viviremos más así.
Y todos viviremos más también si logramos que Meredith se aparte de la chimenea. Tras aplacar a la rubia trastornada, logramos que el coro infernal deje de cantar y se baje de la mesa con la promesa de que habrá tartas y una partida de dardos.
Las tartas han sido cosa de Karasuhito. Igual que muchos de los platos de esta noche.
Se ha pasado varias horas en la cocina conmigo, con mi madre y mis tías.
Sí, ellas también lo adoran (y a ellas también les da algún sofoco al mirarlo de reojo, cosa comprensible.
Habrá perdido las alas, pero no ese atractivo desmedido).
A mi novio le sigue apasionando cocinar y lo ha convertido en su forma de vida. Ha abierto un pequeño servicio de catering y vende sus platos en una furgoneta por los alrededores del campus. Y la verdad es que le va muy bien.
Lo de enseñarle a conducir no nos fue tan bien.
Llegué a pensar que Meredith nos iba a encerrar en cajas herméticas y nos iba a tirar al mar a él, a Jenna y a mí de rebote.
A pesar de eso, al final lo logró y ahora es muy feliz con lo que hace; y yo también lo soy porque ya no hay nada que enturbie esa sonrisa que tanto adoro.
Esa sonrisa que camina hacia mí en estos momentos. Voy a su encuentro con una leve cojera, secuela permanente de lo que Ethan me hizo en el gemelo. Karasuhito acelera para que yo no me esfuerce y en cuanto llega a mi lado, me abraza, da una vuelta conmigo en el aire y me da un beso.
—No gires tanto que le vas a enseñar el culo a todo el mundo —me río.
—Creo que a la gente le gustaría más ver mi culo que el de tu tío —bromea.
—Eso no lo pongo en duda.
—No sabía qué pensar sobre estos kimonos cortos —agarra un pliegue de la falda de cuadros—, pero debo admitir que son cómodos y así todos podéis deleitaros con mis maravillosas piernas —sonríe de esa forma pícara que tanto me desquicia y me encanta.
—Bobo.
—Yo también te quiero. —Vuelve a besarme y empiezo a notar mucho calor.
—No te pongas pegajoso delante de mi familia. —Intento apartarlo, y no hay manera. Solo consigo que se me pegue más. Las cinco mil copas de champán que se ha tomado lo están volviendo muy osado y aún más intenso—. Quita, leches.
—Oblígame —ronronea, y me da un mordisquito en el cuello.
Se me funden todos los fusibles de golpe. Por suerte, escucho las graves risotadas de mi padre de fondo y eso trae de vuelta mi cordura.
«Si eso es lo que quiere». Me encojo de hombros mentalmente antes de recurrir a algo que nunca falla últimamente.
Finjo que lo abrazo y cuelo mis manos por debajo de su ropa y las planto con firmeza en su zona lumbar.
Un aullido rompe el aire.
—¡Dioses, qué frío! ¡No me hagas eso que me congelo! —gimotea. Intenta retroceder y no se lo permito.
—No huyas, cobarde.
—¿Por qué estás tan fría? ¿Te has muerto?
—No te quejes, que tú solías estar aún más frío —le susurro muy bajito y con malicia.
—Y tú solías ser como una bolsita de agua caliente.
«Será…». Subo más las manos dejando dos caminos gélidos en su espalda. Él vuelve a aullar.
—Kaya, no atormentes al pobre muchacho —me regaña mi padre.
—No estoy haciendo nada, solo lo abrazo.
—¡Me está torturando, señor! —grita el condenado—. ¡Que alguien me salve!
—Exagerado —murmuro.
—¡Se me va a congelar la sangrecita en las venas!
—Karasuhito…
—¡Pobre de mí, se me va a parar el corazoncito! —proclama con tono lastimero.
—Calla.
—Pues quítame esos chuzos de hielo de la espalda. —Me fulmina con la mirada.
— Oblígame —sonrío con una maldad digna de un demonio.
Él también sonríe y mi estómago se encoge. Esa sonrisa no augura nada bueno. Esa sí es una sonrisa digna de un demonio. O de un exdemonio, mejor dicho.
No tengo tiempo de decirle que lo retiro. En menos de un segundo estoy colgando bocabajo de su hombro y viendo el vaivén de su falda desde arriba.
Chillo y le exijo que me baje inmediatamente. No me hace ni puñetero caso, claro. Ni él ni nadie. Por mí no se preocupa nadie. Por él sí. Pero a mí que me zurzan.
El tarado de mi novio se dirige a la entrada y yo grito más fuerte. Veo unas piernas que nos siguen, las chicas. Pido auxilio, y solo se ríen de mí.
El aire gélido me araña el rostro cuando salimos a la calle. Antes de que pueda volver a amenazar de muerte al hombre de mi vida, salgo volando y aterrizo en una montaña de nieve.
Al segundo, algo me cae encima y la nieve estalla en mil direcciones diferentes.
Estoy a punto de matar a alguien. Sin embargo, en cuanto abro los ojos y lo veo sobre mí, con esa hermosa sonrisa, con el mismo gesto de felicidad que un chiquillo travieso, y unos ojos que desbordan cariño, se me olvida el arrebato homicida.
—Ahora estamos los dos congelados —declara con tono orgulloso.
Dudo entre llenarle la boca con nieve o besarlo. Me decanto por la segunda opción porque Dios sabe que necesito el calor en mis venas.
El beso acaba, él se ríe contra mis labios, y yo también. En cuanto escucha ese sonido, sus oscuros ojos prenden y me da un segundo beso que podría desintegrar toda la maldita Capa de Ozono.
Por suerte (o no tanta), alguien nos interrumpe. Jenna se arroja de cabeza a la pila de nieve que hay justo a nuestro lado entre risas.
—¡El perdedor paga el cine y la cena del próximo domingo! —exclama, antes de lanzarle un misil blanco a Meredith.
La guerra estalla en el porche de mis padres. La Navidad se convierte en una sangrienta batalla a muerte en medio de un campo de algodón. Hasta mis tíos salen a combatir valientemente en faldas por el honor de nuestra familia.
¿Se me están congelando hasta los pelos de la nariz?
Sí. ¿Me duele el estómago de reírme? También.
¿Me importa lo más mínimo? Pues no. Cuando has pasado mucho tiempo en la oscuridad, aprendes a amar la luz.
A disfrutar de cada pequeño momento de felicidad como si fuese el primero y el último.
Y eso es exactamente esto, mi felicidad.
Da igual si el tío Fergus nos está enseñando su culo azulado cada cinco segundos o si los vecinos van a acabar llamando a un exorcista por los improperios de Meredith; tengo a mi familia, tengo a mis amigas y tengo a mi amor.
Ya no hay monstruos acechando en las sombras. No hay pesadillas. No hay ansiedad. Él ya no es un cuervo y yo no creo estar maldita (aunque a veces me guste decir que sí porque no podemos olvidar mis tendencias melodramáticas).
Mi vida nunca ha sido más normal que en este instante ni tampoco más plena.
Nunca he sido más feliz y, a juzgar por su sonrisa, Karasuhito tampoco.
Y eso es todo lo que importa porque esto es la vida real, no un libro de fantasía.
Somos felices juntos y con nuestros seres queridos, y eso es todo lo que importa.