La maldita despedida de soltero
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1 El maldito grupo de la despedida
En cuanto al culo, ese quizá es mi mayor atractivo, eso según para quien, por supuesto, ya que es bastante pronunciado y redondito, cuando me pongo vaqueros o alguna faldita ajustada, entonces si me miran, pero no es por mi belleza en general, tan solo es porque tengo el culo muy bien puesto.
Él, Mariano, es el hombre de mi vida, le conocí hace seis años y llevábamos tres viviendo juntos.
Aún recuerdo con alegría el día en que me pidió que me trasladara a vivir a su casa, ya que él heredó un pisito en el centro de Madrid y lo tengo todo a tiro, la oficina, el gimnasio y las zonas de copas por donde solemos salir a menudo.
En esos seis años hemos sido muy felices, teníamos perfectamente distribuidas las tareas de la casa, salíamos de copas viernes y sábados y los domingos nos los pegábamos sentados en el sofá, era nuestro día de vagueo, todo el tiempo viendo series o películas de amor o de guerra.
Es el mejor hombre del mundo, trabajador, cariñoso, tierno, amable, formal. Vamos, una perita en dulce.
Algunas de mi amigas me repetían hasta la saciedad que cuando me cansase de él se lo pase, que ellas lo adoptaban enseguida.
Y lo mejor de todo es que la relación con mis padres fue buena desde el primer día, se los ganó tan solo en una comida, fue verle, hablar con él un rato, y los dos me dijeron que había tenido la mayor suerte del mundo, aunque eso yo ya lo sabía desde hace rato.
Mi relación con sus padres era igual de correcta, ellos me han tratado siempre como si fuese su hija, Mariano es hijo único y su madre es muy protectora, por eso le di terreno, dejé que mantuviera esa relación con ella que siempre había tenido, sin intentar apartarle o tener celos de mi suegra.
Hace poco más de un año me pidió matrimonio y fue el día más feliz de mi vida, lo hizo en la cena de navidad en la que estaban tanto sus padres como los míos.
Me puse a llorar como una tonta y desde ese día no he parado de preparar la celebración, elegir restaurante, sitio para la ceremonia, comprarme el vestido, bueno, las que sois mujeres ya os imagináis lo que conlleva todo ese lío.
Mi relación con Mariano era de lo más satisfactoria, nos queríamos, nos decíamos cosas tiernas y en el sexo no había problema alguno, mi chico está más que dotado, tiene una herramienta que ya gustaría a muchos chulitos de gimnasio, unos días follábamos como animales y otros hacíamos el amor, por ese lado nunca he tenido necesidad alguna.
Antes de él solo había estado con otro chico y fue muy poco lo que hicimos, tocarnos por encima de la ropa en algún parque o en el cine, y llegado el caso, le había hecho alguna paja en el portal de mi casa cuando me acompañaba por la noche y venía demasiado caliente.
Eran pajas rápidas debajo de las escaleras, siempre con miedo a que alguna vecina saliera y nos pillara infraganti con los pantalones desabrochados y la polla fuera.
El muy cerdo insistía constantemente en que se la chupase.
La verdad, no entiendo esa fijación que tienen los hombres en que nos metamos su pene en la boca, a mi me da mucho asco chupar ese agujerito tan pequeño por donde sale el pis, más aún al notar ese olor nauseabundo después de llevar varias horas con los calzoncillos puestos.
Siempre me había negado a dar un paso más porque no estaba segura de él, era el típico chulito que se lía con cualquiera para después presumir en el bar con los amigotes.
En fin, que dejé a ese pedazo de imbécil y poco después conocí a Mariano.
Nuestra relación había ido creciendo poquito a poco, sin que él insistiera en follarme como hacía casi todos los días el otro, me trataba como una dama y a mí eso me gustaba.
Pasados unos meses, la relación era tan buena, que decidí dar un paso más y ofrecí la virginidad a mi novio, más que nada porque se notaba que iba en serio conmigo, no salía nunca con otra, ni con chicas de la universidad ni con compañeras de trabajo, solo con sus amigos de vez en cuando y además me pedía que fuese con él porque si no iba yo decía que se aburría mucho.
Era todo un amor y por eso un fin de semana decidí entregarle mi flor, fue en un hotel muy bonito, Mariano había llevado flores a la habitación por la mañana, una botella de cava y una caja de bombones.
La verdad es que la experiencia fue increíble, me dolió al principio un poco pero después disfruté como nunca, mi novio me hizo el amor muy despacio, sin prisa, preocupándose por mi placer antes que por el suyo.
A partir de ahí empezamos a follar como conejos, y debo decir que Mariano era un auténtico portento sexual, sacaba de mi unos orgasmos que me llevaban al cielo.
Por esa parte nunca tuve problemas, siempre me tenía servida y nunca eché de menos conocer a ningún otro tío.
Es más, la infidelidad no iba conmigo, me daban asco las mujeres que se entregaban a cualquiera, las que salían de copas una noche y acababan follando en el coche o en algún motel de carretera.
Y más aún si tenían novio o estaban casadas y engañaban a sus parejas, eso para mí era algo prohibido.
Tenía compañeras de la Uni que siempre me decían que tenía que probar algún día con otro, que no se puede pasar toda la vida follando con el mismo y que es necesario conocer otros chicos antes de pasar por el altar, aunque solo sea una noche para quitarse la ganas y poder comparar con el que va a ser tu futuro marido.
Pero eso no iba conmigo y yo estaba a punto de casarme con el hombre de mi vida.
Todo iba a las mil maravillas hasta que un desgraciado sábado del mes de mayo, mi chico dijo que salíamos a cenar a una terracita del centro, íbamos a ir los dos solos, sin ningún amigo, quería que hablásemos de la boda y de nuestros planes de futuro, la ceremonia era en septiembre y aún quedaban algunos flecos pendientes que teníamos que discutir.
Estaba tan contenta, que antes de salir le dije a mi chico que me follara en la cocina, tenía las hormonas revolucionadas y me pegó un polvazo de la hostia.
Primero me dio besitos en el cuello y después descendió poco a poco hasta acariciar y lamer mis pechos, lo hizo de una forma que me hacia estremecerme, me puso como una moto solo con darme mordisquitos en mis rosados pezones y se me fue la cabeza.
Yo cogí su cara y le besé con toda la pasión que tenía acumulada, le di un morreo del que no podrá olvidarse nunca.
Mariano se puso tan caliente que me subió la faldita, bajó mis braguitas hasta las rodillas y me giró para que le diera la espalda, inclinándome hacia delante para que apoyara las tetas sobre la mesa de la cocina.
Solo con recordar lo que hizo conmigo me mojo toda entera, me chupó el culito, metió la cabeza entre mis piernas y pasó la lengua por mi raja intentando llegar al clítoris.
Me puse tan perra que fui incapaz de pararle, yo nunca tomaba la píldora y estaba en mis días fértiles. Y cuando se puso detrás y me la metió de golpe, solo pude chillar de verdadero placer.
Me estuvo dando arrimones sin parar y yo arrastrando las tetas sobre la mesa, cuando él me embestía con su polla yo chillaba cada vez más fuerte, estaba tan sofocada que le provoqué como nunca había hecho antes.
- ¡Fóllame! Cariño, dame fuerte.- pedí multitud de veces –
Y mi novio cumplió su papel, me folló el coño hasta que casi me quemaba, notaba su gruesa verga entrar y salir y yo gemía fuera de control.
- Joder que bueno, Mariano, fóllame más fuerte, métela más adentro hasta conseguir que me corra.
Al final llegué al orgasmo, casi vi las estrellas del placer que sentía con la polla de Mariano metida en lo más recóndito de mi coño.
- ¿Dónde me corro? Cari. – preguntó nervioso mi chico al notar que iba a explotar en cualquier momento –
- Dentro, hazlo dentro. – rogué si siquiera pensar – Lléname toda de leche.
Y Mariano lo hizo enseguida, soltó un lefazo tras otro rellenándome por dentro, dejando mi vagina plena con su semen caliente.
Después de haber disfrutado tanto, fui al baño a lavarme, entonces me di cuenta que no habíamos usado condón y que podía quedarme preñada por su enorme corrida.
- ¡Bah! - dije para mí misma – Es imposible que me quede embarazada con un polvo tan rápido y de una sola vez.
Volví al salón y dije a mi chico que iba a prepararme.
El pobre estaba tan bonito sentado viendo la televisión y mirándome de reojo, que me quedé prendada de él.
¿Cómo había tenido tanta suerte? – pensé al ver su mirada de enamorado -¿Cómo había conseguido un hombre como él si ya quedan tan pocos?
Fui a mi habitación y me puse de punta en blanco para esa noche, unas braguitas preciosas de encaje negro y una blusita blanca ajustada marcando mis no voluminosos pechos, y para finalizar, una minifalda de gasa que se ajustaba a mi culo como un guante.
Antes de que Mariano me viera, me miré en el espejo y supe que iba a gustarle.
Él ya estaba preparado y me esperaba en el salón viendo la tele. Cuando aparecí por la puerta vi como babeaba, me dio un repaso de arriba abajo y me soltó directamente.
- Amor, si quieres no salimos, pedimos que nos traigan la cena y nos quedamos en casa.
Yo caminé hacia él de forma provocativa, moviendo las caderas y desabrochando dos botones de la blusa.
Vi como se le iba la vista a mis tetas, que aparecían por el escote, y después a mis torneados muslos a los que mi faldita no tapaban de ninguna forma.
- Ni de coña. – respondí guiñándole el ojo – No me he pegado una hora arreglándome para eso.
Salimos a la calle y me llevó bien agarradita de la cintura, de vez en cuando miraba hacia atrás, y si no venía nadie, me daba un buen repaso en el culo, apretaba con la mano metiendo la fina tela de la falda entre mis dos generosas nalgas sin cortarse.
Lo cierto es que yo había salido de casa bastante caliente, un solo polvo no había apagado el fuego que me abrasaba, y la sola idea de una cena romántica o de tomar una copa juntitos en cualquier pub dándonos besitos y abrazos, me había subido la temperatura.