La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 22. Capítulo 22
74%

22. Capítulo 22

—¡Valda!

Su llamado no obtuvo respuesta, y una parte de ella pareció desaparecer cuando Valda no se volvió.

Estaba segura de que la había escuchado.

¿Por qué la estaba ignorando? Maris bajó la mirada hacia Eyphah; sus ojos se encontraron por un segundo ante de que ella retirara sus manos bruscamente de los labios ardientes de la otra mujer.

—No —advirtió Maris, observando cómo Eyphah se ponía de pie con los ojos fríos y penetrantes.

—¿No?

Maris tembló bajo aquella mirada intensa hasta que desvió la vista para escapar de ella, solo para encontrarse con cientos de ojos azules de distintos tonos mirándola con esperanza, asombro y emoción.

Tragó saliva y se apartó del espacio de Eyphah.

Todos esperaban que dijera algo y, por más que quisiera darles palabras de confianza, no se le ocurría nada.

—¿Princesa? Tú eres nuestra princesa, ¿verdá’? —preguntó un hombre mayor, dando un paso inseguro hacia ella.

—¡No! ¡Ella es nuestra reina! ¡La que nos llevará de vuelta al Reino del Mar! —gritó una mujer de mediana edad, tomando al anciano de la mano y jalándolo hacia atrás.

—¿Dónde has esta’o to’ este tiempo?

—Pensamos que nos habían deja’o solos.

—¿Por qué te escondías?

—¿Qué pasó?

Maris dio un paso atrás, pero al girarse, más mareños se reunían a su alrededor, esperando respuestas. El símbolo resplandeciente cortaba la oscuridad y la luz menguante del fuego en el centro de la plaza. Respiró hondo, abrió las palmas de sus manos y habló.

—Sé que esto es repentino y todos están tan sorprendidos como yo.

—¿No sabías que eras nuestra princesa? —Cai se abrió paso entre la multitud y se detuvo frente a ella—. ¿Cómo?

Maris negó con la cabeza.

—Lo siento —susurró, con el labio inferior temblándole mientras miraba sus rostros—. Quiero contarles todo, pero no creo poder responder cada una de sus preguntas ahora.

Cai asintió y las personas a su alrededor hicieron lo mismo.

—Se las responderé mañana a primera hora. Por favor. —Maris movió la mano hacia el fuego—. Celebren la Noche de la Ninfa. —Tembló al sentir su corazón latir con fuerza en el pecho—. Y cuando se duerman, sepan que mañana será un día nuevo para todos nosotros.

Inclinó la cabeza y se dio la vuelta para irse, pero Eyphah le bloqueó el paso.

—¿A dónde vas?

Con su frente ya sin el símbolo brillante de Poseidón, Maris no respondió; apartó a Eyphah y comenzó a dirigirse hacia la Casa de Arago, pero una mano áspera y fuerte la sujetó del codo y la hizo retroceder.

—¡Suéltame! ¡Tengo que volver con ella!

—¡Ella ya no es tu preocupación! ¡Nosotros lo somos! ¡Nosotros! ¡Tu gente, la gente del Reino del Mar! ¡No los celestinos y mucho menos esa mujer!

—¡Suéltame ahora mismo, Eyphah!

—No sé qué mierda te ha metí’o esa mujer en la cabeza, pero tú… —El labio inferior de Eyphah tembló—. Eres todo lo que hemos esta’o esperando. ¡Todos estos años pensamos que estabas muerta!

Maris no podía apartarse de ella. Las lágrimas que se le acumulaban en los ojos la hicieron estremecerse con una fuerza desconocida cuando un entendimiento la golpeó.

Desde que Valda la había llevado a la piscina en el castillo de Oberón, la idea de que pudiera tener sangre real había cruzado por su mente, pero nunca se había detenido a pensar realmente en cómo podía ser posible.

Bajó la vista hacia sus propias manos. Tenía el don. Tenía el símbolo…

«Soy la heredera del Reino del Mar».

No, no la heredera.

«La reina legítima».

Negando con la cabeza, Maris empujó a Eyphah ignoró las miradas enojadas y curiosas de quienes la rodeaban.

Decepción y miedo se filtraban hasta lo más profundo de su alma mientras miraba a cada una de las personas en esa plaza.

La habían llamado con esperanza, con alegría, con incredulidad. ¿Qué tenía ella para darles?

Nada.

Maris no tenía nada que ofrecer para responder a toda la esperanza que brillaba en los ojos de su gente.

—Necesito pensar —dijo con tono de disculpa—. Necesito hablar con Valda.

Eyphah resopló.

—Lo que necesitas es entender. Eres nuestra reina y te necesitamos.

—¡Lo sé! —exclamó con desesperación—. ¡Lo sé, lo sé!

—Entonces, ¿por qué nos lo ocultabas?

—¡No lo estaba ocultando! —respondió Maris, pero Eyphah hizo una mueca y supo que no le creía—. ¡No lo sabía!

—¡Mentiras! ¿Te dijo ella que no dijeras na’? ¿Te tiene tan envuelta en su de’o? ¿Quería tanto control que tomó a la heredera mareña como su puta?

La ira le hirvió por dentro y, sin pensarlo, Maris echó el brazo hacia atrás y le dio una bofetada a Eyphah.

El escozor en la mano le recorrió hasta los huesos.

Hacía mucho tiempo que no se sentía tan furiosa.

Puede que Eyphah estuviera protegiendo a su gente, pero Maris no iba a permitir que le faltaran al respeto.

Eyphah se giró hacia ella, una mano sobre la mejilla, y Maris no supo si lo que brillaba en sus ojos color cobalto era asombro o rabia.

—Estoy harta de tus mierdas y de que hables como si me conocieras. No me conoces, Eyphah. No vuelvas a faltarme el respeto a mí o a la reina.

—Son pareja, ¿verdá’?

—¿Tu escuchaste alguna palabra de lo que acabo de decir?

—¿Por qué no contestas?

—¡Porque eso no es asunto tuyo, puñeta!

Maris le dio la espalda y se fue tras Valda.

Valda no estaba segura de con cuántas personas había tropezado en su camino. No sabía si lo hacían a propósito o si era ella quien se movía caóticamente en busca de seguridad… de silencio. ¿Dónde estaban sus guardias cuando los necesitaba?

Cuando estaba a punto de rendirse y sentarse en el suelo sucio y desigual, una vocecita la llamó.

Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

No era solo una; eran tres. Coljar, Kimmi y Lia la llamaban como si fuera una de ellos, como si fuera su igual, y por un momento creyó que eso era justo lo que necesitaba.

Los niños la rodearon. Coljar tiró de la pernera de su pantalón mientras Kimmi presionaba la blusa olvidada de Valda contra su costado.

Valda no habló. Se mantuvo firme hasta que la pequeña Lia preguntó qué le pasaba y por qué se veía tan triste.

Valda frunció el ceño ante la pregunta. ¿Triste? Se veía triste. Soltó una breve risa y pasó los dedos por su cabello antes de ofrecerles su mejor sonrisa.

—Parece que estoy un poco perdida, nada más.

—¿Quiere ir a la Casa de Arago? —preguntó Kimmi.

—Por favor —respondió Valda, girando el rostro en dirección a la voz de la niña.

La pequeña mano de Kimmi se deslizó dentro de la suya mientras susurraba:

—Aquí está su blusa.

—Tiene manchas de pintura —añadió Coljar.

—No importa. Era de esperarse. —Las manos de Valda se cerraron sobre la tela suave.

—Arruinaste el dibujo mientras bailabas —dijo Lia, tocando con su dedito los muchos puntos que había pintado en la mano izquierda de Valda.

—Sí, lo siento.

—¡No! ¡‘Tá bien! ¡Te estabas divirtiendo!

—Lia tiene razón. Parecía que estabas gozando —dijo Kimmi, ahora con la mano apoyada en la muñeca de Valda—. ¿Te molestaría si te guiamos de vuelta a la Casa de Arago? Estás bastante lejos.

Valda tragó saliva y asintió.

—Dale.

Los tres niños la guiaron en silencio hasta la puerta de la cabaña. Valda pudo sentir su vacilación al dejarla entrar sola. Sujetando la blusa con fuerza, movió la otra mano para buscar el picaporte, se volvió hacia ellos y, una vez más, les regaló una sonrisa alegre y falsa.

—Gracias. Creo que me lavaré y me iré a dormir.

—¿Quieres ir mañana al lago con nosotros? —preguntó Kimmi.

Valda se encogió de hombros al principio, pero luego asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Claro. Buenas noches.

Giró el picaporte, entró y cerró la puerta con rapidez tras de sí. Exhaló el aliento entrecortado que tenía atrapado y se dejó caer sobre el sofá. Soltó la blusa en algún lugar del suelo mientras se sentaba, agotada mentalmente.

Entonces la realidad la golpeó.

Maris era la heredera del Reino del Mar.

Siempre lo había sido.

Apoyó los codos sobre las rodillas y descansó la cabeza en las palmas de sus manos.

Todo tenía sentido…

La atracción implacable. El momento en que percibió su aroma por primera vez en sus aposentos cuando perdió la vista.

La forma en que su toque le quemaba la piel, la manera en que deseaba estar cerca de ella cada segundo de cada minuto, de cada hora, de cada día.

Valda solo podía rendirse al tacto de Maris como nunca lo había hecho con nadie.

Ardía por ella como jamás había ardido por nada ni por nadie en su vida.

La deseaba. No… la necesitaba como necesitaba respirar.

Las Moiras le hablaron a su padre sobre la unión del mar y el cielo, pero jamás imaginó el torbellino de emociones que eso podía representar.

Maris era el mar y Valda el viento. Sus ráfagas furiosas volvían las olas de Maris más fuertes, más altas, más destructivas.

Se estrellaban contra su corazón, derribando los muros de piedra que había construido.

Con solo un toque, Maris había matado a la antigua reina, fría e imperturbable, y había dado paso a esta persona… a esta mujer.

Valda ya no se reconocía.

Se tocó el rostro, los brazos, el pecho y sintió la pintura aún sobre su piel. Recordó cómo se había sentido con los niños y bailando con Maris en la plaza y comenzó a sollozar.

Dioses… Maris era su pareja, la que el Oráculo había mencionado.

Se cubrió la boca y cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas .

La amaba. Amaba a Maris. Pero… ¿era porque estaba escrito en piedra que su unión debía suceder, o era la suma de todos esos momentos que habían pasado juntas? ¿De todas esas noches, esos besos, esos abrazos apretados y sofocantes?

Maldita sea… ¿y si todavía la rechazaba? ¿Y si decía que no a ser su pareja del corazón, su pareja del alma?

Valda se dejó resbalar hasta el frío suelo de madera y llevó las rodillas al pecho, enterrando las manos en su oscuro cabello.

—¿Valda?

El aire se le atascó en la garganta y levantó la cabeza hacia la puerta de la cabaña.