21. Capítulo 21
—¿Qué ocurre? —preguntó. La pregunta quedó suspendida en el aire espeso. Sus brazos se apretaron alrededor de la cintura de Maris, acercándola más.
—¿Valda?
Valda podía sentir cómo Maris intentaba apartarse; podía sentir cómo se estaba distanciando. Apretó la mandíbula y apoyó la frente contra la de su amante.
—¿Qué pasa, Caracol?
Los dedos de Maris rozaron su piel caliente. Su duda… el miedo. Valda lo odiaba. Maris jamás debería tenerle miedo, ni siquiera un poco.
Y entonces, unos golpes urgentes en la puerta rompieron la tensión y el silencio.
Los ojos de Valda se abrieron de par en par, pero su agarre sobre Maris no cedió. Al contrario, se hizo más fuerte mientras giraba hacia el sonido.
—¿Cómo se atreven? —gruñó, la vibración en su pecho calmándose bajo las suaves manos de Maris sobre su corazón—. ¿Qué hora es? —preguntó, volviendo su atención a la mujer entre sus brazos.
—Es temprano. Ya salió el sol. —Maris suspiró y se apartó de Valda—. ¿Quién es?
—Soy Cai, señora.
Valda frunció el ceño.
—¿Quién?
Maris se encogió de hombros.
—No tengo idea de quién es.
Valda palpó la cama a su alrededor, buscando algo con qué cubrir su cuerpo desnudo. Maris tomó rápidamente su mano, guiándola hasta una camisa de seda.
—Ponte esto. Yo abriré la puerta.
Valda asintió e intentó ponerse la blusa lo mejor que pudo sin ayuda.
Los golpes sonaron otra vez y, con ellos, la paciencia de Valda se desvaneció.
—Voy a arrancar la maldita puerta de sus goznes.
—No vas a hacer nada de eso. Estate quieta.
Valda oyó los pasos de Maris acercándose, pero no sintió su toque. En cambio, escuchó cómo la joven abría la puerta.
—Cai —dijo Maris, como si estuviera registrando el nombre en su mente.
Valda decidió que quienquiera que fuera ese tal Cai no iba a hacerles daño.
—Su Alteza —llamó Maris, volviendo su atención hacia ella—. Es el muchacho que nos recibió cuando llegamos a Nueva Agenor.
—¿Qué quiere? —preguntó, con molestia—. ¿Y por qué nuestros guardias lo dejaron entrar a la casa?
Cai soltó una risa nerviosa.
—Sus guardias no estaban en la puerta principal.
Valda resopló con incredulidad.
—Además, Eyphah me pidió que les avisara que el desayuno está listo y que desea que ambas la acompañen.
Los hombros de Valda se tensaron al escuchar el nombre de Eyphah. Tan solo pensar en estar cerca de esa mujer le revolvía el estómago. Esa mujer… y su descaro al invitar a Maris a volver a su cabaña. ¿Cómo se atrevía?
Valda sabía que no debía dejarse llevar por la agitación. No debía permitir que la rabia le quemara la garganta. No tenía ningún vínculo con Maris, al menos no en público. No era su consorte ni su pareja. Ni siquiera la estaba cortejando.
Sin embargo, su corazón se encogió.
Tal como estaban ahora, ya habían dejado atrás el cortejo.
Habían pasado a ser amantes, a ser abiertas sobre su atracción cuando estaban a solas, a desearse y buscarse cada vez que podían.
Y aun así, Valda estaba aterrada de volver a pedirle que fuera su pareja del alma.
No estaba segura de cómo reaccionaría si Maris volviera a decir que no.
Como si hubiera escuchado sus pensamientos, las manos mareñas de Maris subieron hasta su mejilla, suaves, llenas de ternura. Era difícil estar enfadada cuando Maris estaba cerca… Valda se derritió bajo esa caricia dulce, cerrando los ojos y dejando caer los hombros tensos.
—No —susurró Maris—. Puedo ver que estás pensando demasiado.
—¿Sí? —Valda ladeó un poco más la cabeza, sus labios buscando la palma de Maris. La besó y la presionó contra su rostro. Ese calor familiar era todo lo que necesitaba. Maris estaba allí. La estaba acariciando. Todo estaba bien en el universo.
—Tal vez no lo sepas, Su Alteza, pero a ti se te nota todo en la cara.
La agitación de Valda se deshizo en una risa suave. A regañadientes, se apartó de la mano de Maris y habló:
—Será mejor que vayamos. No quiero que esa mujer termine entrando al cuarto.
Maris asintió en silencio, bajando la mano hasta el borde de la camisa de Valda.
La metió dentro del pantalón, ajustó la hebilla y le dio unas palmadas suaves para acomodarla.
Luego le arremangó las mangas hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos.
Por último, sus dedos recorrieron su cabello oscuro, acomodándolo, antes de que ambas salieran de la cabaña.
Aunque el desayuno estaba delicioso, la atención de Maris se desvió desde los platos vacíos hacia Eyphah, y luego hacia Valda. Los rasgos de la reina eran imposibles de leer, mientras que la diversión de Eyphah no lograba ocultarse tras su leve sonrisa torcida.
El gesto le molestó a Maris, pero decidió ignorarlo e imitar la falta de emoción de Valda.
Lo último que quería era darle a Eyphah aunque fuera una pizca de esperanza de meterse en su cama.
Maris resopló ante lo absurda que le parecía la idea.
Después de entregarse a la reina por primera vez, ya no podía imaginarse manteniendo intimidad con nadie más.
—¿El silencio incómodo te entretiene, cariño? —preguntó Eyphah, alzando su taza y dando un sorbo de café.
El agarre de Valda sobre su bastón blanco plegado se tensó visiblemente. Maris no se sorprendió por su reacción. Tal vez lo tomaba como una falta de respeto, pero comentarlo solo confirmaría que, de algún modo, estaba unida a ella.
—Eyphah, por favor. Llámame Maris…
—“Representante” también funciona —interrumpió Valda, con los nudillos blancos.
Eyphah clavó la mirada en Maris, alzó una ceja y se encogió de hombros.
—Entonces usaré “Maris”. Suena mucho menos formal que “representante”.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Valda con firmeza.
—Por donde Maris quiera. —Una sonrisa amplia y perfecta se extendió en el rostro de Eyphah mientras volvía su atención hacia ella—. ¿Tenías algo en mente?
Maris se movió incómoda en su silla y asintió.
—Quiero ver todos los caminos que entran y salen de Nueva Agenor, y también los que están dentro del asentamiento. He notado que no están en muy buen estado.
Eyphah asintió.
—Hecho. ¿Qué más?
—Las estructuras de las viviendas. ¿Qué materiales están usando?
—Lo que haya. Hemos esta’o reciclando los de las casas que se vienen abajo.
En cuanto una se jode después de una tormenta de arena, la demolemos y reutilizamos lo que se pueda.
Es difícil conseguir materiales de construcción con los caminos como están, sin mencionar que nos venden to’ al doble de precio.
Maris asintió, chasqueó la lengua y sacó su libreta.
—¿Necesitan materiales de construcción?
—Sí. Nuevos, si es posible. No estamos pidiendo la mejor calidad, pero sí que sean nuevos. Tenemos sobrevivientes que antes trabajaban como ingenieros en el Reino del Mar. Pueden sacar lo mejor de cualquier cosa.
Valda chocó suavemente su hombro con el de Maris.
—¿Y la comida? ¿De dónde la obtienen?
—Tenemos una pequeña granja cerca de los lagos. Usamos esa agua para mantenerla creciendo, aunque también animamos a nuestra gente a cultivar su propia comida.
Maris asintió y escribió en su libreta.
—¿Podemos verla?
—Podemos ir ahora mismo —dijo Eyphah, levantándose de la mesa y caminando hacia la puerta, mientras Maris guardaba su libreta y colocaba la mano de Valda sobre su hombro.
Las cabañas de Nueva Agenor eran pequeñas.
La mayoría solo tenía dos habitaciones y un baño comunal por cada tres casas.
Para Maris no habría sido un problema, de no ser porque ahora, con la luz del día, podía ver cuánta gente había en el asentamiento.
Lo que ella creía que era una población de cien, tal vez doscientos, resultó ser de aproximadamente dos mil.
Habían muchos niños en Nueva Agenor. Pequeños de distintos tonos de cabello azul corrían por los caminos deteriorados del asentamiento, riendo, ajenos a todo.
Tener tantos niños era algo positivo, pero le rompía el corazón.
No merecían vivir así, en comparación con los niños celestinos, este lugar no era digno para ellos.
—Hay muchos niños aquí —comentó Maris mientras caminaban.
Eyphah no pudo evitar dedicarle una sonrisa ladeada.
—Nos mantuvimos ocupados apenas nos establecimos.
Maris asintió al comentario.
—¿Tienen algún médico entre ustedes?
—No.
Los ojos de Maris se abrieron mientras seguía a Eyphah de cerca. El agarre de Valda en su hombro se tensó.
—¿No tienen? ¿Cómo cuidan a los enfermos? ¿A los niños?
—No nos enfermamos tan seguido. Los lagos nos dan to’ lo medicinal que necesitamos. No somos violentos, así que no nos herimos entre nosotros.
—¿Y las mujeres embarazadas? ¿Los ladrones? ¿Los accidentes?
Eyphah se volvió hacia Maris y luego hacia Valda.
—Tenemos nuestras maneras.
Maris entrecerró los ojos mientras seguía caminando detrás de ella. Estaba ocultando algo. Tal vez conocía a algún devoto bendecido de Asclepio. Tal vez Melvian había visitado Nueva Agenor más de una vez. Tal vez Isen la había traído cuando necesitaban a alguien que los sanara.
Eyphah se detuvo frente a uno de los pequeños huertos comunales. Soltó un suspiro fuerte y movió la mano de forma teatral.
—Tenemos más de treinta de estos. Necesitamos algún sistema de riego que los ayude a crecer. La tierra de este reino es tan seca y estéril como el toto de una vieja. Recogemos agua cuando llueve… o mejor dicho, si llueve.
Maris se volvió hacia Valda. El labio superior de la reina se contrajo con molestia mientras apartaba su mano del hombro de Maris.
—Rhea tiene un sistema de riego excelente.
Lo han usado durante muchos años en sus granjas y cultivos.
Sé que nuestro clima no es el mejor, especialmente aquí.
Pero podemos idear algo para ayudarlos. Estamos en buenos términos con ese reino, así que puedo pedirles los planos de su sistema —explicó Valda.
—¿Cuánto tardaría?
—¿Aproximadamente? Dos meses. Después de eso, todo dependerá de conseguir el agua que necesitan. —Valda suspiró, cerró los ojos y respiró hondo por la nariz.
Maris frunció el ceño y se giró completamente hacia ella.
—¿Su Alteza?