7. Capítulo 7 #2
Valda lo sujetó con firmeza. Con los ojos cerrados adoptó una postura defensiva.
Movió el bastón con lentitud, como si fuera una espada, probando su peso.
En segundos, la destreza de la que Maris solo había escuchado rumores salió a relucir: Valda hizo girar el bastón con la sutil ligereza de su muñeca.
El arma giraba rápido, trazando círculos mientras ella rotaba el cuerpo con una habilidad innegable.
Valda había nacido para sostener una espada, para la batalla, para destruir.
Al rotarse, estampó el bastón en pleno rostro de un guardia desprevenido.
Maris dio un salto, boquiabierta. No había esperado que Valda acertara un golpe, mucho menos uno así.
El hombre se retorció de dolor, llevándose las manos a la cara mientras la sangre le escapaba entre los dedos.
Otro guardia lo apartó y, cuando retiró sus manos, Maris frunció el ceño al ver que tenía la nariz rota, chorreando más sangre.
Con una sonrisa ladeada, Valda reposó el bastón sobre su hombro derecho y provocó a los demás guardias con un gesto de su mano.
Un tercero cargó contra ella a gritos. Valda giró el rostro en su dirección, lo esquivó y hundió el bastón en sus costillas. El crujido de los huesos hizo que Maris se llevara las manos al pecho, encogiéndose con una mueca.
El guardia retrocedió, justo a la par que un cuarto se acercaba sigilosamente.
La postura de Valda no titubeó, concentrada en todo lo que la rodeaba.
Maris la miraba sin pudor, atenta a su respiración agitada, al subir y bajar de su pecho, a las gotas de sudor deslizándose por sus sienes, su cuello y los músculos tensos de sus muslos y brazos.
Estaba tan absorta que no notó al cuarto guardia levantar un bastón para golpearla.
Cuatro contra una no era justo, y menos cuando Valda no podía ver. Cuando el guardia comenzó a alzar el arma, Maris gritó:
—¡Detrás de ti!
Valda gruñó, empujando el bastón hacia atrás y golpeando al guardia en la entrepierna con el extremo redondeado. Maris echó una carcajada al verlo soltar el arma y desplomarse, sujetándose entre las piernas. Valda cuadró los hombros, lanzó el bastón al suelo y se acomodó el cabello.
—No te pongas engreída —dijo Valda con la barbilla en alto.
Cerbera maulló, se apartó de Maris y se frotó contra los pantalones de Valda.
—¿Terminamos? —preguntó Maris, acercándose a ella e ignorando a los hombres gimiendo en el suelo.
Valda asintió con una sonrisa torcida.
—Sí. Creo que fue un buen comienzo, ¿verdad?
—Creo que no deberías forzarte tanto. Necesitas descansar.
—He descansado demasiado —murmuró Valda.
Maris se encogió de hombros. En parte era cierto; Valda no había salido de su alcoba en semanas, y aunque claramente había recuperado fuerza y energía, aún estaba adaptándose a no ver.
—Tu estás tensa.
—¿Tus guardias siempre son así de entusiastas al entrenarte a golpes?
—Es un honor entrenar con la alta comandante del Ejército celestino.
—Estaban encantados de hacerte daño.
—No puedo ver su lenguaje corporal. Tú sí. Creo que solo estaban felices de participar en un entrenamiento así —dijo Valda, apretándole el hombro—. Puedo cuidarme sola, Maris.
Maris suspiró, dándole unas palmaditas en la mano para captar su atención, mientras Cerbera corría delante de ellas con la cola erguida.
—¿Y ahora qué? ¿Quieres comer algo? ¿Sentarte y relajarte? —Esperaba que dijera que sí. Tenía que mantenerla fuera de problemas.
—Quiero salir. A la Plaza Ofelia.
—¿Ahora? —Maris se tensó y Valda soltó una risa baja.
—Sí, pero entiendo que no sería prudente.
Eso era quedarse corta. Había demasiadas cosas que no le gustaban de la idea.
Primero: la princesa estaba ciega y si sus propios guardias se burlaban de ella, Maris no quería imaginarse lo que harían los ciudadanos al enterarse.
Segundo: Maris odiaba estar afuera, rodeada de gente.
Esa conducta antisocial se le había pegado de sus padres. Prefería mil veces quedarse dentro.
—No creo que debas todavía —la mano de Valda en su hombro se apretó. Ella sabía que la princesa ansiaba hacer más, volver a la normalidad, pero tenía que ser paciente y esperar a sanar.
—Deseo estar entre mi gente.
—¿Es prudente?
—¿Qué quieres decir?
—Que si es prudente que andes por ahí, sin protección, mezclándote.
—Yo sirvo y protejo a mi pueblo. Ellos me protegen a mí también.
Maris chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Confías demasiado…
—Y tú confías demasiado poco. No me han dado razón para desconfiar. Amaron a mi papá, adoran a mi mamá y me aman a mí también —Valda asintió.
—No puedo decirte qué hacer, princesa. Si deseas salir, podemos. Aunque quisiera llevar un guardia con nosotras.
—Ningún guardia.
Maris frunció el ceño y alzó la ceja.
—¿Ningún guardia?
—¿Acaso tartamudeé?
Maris abrió la boca, pero fue interrumpida por una criada. Kayden estaba en el castillo y pedía ver a Valda .
El cuerpo de Maris se congeló. ¿Kayden había vuelto y la reina no? ¿Había pasado algo? Al mirar a Valda, vio cómo su expresión se ensombrecía. No lo diría en voz alta, pero ya podía leer sus gestos y sabía cuándo algo andaba mal.
Apretando más el agarre, Valda pidió en voz baja que la llevara de regreso a su habitación, y Maris obedeció.
Al llegar, Kayden las recibió con una sonrisa cálida. Estaba sentado en el gran sofá del área de descanso. El pelirrojo asintió cuando Maris entró con Valda. Maris se movió para darle espacio para sentarse, pero Kayden sujetó la muñeca de Valda y la miró con cautela.
—Yo la ayudo. Gracias —dijo, sin dejar margen a réplica.
Maris le lanzó una mirada rápida a Valda antes de apartarse en silencio hacia la zona de descanso, lo bastante lejos como para no parecer una espía. A su lado, Cerbera se sentó sobre sus patas traseras, las orejas hacia atrás y los ojos bien abiertos. La gata parecía tan inquieta como ella.
Kayden volvió sus ojos azules hacia Valda, sin su habitual sonrisa alegre. Con ojeras profundas y el labio superior temblando, se inclinó, arrodillándose ante ella. Con una mano le sostuvo la cabeza y con la otra entrelazó sus dedos, apoyando sus frentes en un gesto íntimo.
Un arranque de celos atravesó a Maris. No podía explicar por qué quería apartar a Kayden de Valda con tanta urgencia. Algo en su interior ardía de enojo. Sus manos se cerraron en puños para contener sus emociones.
—Kayden… —susurró Valda, apartándolo con firmeza—. ¿Qué pasó? ¿Dónde está mi mamá?
El labio del hombre tembló. Inhaló profundamente, pero antes de soltar el aire, Valda lo empujó.
—No. ¡No uses tus poderes conmigo!
Maris dudó si intervenir. Parecía que estaban a punto de pelear, pero Kayden no titubeó. Tomó sus manos, tragó saliva y aclaró la voz.
—Recibí tu carta y me pareció… extraña.
Valda frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Cuando partimos hacia Harmonia, esperé a Rionach en mi barco. En su lugar, recibí un mensaje suyo diciendo que me adelantara, que tenía que dejar unos asuntos listos aquí en el Reino del Cielo antes de unirse a mí. Llegué a Harmonia, pero lo curioso es que ella nunca llegó …
Los ojos de Maris se abrieron de par en par.
—¿Qué quieres decir con que nunca llegó? —preguntó Valda.
—Mi querida amiga, mi hermana… —susurró Kayden, con la voz quebrada—. Necesito que seas tan fuerte como siempre eres… y aún más.
Todos en la sala, salvo Kayden, saltaron cuando, en ese momento, fuertes golpes resonaron en la puerta. Maris no dudó en abrirla: del otro lado se hallaba un guardia, con su cara roja de contener lágrimas. Se inclinó profundamente antes de entrar.
Maris pudo ver cómo luchaba por hablar, cargando noticias que no quería soltar. Antes de que pudiera presionarlo, el grito salió de su garganta:
—Princesa Valda, la necesitamos en la sala del trono inmediatamente.
El corazón de Maris se desplomó.
—Algo le pasó a la reina.
Hielo puro recorrió la espalda de Valda.
Todo su mundo se convirtió en un murmullo de palabras y sensaciones.
No podía respirar. Un zumbido en sus oídos se mezclaba con los latidos ensordecedores de su corazón.
Tropezó con Cerbera y escuchó su maullido, pero no se detuvo.
Abrió la puerta y, apoyando la palma de su mano en la pared, corrió hacia la sala del trono.