Capítulo 6 Hola Amor
El trayecto de vuelta a la ciudad tuvo un ritmo muy distinto al de la llegada.
Estaba cansada sí, pero ya no era el cansancio amargo de la rutina ni la pesadez de los días iguales.
Miraba por la ventanilla del autobús y el paisaje parecía tener más luz, más relieve.
Tenía la piel sensible, el cuerpo cansado de esa forma deliciosa que solo deja la actividad intensa y una sonrisa tonta que me obligaba a disimular cada vez que cruzaba la mirada con algún pasajero.
Me pasé las horas de viaje repasando cada instante.
No sentía culpa, o al menos no la culpa aplastante que se supone que debería sentir una mujer de mi edad en una situación así.
Sentía, sobre todo, una vitalidad rabiosa.
Energía en su estado más puro. Dani no solo me había dado unos días de pasión salvaje y descarada; me había devuelto la certeza de estar viva, de ser deseada, de poseer un cuerpo que aún podía arder, pedir más y provocar terremotos en un chaval de veintiún años.
Recordé el mensaje en mi teléfono, guardado como un tesoro clandestino en la memoria del aparato.
La idea de ese próximo encuentro en la capital me provocaba un vértigo en el estómago que me hacía sentir de nuevo como una universitaria a punto de saltarse las clases.
Estaba en la puta gloria. Había vuelto a tomar el control de mis sensaciones, a romper las reglas sin pedir perdón ni permiso a nadie.
Decidí responderle. Se lo había ganado.
"Ya estoy ansiosa de verte cariño. El mes que viene tu putita te espera. Mira quienes te extrañan."
Abrí el escote de mi blusa discretamente, bajé mi sostén y me tomé una selfie mostrando las tetas. Marcas de pasión y pezones duros. Perfecta.
Enviar.
El autobús llegó a la terminal a última hora de la tarde.
El calor de la ciudad me recibió con su ruido habitual de tráfico, sirenas y gente corriendo de un lado a otro.
Tomé un taxi en la parada de la entrada.
Mientras el coche avanzaba por las avenidas abarrotadas, me miré en el espejo retrovisor: tenía mejor cara, las mejillas sonrosadas y una mirada profunda que no recordaba haber visto en mi reflejo en años.
La Ana abatida por el trabajo y la monotonía se había quedado en aquel pueblo, tal vez se había ahogado en la piscina de la casa de Laura, o mejor dicho en el semen de Dani.
El taxi me dejó en la puerta de mi edificio a eso de las ocho de la noche.
Subí las maletas por el ascensor, escuchando el zumbido metálico que conocía de memoria.
Llegué al piso cuatro, saqué el manojo de llaves del bolso y me detuve un segundo frente a la puerta de roble.
Inspiré hondo, recuperando la compostura, borrando la sonrisa socarrona y colocando la máscara de mujer serena y responsable que tan bien sabía llevar.
Giré la llave en la cerradura. El chasquido seco resonó en el recibidor.
Empujé la puerta y el olor familiar a cera de muebles y a mi cocina me envolvió de golpe. Dejé la maleta junto a la entrada y cerré a mis espaldas. Desde el salón se escuchaba el murmullo bajo del televisor sintonizado en el canal de noticias.
Un hombre alto, de pelo cano, gafas de lectura en la punta de la nariz y vistiendo una bata cómoda de estar por casa, apareció por el pasillo con una sonrisa cálida y tranquila en el rostro.
—Hola, mi amor —dijo, acercándose para darme un beso afectuoso en la mejilla—. ¿Qué tal el viaje? Te extrañé mucho estos días. ¿Cómo está Laura?
Al abrazarlo, sentí la ligera aguja de un tirón muscular en los muslos, me hizo dar un saltito delicioso de dolor.
—Hola, amor —respondí, sonriendo con absoluta naturalidad mientras le devolvía el abrazo a mi esposo—. Muy bien todo, mi vida. Te juro que han sido unas vacaciones inolvidables.