La madre Capítulo 91 — LOS CARGOS FORMALES
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Capítulo 91 — LOS CARGOS FORMALES

LOS CARGOS FORMALES

Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid

La notificación formal llegó al día siguiente de la publicación del reportaje, entregada en mano por un funcionario judicial con la solemnidad burocrática habitual de cualquier comunicación de este tipo, independientemente de la magnitud personal de su contenido: cargos formales por prevaricación judicial, falsedad documental continuada, y obstrucción a la justicia, con una citación para comparecer ante el juez de instrucción dentro de cinco días.

Irene leyó el documento completo en la soledad de su despacho, ya vaciado en gran parte de los objetos personales que había retirado el día anterior.

Cada palabra del lenguaje jurídico, tan familiar después de décadas de carrera profesional, adquiría ahora un significado completamente distinto al verse aplicado, por primera vez en su vida, directamente contra ella misma.

Firmó el acuse de recibo con la misma mano firme con la que había firmado miles de sentencias a lo largo de su carrera, pero notó, mientras lo hacía, que esa firma le temblaba ligeramente, un detalle físico mínimo que, sin embargo, le pareció enormemente significativo dado todo lo que representaba.

Llamó a su abogado inmediatamente después, repasando con él cada uno de los cargos formales y las posibles estrategias de defensa disponibles, aunque ambos sabían, después de las últimas semanas de desarrollo del caso, que las opciones reales eran limitadas dada la solidez de las pruebas acumuladas.

—¿Qué pena podríamos estar enfrentando, en el peor de los escenarios? —preguntó Irene, necesitando, por fin, una estimación realista en lugar de las evasivas profesionales habituales.

—Entre seis y diez años de prisión, considerando la gravedad acumulada de los tres cargos y la duración del encubrimiento.

Aunque hay factores atenuantes que podríamos argumentar: tu trayectoria profesional impecable hasta este momento, tu colaboración reciente con la investigación, la ausencia de antecedentes previos.

—No quiero que minimicemos nada, Diego. Si voy a enfrentar esto, quiero hacerlo con la misma honestidad que finalmente he decidido aplicar al resto de mi vida. Sin estrategias para reducir artificialmente mi responsabilidad real.

Su abogado se quedó en silencio un momento, sorprendido por aquella instrucción poco habitual viniendo de cualquier cliente, y mucho más viniendo de alguien con la experiencia legal de Irene para conocer perfectamente las implicaciones de renunciar a estrategias de defensa que legítimamente le correspondían.

—Entendido. Vamos a construir la defensa sobre la verdad completa, entonces. Va a ser un camino más difícil, pero respeto profundamente tu decisión de afrontarlo así.

Colgaron, y Irene se quedó sentada en su despacho casi vacío, repasando mentalmente cada uno de los cargos formales que acababa de recibir, sintiendo, por primera vez desde que todo esto había empezado, una claridad extraña sobre el camino que tenía por delante: no la incertidumbre angustiosa de las últimas semanas, calculando constantemente cómo minimizar el daño, sino la aceptación, todavía difícil pero genuina, de que las consecuencias que estaba a punto de enfrentar eran, simplemente, lo que correspondía después de lo que había hecho.

Pensó en llamar a Hugo, contarle los detalles concretos de los cargos, pero decidió esperar hasta esa noche, necesitando primero un poco de tiempo para procesar la realidad legal concreta antes de tener que gestionar también la reacción inevitable de su hijo.

Marina entró al despacho con los últimos documentos administrativos pendientes de la jornada, y se detuvo un momento al ver la expresión de Irene, claramente reconociendo que algo significativo acababa de suceder.

—¿Está todo bien, señoría?

—Acabo de recibir cargos formales, Marina. Prevaricación, falsedad documental, obstrucción a la justicia.

Marina se quedó callada un momento, procesando la noticia con una expresión que mezclaba shock y una tristeza genuina que ya no intentaba disimular.

—¿Qué va a pasar ahora?

—Voy a comparecer ante el juez de instrucción dentro de cinco días. Y voy a hacerlo diciendo la verdad completa, sin ninguna estrategia para minimizar lo que hice. Es lo único que me parece correcto hacer, después de todo lo que ya he hecho mal.

Marina asintió, dejando los documentos sobre el escritorio, y antes de salir, se quedó un momento más en la puerta.

—Voy a seguir aquí, señoría, mientras pueda. Mientras el reglamento me lo permita.

Irene sintió aquellas palabras como un regalo inesperado en medio de un día que había estado lleno, hasta ese momento, exclusivamente de pérdidas acumuladas.