Capítulo 90 — EL ALIVIO Y EL VACÍO
EL ALIVIO Y EL VACÍO
Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid
Rubén pasó la tarde entera viendo, con una mezcla de satisfacción y desorientación que no esperaba sentir con tanta intensidad simultánea, cómo su historia, finalmente contada con toda su complejidad real, se convertía en el tema de conversación dominante en prácticamente todos los medios de comunicación del país.
Había imaginado este momento durante veinticuatro años, construyendo mentalmente decenas de versiones distintas de cómo se sentiría finalmente ver reconocida públicamente la injusticia que había sufrido.
Ninguna de esas versiones imaginadas se parecía del todo a la sensación real que estaba experimentando: un alivio genuino, profundo, mezclado con un vacío inesperado que no conseguía nombrar con precisión.
—¿Qué se supone que tengo que sentir ahora? —le preguntó a Sara, ya entrada la noche, sentados los dos en el sofá con la televisión apagada después de horas de seguimiento mediático constante—. Llevo tanto tiempo imaginando este momento que no sé qué hacer con él, ahora que finalmente ha llegado.
—Quizás no tienes que sentir nada en concreto. Quizás es suficiente con sentir exactamente lo que estás sintiendo, sin necesidad de que encaje en ninguna categoría predefinida de cómo debería sentirse la justicia finalmente conseguida.
—Siento alivio. Eso es innegable. Pero también siento que, de alguna manera, el objetivo que organizó cada día de mi vida durante veinticuatro años acaba de desaparecer, y no tengo absolutamente ninguna idea de qué va a ocupar ese espacio a partir de ahora.
Sara le tomó la mano, sintiendo la verdad de aquella confesión resonar con una claridad que ella misma, después de casi dos décadas dedicada profesionalmente a este caso, también empezaba a experimentar de alguna manera parecida.
—Quizás eso es exactamente lo que se supone que viene después de la justicia, Rubén.
No una respuesta inmediata y completa sobre qué hacer con el resto de tu vida.
Simplemente el espacio, por fin abierto, para empezar a descubrirlo poco a poco, sin la urgencia constante de la venganza pendiente organizando cada decisión.
—¿Y tú, Sara? ¿Qué va a pasar con tu propia vida, ahora que el caso que ha definido casi dos décadas de tu carrera profesional finalmente llega a su conclusión?
Sara se quedó pensativa, considerando aquella pregunta con la misma seriedad que normalmente reservaba para sus investigaciones más complejas.
—No lo sé del todo. Supongo que voy a seguir escribiendo, investigando otros casos que merezcan la misma atención que le he dedicado al tuyo.
Pero también sospecho que nada va a sentirse exactamente igual después de esto.
Has sido, de alguna manera extraña, el centro gravitacional de mi vida profesional adulta durante tanto tiempo que no sé todavía cómo se siente la ausencia de ese centro.
—¿Te arrepientes de algo?
—No. Ni un solo minuto de todos estos años. Pero sí me pregunto, ahora que finalmente puedo permitírmelo, qué habría sido de mi propia vida si hubiera dedicado esa misma intensidad a otra cosa completamente distinta.
Se quedaron sentados juntos en silencio durante un rato más, cada uno procesando a su manera la magnitud de un día que, después de tanta anticipación acumulada durante años, finalmente había llegado y empezaba ya a transformarse en pasado, dejando espacio para un futuro que ninguno de los dos sabía todavía cómo iba a construirse exactamente.
Finalmente, Sara se levantó y apagó las luces del salón, dejando solo la lámpara pequeña de la entrada encendida, y los dos se fueron a la habitación sin decir mucho más, sintiendo que las palabras, después de un día tan denso emocionalmente, ya habían cumplido su función y ahora solo quedaba el descanso necesario para empezar a afrontar, al día siguiente, lo que fuera que viniera después de la justicia finalmente conseguida.
Rubén se durmió antes que Sara esa noche, algo que no le sucedía desde hacía semanas, y ella se quedó despierta un rato más, escuchando su respiración tranquila, permitiéndose finalmente, también ella, la posibilidad de un descanso genuino, sabiendo que los días siguientes traerían consigo nuevas exigencias que todavía no podían anticipar del todo, pero confiando, por primera vez en mucho tiempo, en que fueran cuales fueran esas exigencias, los dos las afrontarían juntos, sin ningún plan oculto separándolos.