La madre que me parió 13. Catorce cepillos interdentales
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13. Catorce cepillos interdentales

Capítulo trece

Catorce cepillos interdentales

A quella semana Martín entró tres veces en la farmacia y ninguna de las tres compró nada que necesitara.

El martes vino a por una crema para rozaduras. Le pregunté dónde tenía la rozadura. Me dijo que en ningún sitio, que era preventiva, porque llevaba tres días cargando cajas y que el asa del carro le estaba avisando.

—¿Avisando cómo?

—Calentándose.

—Eso es fricción.

—Eso es aviso.

Le di la crema y una recomendación sobre guantes que no me pidió, y él se llevó la recomendación con la misma seriedad que la crema, y a los dos días compró los guantes en la ferretería y me lo dijo, cosa que tampoco le había pedido nadie.

El miércoles vino a por algo para el hipo.

—¿Tienes hipo?

—Ahora mismo no.

—¿Lo has tenido hoy?

—Lo tuve el domingo.

—¿Y cuánto te duró?

—Cuatro minutos.

—Cuatro minutos es hipo normal.

—A mí se me hicieron largos.

—A todo el mundo se le hacen largos. Eso es el hipo.

—Ya, pero yo estaba solo en un piso vacío y era domingo.

Dejé la caja de gomas elásticas que tenía en la mano.

Hay frases que la gente suelta en un mostrador sin saber que las está soltando, y una farmacéutica de barrio aprende pronto a no recogerlas delante de nadie. Así que no la recogí. Le dije que el hipo se cura solo.

—¿Siempre?

—Siempre. Salvo casos que no son el tuyo.

Se quedó un momento mirando el expositor con las manos en los bolsillos.

—¿Y no hay nada?

—Hay un susto y un vaso de agua del revés.

—El del revés lo hago mal.

—Todo el mundo lo hace mal.

—¿Y usted lo hace bien?

—Yo no tengo hipo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la mejor que tengo hoy.

Se llevó un paquete de gomas elásticas de las que usamos para los blísteres, que le regaló Susi otra vez, y un caramelo de la caja de al lado de la caja registradora, y le pregunté si le pasaba algo en la boca. Me dijo que no. Le dije que muy bien.

Y el jueves fue lo de los cepillos.

Entró a las once menos veinte, con la farmacia vacía, y se plantó delante del mostrador. Y ahí, antes de que dijera nada, yo ya supe que aquel día íbamos a estar un rato, porque hizo una cosa que no había hecho desde el mercado.

—Perdone. ¿Tendría usted cepillos interdentales?

De usted.

Llevábamos tres semanas de tú. Habíamos estado hora y media sentados en el suelo de una mercería contando botones de nácar y él, aquel jueves, a las once menos veinte de la mañana, con las orejas ligeramente encendidas, había vuelto al usted.

—Tengo.

—¿De qué tamaño?

Y ahí, que Dios me perdone, tuve la oportunidad de contestarle «depende» y la aproveché.

—Depende del espacio.

—¿De qué espacio?

—Del espacio interdental.

—¿Y eso cómo se mide?

—Con una sonda. Se lo mide el higienista.

—No tengo higienista.

—Pues entonces se prueba.

—¿Se prueba?

—Se empieza por el fino y se va subiendo hasta que roza. Si entra sin rozar, es pequeño. Si no entra, es grande.

Asimiló aquello con una gravedad de tribunal.

—¿Y todos los espacios son iguales?

—No.

—¿Cómo que no?

—Que no. Los de delante son más estrechos y los de atrás más anchos. La gente compra una talla y luego resulta que le sirve para tres huecos de once.

—¿Once?

—Once o así, por arriba.

—¿Y por abajo?

—Once o así por abajo.

Silencio. Miró el expositor de los cepillos, que tiene seis tamaños en seis colores, y luego me miró a mí con la expresión de un hombre que acaba de descubrir que hay una infraestructura entera funcionando debajo de su vida sin que él haya firmado nada.

—O sea que una persona normal tiene veintidós espacios.

—Una persona normal tiene veintidós espacios.

—Y usted eso lo sabe.

—Es mi trabajo.

—No, digo si usted, mirando a alguien, sabe cuántos tiene.

—Eso no se ve. Eso hay que contarlo.

—¿Y se cuenta?

—Se cuenta.

—¿Aquí?

—Aquí no. Aquí sería raro.

—¿Por qué sería raro?

—Porque son las once menos veinte de la mañana y estamos en una farmacia.

—Ya. —Se rascó la ceja—. ¿Y en qué sitio no sería raro?

—En un gabinete dental.

—Ah, claro. Con bata.

—Con bata y con luz.

—Es que sin luz, contar dientes ajenos es de otra cosa.

—Es de otra cosa completamente distinta, sí.

Detrás de mí, Susi había dejado de respirar.

Él cogió el expositor entero, que es de esos que giran, y lo giró.

—¿Y los colores?

—Los colores son el tamaño.

—¿Rosa es un tamaño?

—Rosa es el cero coma cuatro.

—¿Y por qué no pone cero coma cuatro?

—Pone cero coma cuatro. Debajo. En un cuerpo cuatro.

—¿Y por qué no lo ponen grande?

—Porque cada marca usa un color distinto para el mismo tamaño, y si lo pusieran grande se notaría que no se han puesto de acuerdo en cuarenta años.

Levantó la vista del expositor muy despacio.

—¿Me está diciendo que el rosa de una marca no es el rosa de otra?

—Le estoy diciendo que el rosa de una marca puede ser el naranja de otra.

—Eso es un escándalo.

—Eso es el sector.

—Es que yo, para las lijas, tengo un número. Grano ochenta, grano ciento veinte, grano doscientos cuarenta. Y el grano ciento veinte es el grano ciento veinte en Móstoles y en Glasgow.

—Pues aquí es rosa.

Se quedó un rato en silencio, digiriendo aquello, con la mano todavía en el expositor. Y entonces dijo la única cosa de toda la mañana que no era una excusa.

—En restauración se hace igual, ¿sabe? Se empieza por la más fina.

Siempre. Aunque veas que va a tardar el triple, empiezas por la más fina, porque si te pasas de gruesa te comes la madera y eso ya no vuelve.

—Giró el expositor un cuarto más—. Mi abuela me lo hizo repetir un verano entero.

Yo quería ir rápido y ella me quitaba el papel de la mano.

—¿Y aprendió?

—Aprendí a los treinta y uno. A los once solo dejé de discutirlo.

Total, que se llevó catorce.

Catorce cepillos interdentales de seis tamaños distintos, más dos de repuesto del tamaño mediano «por si acaso», y cuando le pregunté por si acaso qué, me dijo que por si alguno era el bueno, y que prefería tenerlos todos y descartar, como se trabaja en restauración.

—¿No prefieres el kit surtido? Trae cuatro.

—El kit surtido es una opinión de otro.

—El kit surtido es más barato.

—El kit surtido decide por mí cuáles no voy a necesitar. —Puso los catorce en fila sobre el mostrador, ordenados de fino a grueso, sin darse cuenta de que los estaba ordenando—. Prefiero pagar la diferencia y equivocarme yo.

Le costaron veintiséis euros con cuarenta.

Pagó. Cogió la bolsa, que hacía un ruido de ferretería pequeña, y se fue con la espalda muy recta, como se va uno cuando sabe perfectamente lo que acaba de hacer y ha decidido hacerlo de pie.

—Que vaya bien —dijo desde la puerta.

—Adiós.

Corté el ticket.

Y lo doblé, y abrí el cajón del mostrador, y lo metí debajo de la bandeja de los bolis.

Encima de los demás.

Fue ahí, con el cajón abierto, cuando lo vi. Porque no era uno. Eran varios, doblados por la mitad, apilados desde abril como quien apila algo con intención de mirarlo luego.

Los saqué. Los conté. Eran cinco.

Uno de tiritas, un protector labial y una gasa que devolvió a los diez segundos. Uno de una crema preventiva. Uno de gomas elásticas y un caramelo. El de los catorce cepillos.

Y uno más, el de abajo del todo, el más antiguo, que era de noventa céntimos y que no supe colocar.

Le di la vuelta. Un paquete de pañuelos.

No me acordaba de habérselo vendido. Tampoco es que eso signifique nada: aquí entran doscientas personas al día y yo no me acuerdo ni de lo que he comido.

Los volví a meter. Cerré el cajón.

—O tiene la dentadura de un tiburón —dije— o me está cortejando por vía bucodental.

Susi no contestó.

Cuando me giré, se estaba levantando del taburete, y fue al almacén, y volvió con el rotulador. Se subió a la banqueta. Y en la pizarra donde apuntamos las incidencias con los proveedores, debajo de «ojo pedido bromazepam» y de «llamar a Ortiz jueves», escribió, en mayúsculas:

CEPILLOS INTERDENTALES: 14

—Susi.

—Van catorce. —Tapó el rotulador con el capuchón, muy despacio—. Lo digo por si algún día hay juicio.

—No va a haber ningún juicio.

—Los juicios nunca se ven venir. Por eso se guardan los papeles. —Bajó de la banqueta y se sentó en el taburete como si acabara de terminar una jornada entera—. Mi abuela guardaba todo. Todo. Y el día que hubo que demostrar lo del terreno, ¿quién tenía el papel?

—Tu abuela.

—Mi abuela. Y llevábamos veinte años riéndonos de ella.

Entró una señora a por un jarabe y estuvimos veinte minutos sin hablar del asunto.

A la hora de cerrar, Susi cogió el trapo y borró de la pizarra «llamar a Ortiz jueves», porque ya habíamos llamado a Ortiz.

Lo de los catorce cepillos no lo borró.