La madre que me parió 6. ¿Junto o separado?
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6. ¿Junto o separado?

Capítulo seis

¿Junto o separado?

E l móvil de Sergio empezó a sonar boca arriba encima del mantel, con la cara de su exmujer ocupando la pantalla entera, cuando llevábamos cuarenta y un minutos de cena y todo iba bien.

Reconstruyo, para el acta: había llegado puntual, con una camisa planchada por él mismo, y me había dado la mano en vez de dos besos, que es un gesto que yo agradezco mucho más de lo que parece. De primero pedimos una burrata para compartir.

Lo de que todo fuera bien tiene mérito, porque la cita venía torcida de fábrica.

Dos días antes, mi madre me había puesto la ficha sobre el mostrador con esa ceremonia suya, y yo había leído «separado» en la tercera línea.

—Mamá.

—¿Qué.

—Dijiste nada de separados.

—Este no es separado.

—Aquí pone separado.

—Aquí pone separado porque hay que poner algo. —Mi madre se ajustó el bolso en el antebrazo, que es lo que hace antes de emitir doctrina—. A él lo dejaron, Lola. El que deja es un separado. Al que dejan es un viudo de una viva.

Me quedé mirándola con la receta electrónica a medio mandar.

—Eso no lo puedes decir.

—Lo digo en casa.

—Lo acabas de decir en la farmacia.

—Pues en la farmacia también, que aquí somos de confianza.

Fina, que compraba tiritas de las de dedo a dos metros y que no había venido a comprar tiritas, asintió profundamente.

Así que yo llegué al italiano sabiendo que aquel hombre venía con catorce meses de duelo civil a la espalda, y aun así, insisto, la cena iba bien.

Sergio hablaba de su trabajo, que es el mantenimiento de ascensores, y lo hacía con ese gusto de la gente que entiende de una cosa concreta: me explicó que un ascensor no se cae nunca, que lo que la gente teme no existe, y que los accidentes de ascensor son casi siempre de puertas.

—La gente le tiene miedo al vacío —dijo— y el peligro está en el marco.

Yo lo apunté como una frase buena y no como lo que era, que era un aviso.

La burrata llegó blanca y redonda y él la abrió con el cuchillo por el centro.

—Fíjate —dijo—. Por fuera parecía entera.

Ahí levanté la cabeza.

—Es una burrata.

—Ya. Ya lo sé. —Se rio, y se rio bien, sin pena—. Perdona. Llevo catorce meses viendo señales en la comida.

Y como se rio bien, yo también me reí, y ese fue mi error, porque a un hombre en duelo no hay que darle público.

En los veinte minutos siguientes fueron cayendo, en orden: la carta de vinos («al principio pides por la derecha y acabas pidiendo por el precio»), el propio restaurante («esto antes era una marisquería, ¿sabías?, los sitios también se reinventan a la fuerza») y el pan de cristal.

El pan de cristal merece párrafo aparte porque fue donde entendí el sistema.

—Esto es pan de cristal —dijo, levantando una rebanada al trasluz, muy serio—. Se llama así porque parece que no pesa nada.

—Es que no pesa nada.

—Ya. Pero luego te lo comes y llena igual que el otro. —Lo dejó en el plato—. Yo estuve siete años comiendo pan de cristal.

—Sergio.

—Perdona.

—No pasa nada.

—Es que es automático. Yo veo un objeto y el objeto me cuenta mi vida.

—¿Todos?

—Todos. Ayer fue una alcachofa.

Le pregunté qué le había contado la alcachofa. Me contestó que se lo iba a decir pero que era muy triste. Le dije que lo dijera igual. Y me dijo, con la mirada perfectamente serena de un técnico de mantenimiento de ascensores:

—Que le quitas capas para llegar a lo bueno y lo bueno es diminuto y encima tiene pelo.

Y ahí me reí de verdad, la única vez de la noche, y él pareció ganar diez centímetros de estatura.

A los cuarenta minutos vino el camarero a tomar nota de los segundos, apuntó, se guardó la libreta y dijo, con la mejor de las intenciones, mirando la pantallita del datáfono que llevaba en la mano:

—Una cosa. ¿La cuenta la vais a querer junta o separada? Es que lo metemos ya en el sistema.

Hubo un silencio de dos segundos.

—¿Perdona? —dijo Sergio.

—Que si junta o separada. Lo preguntamos al principio porque si no, luego, con el turno de arriba…

—Junta o separada.

—Sí.

Sergio cogió la servilleta.

Lo que hizo con ella a partir de ese momento no fue retorcerla exactamente: fue trabajarla. La dobló en tres, la volvió a abrir, la enrolló desde una esquina y la fue apretando con las dos manos, despacio, como quien escurre una bayeta, mientras miraba el mantel con una concentración de perito.

—Es que catorce meses —dijo.

—Ya.

—Catorce meses y todavía te lo preguntan.

—Es por el sistema.

—Ya sé que es por el sistema.

El camarero, que tenía veintitrés años y toda la vida por delante, dijo «vale, junta» y se fue muy rápido.

Y entonces sonó el móvil.

Boca arriba. En el mantel. Con la foto de ella ocupando la pantalla entera, una foto de las dos, con un perro.

—No lo cojas —dije.

—Es que es por la niña.

—¿Tenéis una niña?

—No. Es la perra. Pero es de las dos.

Lo cogió.

Hay que entender lo que significa coger una videollamada en un restaurante italiano de treinta cubiertos: no significa hablar por teléfono.

Significa poner a una persona ausente encima de la mesa, en vertical, orientada hacia la sala.

Bea —se llamaba Bea— apareció en su cocina, con su propia luz de cocina, y lo primero que dijo, antes de saber dónde estaba él, fue:

—Sergio, la perra no come.

—Bea, estoy cenando.

—¿Con quién?

Y aquí, señores, es donde la cena dejó de ser mía.

Sergio hizo un movimiento que ha hecho todo el mundo alguna vez y que no funciona nunca: girar levemente el móvil hacia el vacío para demostrar un vacío.

Al girarlo, el codo enganchó la copa. El lambrusco salió hacia mi lado con esa determinación que tiene el vino tinto de ir siempre hacia lo que sea más difícil de limpiar, y yo me levanté medio metro, y en el medio metro se me cayó el bolso, y del bolso salió rodando un blíster de paracetamol y una barra de labios que fue a parar debajo de la mesa de al lado.

—Joder —dije. Con esto agoto mi cupo de la semana.

—Lo siento muchísimo —dijo Sergio, con el móvil todavía en alto, y Bea, desde la pantalla, en su cocina, preguntó qué se había caído.

Fue la señora de la mesa de al lado la que me devolvió la barra de labios. Tendría sesenta años, cenaba con su marido, y me la puso en la mano mirando fijamente el móvil de Sergio.

—¿Esa es la ex?

—Esa es la ex.

—¿Y la ha cogido?

—La ha cogido.

La señora se volvió hacia su marido y dijo, sin bajar la voz, que ella lo entendía perfectamente, que si la perra no come es que algo pasa, y el marido dijo que si la perra no come es porque hace calor, y la señora dijo que en abril no hace calor, y para cuando el camarero volvió con un paño y un mantel limpio, la mitad izquierda del comedor tenía posición tomada sobre un divorcio del que no sabía absolutamente nada.

Y Sergio hablaba con Bea. De la perra primero. Después, de por qué Bea llamaba a las diez y media de la noche un martes. Después, de otra cosa que empezaba en el año dos mil dieciocho y que yo, mientras me secaba la manga con una servilleta, no debería haber escuchado y escuché entera.

—Sergio.

—Perdona. Perdona, de verdad.

—Cuelga.

—Ya cuelgo.

—Cuélgale ahora.

Colgó. Dejó el móvil boca abajo, que es lo que tenía que haber hecho a las nueve y cuarto, y se quedó con las dos manos abiertas sobre el mantel nuevo, mirándolas.

—Lo siento. Esto no es lo que soy.

—Ya lo sé.

—Es que hace catorce meses yo era un tío normal.

—Sigues siendo un tío normal.

—Un tío normal no le pregunta a una farmacéutica qué le pasa a un perro que no come.

—Eso lo pregunta todo el barrio. Ayer me preguntaron por un canario.

Se le movió algo en la cara que casi fue una risa.

Y lo que hicimos los cuarenta minutos siguientes, en vez de una cita, fue esto: yo le pregunté por Bea, él me contó lo de Bea, y en algún punto le dije lo único que se me ocurrió que fuera verdad, que era que a los catorce meses todavía no toca, y que yo a los catorce meses de lo mío contestaba a mensajes que no me habían mandado.

Es lo que tiene el mostrador. Yo no sé tener citas. Yo sé despachar.

Vino el camarero con el datáfono. Se plantó al lado de la mesa, miró a Sergio, miró el mantel nuevo, calculó todo lo que había pasado en su turno y, aun así, porque el sistema es el sistema, preguntó:

—Entonces, ¿junta o separada?

Sergio cerró los ojos un segundo.

—Junta —dijo—. Ya que algo esté junto.

Pagó él. La carterita rápida. Se ofreció a acompañarme al metro, no lo hizo por quedar bien, y en la puerta me dio otra vez la mano y me dijo que le había venido bien hablar, lo cual, siendo justos, es más de lo que consiguen la mayoría de las citas.

Volví andando por la avenida, con la manga izquierda de color vino y el bolso mal cerrado.

A la altura del quiosco me vibró el móvil. Grupo de mi madre: 14 mensajes. Después: 17. Después, mientras cruzaba, un audio de Pepita de tres minutos y cuarenta y siete segundos.

No abrí ninguno. Ya sabía lo que ponía. En este barrio la información va más rápido que yo aunque yo vaya en línea recta.