5. Tiritas
Capítulo cinco
Tiritas
E l lunes por la mañana entró en la farmacia el hombre de la lubina.
Yo estaba reponiendo el expositor de los chupetes, que es una tarea que no requiere talento y por eso me la reservo para los lunes. Lo vi en el reflejo del cristal antes que de frente: chaqueta de entretiempo, manos vacías, cara de estar entrando en un sitio donde no ha entrado nunca.
—Buenos días.
—Buenos días.
Se quedó a un metro y medio del mostrador.
Los clientes de una farmacia de barrio se colocan en dos sitios: pegados al mostrador si vienen a por algo, o a un metro y medio si vienen a preguntar por algo que les da apuro.
Este estaba en el segundo sitio y no traía apuro ninguno.
Estaba ahí, con las manos en los bolsillos, mirando las cajas de la estantería de detrás como quien lee los lomos de una biblioteca ajena.
—Usted es la de la lubina —dijo.
—Yo soy la de la lubina.
—Estaba mustia, ¿eh? Tenía usted razón.
—Yo le dije que cogiera la de arriba.
—Ya. Cogí la otra.
Asintió despacio, como si con eso hubiéramos liquidado un asunto pendiente entre los dos, y se acercó por fin al mostrador.
—¿Tiene tiritas?
—¿De qué tamaño?
—¿De qué tamaños hay?
—Depende de la herida.
—Dígame tamaños.
—Pequeña, mediana, grande y dedo.
Levantó una ceja.
—¿Dedo es un tamaño?
—Dedo es un tamaño. El más solicitado, además.
—¿Más que grande?
—Mucho más que grande. La gente se corta en los dedos.
—Claro. —Se lo quedó pensando con seriedad genuina, dos segundos enteros, apoyando el índice sobre el cristal del mostrador como quien señala un punto en un mapa—. ¿Y las de dedo valen para los otros sitios?
—Valen, pero se despegan.
—¿Y las grandes valen para el dedo?
—Valen, pero hay que doblarlas.
—Doblarlas. —Repitió la palabra igual que se repite una cláusula—. ¿Y eso se hace?
—Lo hace todo el mundo. No debería, pero lo hace.
—¿Y usted?
—Yo tengo de dedo.
—¿En casa o aquí?
—En casa. Aquí tengo de todo, que para eso es una farmacia.
Detrás de mí, Susi había dejado de teclear. No la veía, pero conozco los silencios de mi auxiliar igual que conozco los de mi madre, y aquel silencio tenía las manos juntas.
—¿Y hay más categorías? —preguntó él.
—¿Más categorías de qué?
—De tirita. Usted ha dicho cuatro. Yo he visto ahí una caja azul que no encaja en ninguna.
Se giró para mirar el expositor. Y ahí, señores, cometí el error del profesional, que es el error de creer que a uno le están preguntando de verdad.
—Esa es impermeable.
—¿Impermeable de agua?
—Impermeable de ducha.
—¿Y las normales no?
—Las normales se ponen blandas.
—¿Y por qué no son todas impermeables?
—Porque transpiran menos.
—O sea, que puedes elegir entre mojarte o no respirar.
—Básicamente.
—Es un mundo más complejo de lo que la gente cree.
—Es un mundo carísimo de mantener.
Cogió la caja azul. La leyó por detrás, entera, con la atención de un hombre que lee un contrato de alquiler, y la devolvió a su sitio con las dos manos, cuadrada, mejor colocada de como estaba.
—¿Y esas blancas de al lado?
—Esas son para ampollas.
—¿Y no vale una normal?
—No. Esas llevan un hidrocoloide.
—¿Qué es un hidrocoloide?
—Un gel que absorbe el líquido de la ampolla y hace de piel mientras la piel se rehace.
Se quedó quieto.
—¿Eso existe?
—Eso existe y cuesta ocho euros.
—O sea, que hay un material que se pone donde falta la piel y aguanta ahí hasta que vuelve.
—Hasta que vuelve, sí.
—Y luego se cae solo.
—Se cae solo. Cuando ya no hace falta, se despega.
—Qué educado —dijo.
Yo llevaba catorce años vendiendo apósitos hidrocoloides y no se me había ocurrido nunca que fueran educados. Lo apunté en la parte de mi cabeza donde apunto las cosas que no sirven para nada.
—¿Y las de los niños? —dijo—. Las de dibujos. ¿Curan igual?
—Curan igual.
—¿Entonces por qué las compra la gente?
—Porque el niño deja de llorar antes.
Se quedó un momento callado.
—Eso es medicina también —dijo.
—Eso es lo único que es medicina, algunos días.
Bueno. Que estábamos a las diez y veintitrés de un lunes de abril hablando de tiritas.
—¿Para qué es la herida? —pregunté.
Y ahí, por primera vez desde que había entrado, el hombre de la lubina dudó.
—Todavía no la tengo.
Un mostrador es un sitio raro. Uno está detrás por obligación y eso le da una autoridad que no ha pedido, y lo que hace con esa autoridad lo retrata bastante.
Yo podría haber preguntado. Lo lógico habría sido decir: y entonces qué hace usted aquí, a las diez y veintitrés de un lunes, consultándome tamaños de tirita para una herida que no existe.
Lo lógico habría durado dos segundos y me habría dejado sin conversación.
—Eso es previsión —dije.
—Es que estoy vaciando un piso. —Se agarró a la frase como quien se agarra a un pasamanos—. Y hay cosas antiguas. Herrajes. Cajas de metal con los bordes de cuando los bordes no importaban. Ayer abrí un cajón que llevaba cerrado desde antes de que yo naciera y sonó a que dentro había alguien.
—¿Y se cortó?
—No. Pero es cuestión de tiempo. Hay una máquina de coser en el pasillo que me está esperando.
—¿El piso de su abuela?
—El piso de mi abuela. Y la tienda. —Hizo un gesto vago hacia la izquierda, hacia la calle de atrás, hacia el sitio donde lleva cuarenta años la mercería de Maruja Otero, y donde ya no lleva nada—. Hay que dejarlo todo listo.
—¿Listo para qué?
—Para venderlo.
Lo dijo igual que había dicho lo de la lubina mustia: sin dramatismo, como quien informa de una gestión administrativa que no ha elegido.
Maruja Otero se murió en enero. Yo le despaché durante nueve años el mismo antihipertensivo y una crema para las manos que ella decía que era para las manos y era para los nudillos, porque llevaba sesenta años cosiendo y no lo iba a reconocer a estas alturas.
Al entierro fue el barrio entero, incluidas dos señoras que llevaban veinte años sin hablarse y que se sentaron en el mismo banco.
Y desde enero, la persiana de la mercería está echada y en el cristal de la puerta sigue puesto el cartel escrito a mano que decía a qué hora volvía de comer.
Aquí las tiendas no cierran. Aquí las tiendas se mueren, y el barrio pasa por delante todos los días a verlas muertas.
—Usted es el nieto —dije.
—Yo soy el nieto.
—Lo siento mucho.
—Gracias. —Movió una caja de tiritas dos centímetros a la izquierda, sin ningún motivo—.
Todo el mundo me dice eso y todo el mundo lo dice en serio, que es lo raro.
En Edimburgo, cuando se muere alguien, la gente te trae comida y luego se va y te deja tranquilo.
Aquí lleváis tres meses parándome por la calle.
—¿Y qué prefiere?
Se lo pensó de verdad. Cuatro segundos. Me estaba empezando a acostumbrar a que este hombre se pensara de verdad las preguntas de cortesía.
—Todavía no lo sé —dijo.
Yo despaché.
Le puse las medianas y las de dedo sobre el mostrador. Dudó un momento más y cogió también un protector labial del expositor de la caja, que es donde se coge lo que se coge sin defensa posible, en abril, sin motivo, y una gasa.
La gasa la devolvió a los diez segundos.
—¿Tienen imperdibles?
—Esto es una farmacia.
—Ya. Pero tienen vendas.
—Tenemos vendas.
—Las vendas se sujetan con algo.
—Con esparadrapo.
—Mi abuela las sujetaba con imperdibles.
—Su abuela también daba por sabidas demasiadas cosas.
Fue lo más cerca que estuve en toda la mañana de decir algo con gracia, y ni siquiera era mío: era suyo, del mercado, se lo estaba devolviendo. Él lo recibió con una especie de inclinación de cabeza, como se recibe un pase bien dado.
Susi apareció a mi derecha sin que la llamara nadie. Abrió el cajón de las medias de compresión, sacó un imperdible de los grandes, lo dejó encima del mostrador junto a las tiritas y volvió a su taburete sin abrir la boca.
—Eso no se cobra —dije.
—Gracias.
Pagó. Cogió la bolsa y se quedó un momento con ella en la mano, calculando el peso de lo que se llevaba: dos cajas de tiritas para una herida que no existía, un protector labial en abril y un imperdible de regalo.
—Que tenga buen día.
—Igualmente. Y compre la de arriba.
—Eso no me lo va a perdonar usted nunca.
Salió. La puerta hizo el sonido de siempre.
Corté el ticket, que salió con su ruidito de sierra, y me quedé con él entre los dedos. Lo normal es tirarlo. Lo normal, cuando el cliente no lo coge, es que se quede enrollado en el cacharro hasta que uno lo arranca a fin de mes y lo tira todo junto sin mirar.
Lo doblé por la mitad y lo metí en el cajón del mostrador, debajo de la bandeja de los bolis.
Por si devuelve, pensé. La gente devuelve mucho.
Susi seguía sin teclear.
—¿Qué.
—Nada.
—Susi.
—Nada. —Se giró hacia la pantalla, y desde ahí, de espaldas, con esa naturalidad suya de tirar las cosas por encima del hombro—: Que ese chico no sangra ni queriendo.