La madre que me parió 4. Esto lo pago yo con un QR
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4. Esto lo pago yo con un QR

Capítulo cuatro

Esto lo pago yo con un QR

E l sitio se llamaba Res Pública, las mesas eran de tablones y las hamburguesas tenían nombre de persona.

Cuando un sitio se llama así, en la carta hay descripciones de tres renglones y en algún momento de la noche alguien va a explicarte el concepto.

Nos lo explicó el camarero antes incluso de traer el agua: que la carne era de una raza que pasta en libertad, que el pan lo hacían ellos y que la salsa de la casa cambiaba cada semana según lo que llegara del mercado.

—¿Y esta semana qué ha llegado? —pregunté.

—Esta semana chipotle.

—Del mercado.

—Del proveedor del mercado.

Álex ya había llegado. Puntual, dos besos, y se sentó y dejó el móvil sobre la mesa girado hacia mí. No boca abajo, ni boca arriba: girado. En la pantalla había una gráfica.

—Esto es de la semana pasada.

—Ah.

—Sube.

Y subía, efectivamente. Yo asentí como asiento cuando una señora me enseña una analítica que no le he pedido: con respeto profesional y sin comprometerme.

En su descargo diré que era simpático y que arrancamos bien. Preguntó por la farmacia con interés genuino durante casi cuatro minutos. Preguntó si era mía, si me la había dejado mi padre, si daba mucho trabajo la parte de gestión, y yo, que llevo toda la vida contestando a eso, contesté con gusto.

En el minuto cinco, el interés genuino cambió de naturaleza sin que se notara la costura.

—¿Y tú tienes trastienda?

—Tengo almacén.

—¿Grande?

—Lo normal.

—¿Y da a la calle?

—Da al patio.

—¿Y a qué hora cierras?

—A las ocho y media.

Se echó hacia atrás. Cogió aire. Hay hombres que cogen aire igual que otros se remangan.

—Lola. Tú tienes ahí un activo y lo estás usando al veinte por ciento.

Lo que vino después duró lo que tarda en hacerse una hamburguesa poco hecha y consistió en la explicación detallada de por qué mi farmacia debía convertirse en punto de recogida de paquetería de última milla.

Habló de flujos. Habló de que la gente que va a recoger un paquete compra algo mientras espera, «y tú ahí tienes el impulso», y en la palabra «impulso» hizo un gesto con la mano, sacando algo de un sombrero invisible, que repitió cada vez que dijo la palabra, y la dijo nueve veces.

Giró el móvil dos veces más para enseñarme unas proyecciones que había hecho, dijo, «por encima», y que tenían tres escenarios.

Uno se llamaba escenario conservador. Otro se llamaba escenario base.

El tercero se llamaba, y esto lo juro por la memoria de mi padre, escenario ambicioso.

—¿Y el ambicioso qué contempla?

—Dos puntos más en el barrio.

—¿Dos farmacias más?

—Dos puntos. La farmacia es el ancla.

Yo he sido el ancla de muchas cosas en mi vida, pero nunca de una red logística.

—¿Y tú tienes marca personal?

—Tengo una cruz verde.

—La cruz verde es del gremio.

—Por eso es buena. La conoce todo el mundo.

—Ya, pero no te distingue. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos, y bajó la voz como se baja la voz para dar un consejo caro—. Lola, ¿tú sabes cuánta gente entra en tu farmacia al día?

—Doscientas y pico.

—¿Y cuántas se llaman Lola?

—Solo yo.

Álex se quedó parado dos segundos. Luego se rio, y se rio de verdad, con la boca abierta y todo, y durante ese momento fue el hombre más agradable con el que yo había cenado en dos años y medio.

Después cogió el móvil y anotó algo.

—En Estonia esto ya está tokenizado —dijo poco después, y giró la pantalla otra vez.

—En Estonia hay menos farmacias.

—Justo. —Se le iluminó la cara entera—. Justo, Lola. Ahí está.

Trajeron las hamburguesas, que se llamaban Manuela y Rigoberto. Cogió la cesta del pan de acompañamiento, la miró por debajo y la levantó un poco, y yo supe que a la cesta le iba a pasar algo.

—Esto, por ejemplo. Esto es un coste hundido que ellos han convertido en experiencia.

—Es pan.

—Es pan que has pagado sin darte cuenta.

—Es que viene con la hamburguesa.

—Nada viene con nada.

Vino el camarero, que era el mismo del concepto: un chaval de veintipocos con una libreta y ninguna gana.

Álex le preguntó cuántas mesas hacían al día.

El chaval dijo que muchas. Álex le preguntó si tenían fidelización.

El chaval dijo que había una tarjeta que sellaban, y sacó una del delantal para enseñárnosla, con diez huequecitos y un dibujo de una vaca.

Álex la cogió. La miró por delante y por detrás. La dejó sobre la mesa con la delicadeza con que se deja una radiografía delante de un paciente.

—Esto es el pasado.

—Es de cartón —dijo el chaval.

—Es de cartón y es el pasado. Yo te monto en un fin de semana un sistema donde el cliente acumula valor. Valor real. Y tú sabes en tiempo real quién ha venido, cuándo y qué ha pedido.

—Yo es que soy solo el camarero.

—Por ahora.

El chaval se fue a la barra con la mirada del hombre que acaba de recibir una amenaza y no sabe de qué tipo. Volvió a los diez minutos, dejó la salsa, y antes de irse, sin mirar a Álex, me dijo a mí:

—La tarjeta la puse yo.

A los postres hice un intento. Consta.

—¿Y tú qué haces los domingos?

—¿Los domingos?

—Los domingos.

—Depende de la semana. Si he cerrado algo, descanso. Si no he cerrado nada, adelanto.

—Ya, pero de hacer. De hacer con las manos.

Se quedó callado. Yo también, porque a mí esa pregunta me la habría tenido que hacer alguien hace tiempo y me habría costado contestarla.

—Antes tocaba el bajo —dijo por fin.

—¿En serio?

—Cuatro años. En un grupo.

—¿Y qué pasó?

—Que no escalaba.

Y ahí, en ese verbo, se cerró la puerta. No en el punto de recogida, ni en Estonia, ni en el escenario ambicioso: en un chaval de veinte años con un bajo, mirando a su grupo y calculando si aquello escalaba. Le pregunté qué tocaban. Me dijo dos nombres y no volvió a hablar de ello.

Comí. Estaba bueno. Es importante consignar que estaba bueno, porque a las nueve y cuarenta y cinco de aquel jueves yo ya sabía dos cosas, y la primera era que aquello se acababa con el café.

La segunda me costó más y me duró más, y no es un chiste, aunque yo entonces lo apunté como si lo fuera.

La ficha de mi madre no había fallado en ningún dato.

Ponía «muy aparente», y era muy aparente.

Ponía «no fuma», y no fumó. Ponía «buena familia», y sacó a su familia cuatro veces, todas bien: su madre, su hermana, su sobrino, un tío de Guadalajara.

Ponía «come sin pan», y ahí estaba yo, viendo a un hombre apartar el pan de una hamburguesa artesanal con la mano, como quien retira un obstáculo administrativo.

La ficha decía la verdad. Toda la verdad. Y la verdad no servía absolutamente para nada, porque mi madre lo había visto una tarde de marzo en un bautizo, cuarenta minutos, de espaldas al padrino, y en un bautizo todos somos maravillosos.

Mi madre no rellena fichas de hombres. Rellena fichas de fotos. Y luego yo me siento delante de la foto durante dos horas y espero a que se mueva.

Pedimos la cuenta. Álex sacó el móvil, ya sin girarlo, y dijo que esto lo pagaba él, que faltaría más, que si podía pagar con QR.

Podía. El local tenía QR. Estaba pegado en la mesa, entre el bote de kétchup y el servilletero, y Álex lo enfocó con la seguridad de quien va a resolver esto en once segundos.

No cargó.

Lo volvió a enfocar. Se apartó el flequillo. Cambió de ángulo. Limpió el plastificado con la servilleta, por si la grasa. Se levantó y lo enfocó desde el otro lado de la mesa, en cuclillas, con el móvil casi tocando el kétchup, y desde ahí, en cuclillas, me explicó que a veces es la app.

—A veces es la app —dije.

—A veces es la app.

Fue a la barra. Volvió con el camarero, que se agachó también, con verdadera curiosidad científica, y probó con su propio móvil.

Tampoco. Vino un segundo camarero. Se agachó.

Tampoco. Entre los tres agachados y yo sentada estableciendo el diagnóstico, se concluyó que aquel QR llevaba dos meses sin funcionar y que nadie lo había quitado porque a la dueña le gustaba cómo quedaba.

—¿Y cómo cobráis?

—Con el datáfono, como siempre.

Álex volvió a sentarse. Se pasó la mano por el pelo hacia atrás, exactamente como decía la ficha, y sonrió con un cansancio que por primera vez en toda la noche me pareció auténtico.

—Qué mal está el país.

Pagué yo.

—Te lo apunto —dijo, apuntándolo de verdad, en el móvil, delante de mí—. Para la siguiente.

Volví andando, que son veinte minutos, y por el camino fui rellenando mentalmente la encuesta de mi madre, que yo entonces todavía creía que era una broma.

Me detuve un rato largo en la pregunta dos —si pagó, si ofreció pagar o si hizo la carterita lenta—, porque el caso de Álex no encajaba en ninguna de las tres categorías y establecía jurisprudencia nueva: ofreció pagar de verdad, con toda su alma, y falló por causas técnicas ajenas a su voluntad.

Mi madre iba a necesitar una casilla más.