37 Delia
Delia
Te vas a ir, Tomás.
Lo sé desde antes de grabar esto, desde antes de morirme, desde mucho antes. Lo supe el día que naciste y abriste la boca para llorar y la cerraste en cuanto te puse algo dentro. Te conozco así de bien. Te hice así de bien.
Vas a cruzar esa puerta que dejé abierta para ti —porque la dejé abierta yo, hijo, todo lo dejé yo— y vas a bajar la cuesta hacia el puerto pensando que por una vez en tu vida no abriste la boca cuando te acercaron la cuchara.
Que dijiste que no. Que elegiste la duda en lugar de la certeza, y que la duda, al menos, es tuya.
Mi niño.
La duda también te la di yo. La elegí para ti hace cuatro meses, sentada en mi silla, con el pulso temblándome, igual que te elegí las fiebres y los mareos y los huecos en blanco cuando eras pequeño.
Te la envolví con cuidado y te la dejé puesta para hoy, para esta mañana, para este momento exacto en que crees que la has elegido tú.
No hay una sola cosa tuya, Tomás, que no haya pasado antes por mis manos.
Ni siquiera lo que llamas tu libertad. Sobre todo eso.
Y esa noche. La de la cocina. Las manos.
Yo sé lo que pasó. Sé qué hiciste y qué no hiciste, qué tocaste y qué no, qué dijiste con esa lengua pastosa delante de la silla. Lo sé todo, hasta el último segundo, porque para eso soy tu madre.
Pero no estoy. Ya no estoy en ningún sitio donde puedas venir a preguntármelo.
Así que vete, anda. Vete a tu vida pequeña y vuelve dentro de unas semanas, como volverás, porque fuera te comes vivo y aquí está la puerta abierta y el té hecho y tu hermana esperándote con toda mi paciencia.
Y carga con esto el resto de tus días, que es lo último que te doy, lo más caro, lo que ninguna otra madre sabría darle a un hijo:
tú nunca vas a estar seguro de lo que hicieron tus manos.
Eso también te lo di yo.
Para que no pases frío.
FIN