36
Cruzo el umbral.
Es lo primero que hago en tres días que no me deja hacer la casa: salir.
El aire de fuera me da en la cara, frío, con sal, y por un momento me parece otro aire, un aire que no han medido ni filtrado ni endulzado, y bajo dos escalones de la entrada y me quedo en la cuesta, en mitad de la calle empedrada, mirando hacia abajo, hacia el puerto, hacia los barcos pequeños cabeceando en el agua gris, hacia el mundo que sigue ahí, indiferente, sin enterarse de nada de lo que pasa dentro de esta casa de postigos verdes.
Villar sale detrás de mí. Se ha puesto el abrigo, lleva la carpeta apretada contra el pecho, y baja los escalones a mi lado y se para, y mira también hacia el puerto, y durante un rato ninguno de los dos dice nada.
—Yo redacté ese testamento —dice al final, sin mirarme—.
Hace cuatro meses. Su madre vino a mi despacho ella sola, andando, con su bolso y sus guantes, y me dictó cada cláusula sin que le temblara la voz.
Las setenta y dos horas. Las grabaciones.
El sobre. Lo de la casa para su hermana.
—Traga—. Me pareció excéntrico. De señora mayor con ganas de tener la última palabra.
Le pregunté si estaba segura. Me dijo que las madres siempre están seguras, que para eso son madres.
—Se ajusta el abrigo—. No sabía lo de la cinta.
El contenido, quiero decir. Eso iba en sobre lacrado.
Yo solo tenía instrucciones de reproducirlo hoy. Si lo hubiera sabido…
No termina. No hay manera de terminar esa frase.
Si lo hubiera sabido, ¿qué. No hay nada que hacer con lo que hemos oído.
Una mujer muerta confesando que se mató a sí misma con la mano de su hija, y nombrando a esa hija heredera por ello, no es un delito que un notario sepa dónde meter.
Es otra cosa. Es una herencia en el sentido que no sale en los papeles.
—¿Va a hacer usted algo? —le pregunto—. ¿Con la cinta? ¿La denuncia, la lleva a algún sitio?
Villar me mira por fin. Es un hombre cansado, de los que han visto repartir muchas casas entre muchos hermanos, y en los ojos tiene esa prudencia del que sabe hasta dónde llega su trabajo.
—¿Y qué dice la cinta, señor Marén? —dice, despacio—.
La oyó usted igual que yo. Una madre enferma que dice que pensaba quitarse de en medio.
Que iba a pedirle ayuda a una hija. En condicional, en futuro.
No dice que lo hiciera. No dice cómo. No da una fecha.
Su hermana no ha confesado nada ante mí.
Y el certificado de defunción de su madre dice fallo cardíaco, firmado por el médico del pueblo, que la conocía de toda la vida.
—Aparta la mirada—. Yo tengo una cinta donde una difunta filosofa sobre la muerte.
Eso no es nada, legalmente. Eso no es nada en ningún sitio.
Y tiene razón. Mamá tenía razón hasta en esto.
Grabó su confesión en futuro y en condicional, “voy a pedirle”, “ya estará hecho”, sin una fecha, sin un cómo, sin nombrar el bote ni la cuchara.
Dejó una cinta que lo dice todo y no prueba nada.
Limpia. Como las manos. Como la escalera del padre.
Confesó para que lo supiéramos los suyos, y calló de la única manera que importa: para que no sirviera de nada saberlo.
Villar me da la mano. La suya está fría también.
—Lo siento —dice, y se nota que lo siente—. Por usted. Por el hermano que se ha ido corriendo. —Mira hacia la puerta abierta, hacia el interior en penumbra—. Por la niña, sobre todo.
Y se va, cuesta abajo, hacia su coche moderno aparcado entre las casas viejas, y arranca, y el ruido del motor se pierde, y me quedo solo en la calle, delante de la casa, sin saber adónde ir, porque tengo el coche dentro del garaje cerrado y la maleta dentro del cuarto cerrado y la vida entera, de pronto, a este lado de una puerta que mi hermana puede cerrar cuando quiera.
Vuelvo a entrar. Una última vez. A por la maleta. A despedirme, no sé de qué.
La casa está en silencio. Villar se ha llevado su carraspeo y Daniel se ha llevado su pánico, y lo que queda es la casa como era antes de que llegáramos: ordenada, tibia, oliendo a cereza, perfecta, esperando. La encuentro en la cocina.
Marina ha sentado a Lía en la banqueta. La banqueta de siempre, la del rincón, la que tiene las patas marcadas en el suelo de tanto estar en el mismo sitio, la que usábamos de niños para llegar a la encimera.
Lía está subida en ella, despierta otra vez, con las piernas colgando sin llegar al suelo.
Y Marina, a su lado, con el delantal de la cenefa puesto, ha sacado la harina, el bol, el rodillo, el bote de las cerezas.
Le ha atado a la niña un paño a la cintura, un delantal improvisado, para que no se manche el vestido bueno.
Le está enseñando a hacer la tarta.
—Mira, mi amor —dice Marina, y le pone las manitas de Lía sobre la masa, encima de las suyas, guiándolas—.
Se estira despacio, sin apretar mucho, que si aprietas se rompe.
Así. ¿Ves qué fina queda? La cereza va hasta el borde, no seas tacaña con la cereza, que la tarta sin cereza no es tarta.
Y luego lo más difícil, lo que hace que sea nuestra: las tiras.
Se cortan finitas y se van cruzando, una por encima, otra por debajo, una por encima, otra por debajo, tejiendo, ¿ves? , como un cestito, como una rejita.
Lía teje, con sus dedos torpes, una tira sobre otra, la lengua entre los dientes de concentración, y le sale mal, una tira se rompe, y mira a su madre asustada de haberlo estropeado.
—No pasa nada —dice Marina, y le recoge la tira rota y se la vuelve a poner en los dedos—.
Otra vez. Con paciencia. La celosía se hace con paciencia o no se hace.
Y una cosa más, la más importante de todas, la que me enseñó a mí la abuela y que no se le cuenta a nadie de fuera.
—Se inclina sobre la niña, baja la voz, le habla al oído pero lo bastante alto para que yo lo oiga desde la puerta, porque sabe que estoy en la puerta, porque siempre sabe—.
Que no te vean mientras la tejes, Lía. Lo bonito se hace en privado.
Lía teje. Una por encima, otra por debajo. Aprende.
Me apoyo en el marco de la puerta de la cocina y las miro.
La madre guiando las manos de la hija sobre la masa, las dos cabezas juntas sobre la mesa, el sol plano entrando por la ventana de los postigos.
Una estampa para un cuadro. Para uno de los vídeos de Marina, de hecho: madre e hija haciendo la tarta de la abuela un martes por la mañana, miles de “me gusta”, qué familia tan bonita, qué pena lo de la madre, qué bien lo lleva la hija, con lo unida que era a ella.
Lía levanta la cabeza de la masa. Me ve en la puerta. Y me sonríe, con harina en la nariz, contenta, orgullosa de su tira tejida, y luego se gira hacia su madre con una pregunta de niña, de esas que sueltan sin saber lo que pesan.
—Mamá. ¿Por qué la abuela siempre sabía lo que necesitábamos?
Marina no levanta la vista de la masa. Le coloca a Lía una tira nueva entre los deditos, le guía la mano, una por encima, otra por debajo, sin una pausa, sin un temblor, con la voz más dulce del mundo.
—Una madre nota esas cosas, mi amor.
Cojo mi maleta del recibidor, que alguien ha bajado del cuarto y ha dejado al lado de la puerta, hecha, cerrada, lista, sin que yo la tocara. Y salgo. Y esta vez no vuelvo la cabeza.
Detrás de mí, en la cocina, oigo a mi hermana enseñándole a mi sobrina a cruzar las tiras. Una por encima. Otra por debajo. Una por encima.
Otra por debajo.