La Madre Perfecta 28
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La cinta se acaba. Clic. Las dos bobinas frenan, una más despacio que la otra, y se paran.

Me quedo sentado en el costurero con la salita girando despacio a mi alrededor, el sol más alto ya detrás de los postigos verdes, las nueve y algo, y dentro de la cabeza esas tres o cuatro palabras pastosas que no se entienden, dando vueltas, buscándole un sentido que no tienen o que no quiero darles.

Bajé. Esa noche bajé. Estuve a un metro del cuerpo de mi madre recién muerta y dije algo y me lavé las manos en el grifo, y no sé por qué, y la única persona que lo sabe es la que me lo lavó.

Marina está en el umbral. No la he oído bajar la escalera, no la he oído cruzar el pasillo. Nunca la oigo. Aparece, como aparecía mamá, en el sitio donde una hace un segundo no había nadie.

—¿La has oído entera? —pregunta. No hay reproche en la voz. Hay cuidado.

—Sí.

Entra. Cruza la salita y se sienta en la silla de enea de al lado, la del costurero, y me coge la mano. Las dos manos, entre las suyas, calientes, secas, las uñas cortas y limpias.

—Entonces ya lo sabes —dice—. Que no estás seguro.

Que nunca vas a estar seguro de qué hiciste tú esa noche y qué hice yo.

—Me aprieta las manos, despacio, marcando cada palabra con la presión de los dedos—.

Y yo tampoco te lo voy a decir, Tomás. Ni ahora ni nunca.

Porque yo tampoco lo sé del todo. Y porque, escúchame bien lo que te voy a decir, da igual.

—No da igual. Es mi madre. Quiero saber si yo…

—Da igual. —La voz no le sube, no le baja, la misma línea recta, la de mamá—.

Escúchame. Pasara lo que pasara en esa cocina esa noche, lo que hicieras o no hicieras tú, lo que hiciera o no hiciera yo, ya pasó.

Está hecho. Y yo me ocupé. Lavé lo que había que lavar, tejí la tarta, te subí a la cama, dejé la cocina como tenía que estar para que cuando viniera la señora Pinto por la mañana no encontrara más que a una mujer mayor que se quedó dormida en su silla y no despertó.

¿No lo ves, Tomás? Eso es lo bueno de tenerme a mí.

Esa es la diferencia entre tu vida y la de cualquier otro hombre que se despierte una mañana sin saber qué hizo de noche.

Tú tienes a alguien que va detrás. Tú puedes hundirte cada noche, puedes andar dormido, puedes hacer dormido lo que sea, lo que más miedo te dé, y por la mañana amaneces limpio y en tu cama y nadie te pide cuentas, porque hay alguien que recoge.

Como recogía mamá. Yo. Yo voy a ir detrás de ti el resto de tu vida, hermano, limpiando lo que dejes, sin preguntarte nunca qué fue.

Vente a casa con Lía y conmigo. Yo te doy el té a la hora. Yo sé lo que necesitas.

Y durante un segundo —y esto es lo que más miedo me da de todo lo que ha pasado en esta casa en tres días, más que la cinta, más que el cuarto de arriba— durante un segundo lo quiero.

Quiero decir que sí. Quiero soltar la cabeza que tengo, esta cabeza de colador que me ha tocado, en las manos de alguien que la sostenga por mí.

Quiero que alguien decida por mí qué hice y qué no hice, qué soy y qué no soy, qué necesito y a qué hora.

Quiero el té. Quiero la cuchara acercándose a la boca y abrir, como abrí siempre, durante cuarenta años, sin preguntar qué llevaba.

Es el deseo más viejo que tengo. Me lo plantaron antes de que supiera hablar.

Le suelto las manos. Me cuesta. Tiran de cuarenta años.

—No —digo.

—Lo vas a pensar mejor. —No es una amenaza. Es una predicción, dicha con dulzura, con seguridad—. Esta noche, cuando estés solo en tu piso, sin nadie, sin el té, dando vueltas a oscuras, lo vas a pensar mejor.

—No voy a pensarlo. —Me levanto. Las piernas me responden a medias, las rodillas flojas—. Voy a sacar a Lía de esta casa. Antes de que aprenda a poner el plato de la abuela y a cambiar el agua de los muertos y a tejer la tarta sin que nadie la vea.

Algo le cruza la cara a Marina. La primera cosa suya que le veo en tres días que no es de mamá: un endurecimiento mínimo en la mandíbula, una contracción de un músculo bajo el ojo.

Dura lo que dura un parpadeo y se va, y la cara vuelve a ser dulce, paciente, la de la pena por mí.

Pero lo he visto. Por debajo del barniz de mamá hay otra cosa, más dura, más nueva, que es solo de ella.

Salgo al pasillo dejándola sentada. Y en el pasillo está Daniel, con la bolsa al hombro por fin cerrada, las llaves del coche en la mano, yendo hacia la puerta de la calle con la cabeza gacha, como quien se escapa de un sitio sin despedirse.

—Me voy —dice sin mirarme, al pasar—. Que se quede ella la casa, el dinero, los muebles, todo. Yo no aguanto otra hora aquí dentro. No pienso estar cuando abran ese sobre y nos pongan a mamá a hablarnos desde una cinta. No quiero oír nada más. Ya he oído de sobra.

Llega a la puerta de la calle. Mete su llave de hierro en la cerradura, la que nos dio Villar el sábado a cada uno, la misma para los tres. La gira. La cerradura hace su clic seco. Tira del picaporte.

La puerta no se abre.

La sacude. Vuelve a girar la llave al otro lado, gira, vuelve, gira, tira con las dos manos, empuja con el hombro.

La cerradura de hierro abre y cierra obediente, clic, clac, clic, pero la hoja de la puerta no se mueve un milímetro, porque por encima de la cerradura de Villar hay otra cosa: un cerrojo viejo, de los antiguos, de hierro negro, el de mamá, el que se echa por dentro y que no tiene ojo por fuera, el que no abre ninguna llave de hierro porque no se abre con llave de hierro.

Se abre con la pequeña. La del trébol. La que cuelga de un cuello.

Está echado.

Esta mañana, cuando bajé a la cocina con el carrete, no estaba echado. Lo habría visto al pasar. Alguien lo ha echado mientras yo oía la cinta en el costurero con la oreja pegada al altavoz.

Daniel se vuelve hacia el pasillo, hacia Marina, que ha salido del costurero detrás de mí y está de pie en mitad del corredor, tranquila, las manos cruzadas por delante, la cadena por dentro del camisón.

—Abre la puerta, Marina.

—Falta una hora para que venga Villar —dice ella—. Mamá dijo setenta y dos horas, los tres juntos, hasta el final. Hasta que él vuelva y abra el sobre. No vamos a estropearlo ahora, a una hora del final, con lo bien que ha ido todo, con lo unidos que hemos estado estos días.

—Que abras la puerta, Marina. —A Daniel le tiembla la voz, le tiembla la mano de las llaves—. Te lo digo en serio.

—No tengo la llave del cerrojo. —Se lleva la mano al cuello, por encima de la tela del camisón, donde se marca el bulto pequeño de la llave bajo la cadena, y la tapa entera con la palma abierta, protegiéndola—. La perdió mamá hace años. Ya lo sabes.

Daniel deja caer la bolsa al suelo. Se lanza contra la puerta con el hombro por delante, una vez, dos, y la madera vieja y maciza, de las que se hacían para aguantar los temporales del puerto, ni se queja.

La golpea con los puños, con las palmas, le da patadas a la altura del cerrojo que no alcanza a ver, y grita el nombre de Marina, y luego deja de gritar el nombre de Marina y se queda con la frente pegada a la madera, jadeando, las manos abiertas contra la puerta, y empieza a reírse.

Una risa fea, sin aire, que se le rompe por dentro.

—Lo planeó —dice, contra la madera, sin volverse—.

¿No lo veis, joder? ¿No lo veis los dos?

Las setenta y dos horas. Las confesiones grabadas.

El sobre con la cinta. El cerrojo. La llave en el cuello de Marina.

—Se gira despacio, con la espalda resbalando contra la puerta hasta quedarse de pie a duras penas, mirándonos a los dos con los ojos muy abiertos, enrojecidos—.

Esto no es de ahora. Esto no se le ha ocurrido a Marina esta mañana.

Esto lo dejó montado ella, antes de morirse, pieza por pieza.

Las cintas. El testamento. El día y la hora.

Hasta a Marina con la llave ya puesta en el cuello para cuando hiciera falta.

Nos ha metido a los tres en una caja y ha cerrado la tapa desde dentro de su tumba.

Golpea la puerta con el talón, hacia atrás, sin mirarla, una vez.

—Esto lo planeó. Lo planeó todo.