27
El costurero. La grabadora buena, la de los carretes grandes, la que llevamos tres días llenando de confesiones. El carrete de esa noche enganchado, la cinta tensa entre las dos bobinas, mi pulgar encima de la tecla sin apretar.
Arriba, Marina le arregla la tarta a una muerta y le habla a una cama vacía.
Daniel mete y saca ropa de una bolsa que no termina de cerrar.
Lía dibuja sentada en el suelo de un dormitorio donde duerme una señora que no existe.
Y yo estoy solo en la salita del jardín, con la persiana medio bajada y el verde de los postigos tamizando la luz, y entre las manos tengo metida en un carrete la noche en que se murió mi madre. Solo tengo que apretar.
Aprieto.
Siseo. El roce de la cinta vieja contra el cabezal.
Y después, llenando la salita, la cocina.
La nuestra. De noche. La reconozco antes de oír una sola palabra: el zumbido grave del horno encendido, el goteo del grifo que nunca cerró del todo, el reloj de pared contando, y un fondo de casa dormida, de tuberías que se asientan, de viento contra los postigos.
Es de madrugada. Lo sé por cómo suena el silencio, más hueco, más hondo.
Y voces. Dos. Bajas, tranquilas, de gente que no tiene prisa.
—Más harina, mamá. Se me pega a los dedos.
—Pon menos agua la próxima vez… —La voz de mi madre. Fina. Cansada. Con un raspar de fondo al respirar que no le conocía, un silbido fino al final de cada frase—. Y las tiras más finas, Marina, que las haces gordas y queda la celosía basta.
—Ya, mamá. Ya.
Una risa. Pequeña, ronca, la de mi madre.
Riéndose por lo bajo en su cocina a las dos de la madrugada mientras su hija teje una tarta.
Y yo, sentado en el costurero a tres metros de esa cocina y a siete días de esa noche, oigo reírse a mi madre por última vez en mi vida y no puedo hacer nada.
No puedo meterme dentro de la cinta. No puedo abrir la puerta de esa cocina y entrar.
Solo puedo oír, con el carrete girando, cómo mi madre se ríe sin saber —¿sin saber? — que se está riendo por última vez.
Sigue. El trajín de la masa contra el mármol.
El horno que se abre con su chirrido y se cierra con su golpe sordo.
El raspar de un cuchillo cortando las tiras.
Y por debajo de todo, sin parar, la respiración de mi madre, ese silbido fino, cada vez más separado, como si entre respiración y respiración se abriera un hueco que se va haciendo más ancho.
—¿Está bien así, mamá? ¿La ves bien la celosía?
—Está preciosa, hija. —Un silencio largo, solo el horno y el goteo—. La mejor que has hecho.
—La he hecho para ti.
—Lo sé. —Otro silencio. La oigo moverse en la silla, el crujido del mimbre—. Marina.
—Dime.
—Ya está bien, ¿no? Ya. Estoy cansada. Llevo cansada mucho tiempo, hija. Mucho.
—Lo sé, mamá.
—Tú sabes lo que necesito. Tú siempre lo has sabido. Eres la única.
—Lo sé.
Y aquí la cinta se queda casi sin sonido.
Casi. Las dos voces bajan tanto que tengo que levantarme, coger la grabadora, pegar la oreja a la rejilla del altavoz, y aun así no distingo las palabras, solo el tono: el de mi madre, que pide algo muy bajito, despacio, sin miedo; y el de Marina, que contesta todavía más bajo, un murmullo continuo, sin aristas, el mismo murmullo con que me lleva a mí de noche por el pasillo cuando ando dormido, el mismo «ya está, ya está, no pasa nada» que le he oído esta misma mañana en mi propia grabación.
Ese. Idéntico. El arrullo que se le hace a alguien para que se duerma sin asustarse.
«Ya está, mamá. Ya está. No pasa nada. Aquí estoy.»
Lo que pasa después no se oye. No hay un golpe.
No hay un grito. No hay un forcejeo, ni un vaso que cae, ni nada que yo pueda señalar con el dedo y decir aquí, esto es, en este segundo mataron a mi madre.
Hay el goteo. Hay el reloj. Hay el murmullo de Marina haciéndose cada vez más lento, más espaciado, acompasándose a algo.
Y hay la respiración de mi madre, ese silbido fino, alargándose entre raspar y raspar, más, más, hasta una inspiración que empieza despacio y sube y se queda arriba, suspendida, y no baja. No vuelve a bajar.
Y luego, solo el goteo. Y el reloj. Y la voz de Marina, bajito, ya sin que nadie le conteste desde la silla:
—Ya está. Buenas noches, mamá.
Me he doblado sobre la mesa del costurero sin darme cuenta de cuándo, la frente casi tocando la madera, la grabadora apretada contra el oído, oyendo el goteo de una cocina de hace siete días donde mi madre acaba de dejar de respirar mientras una tarta se enfría en la rejilla y suelta su olor a cereza al aire de la madrugada.
No sé cuánto rato me quedo así. La cinta sigue corriendo, paciente, registrándolo todo sin juzgar nada: el goteo, el reloj, los pasos de Marina yendo y viniendo por la cocina, recogiendo, el agua del fregadero, el chasquido del horno al apagarse, un cajón que se abre y se cierra.
Y entonces, en la cinta, otros pasos.
Descalzos. Arrastrados. Bajando la escalera de uno en uno, pisando la tabla suelta del rellano.
Los míos. Yo. Esa noche bajo. Dormido, hundido, con lo que fuera que tuviera en el cuerpo, y la cinta me graba entrar en la cocina donde mi madre acaba de morirse y mi hermana acaba de recoger, y se me oye.
Se oye mi respiración pesada de sonámbulo. Y se oye mi voz.
Y esto es lo que llevo siete días necesitando saber y ahora que lo tengo no lo soporto:
mi voz, en esa cinta, a un metro del cuerpo de mi madre, dice algo.
No grito. No pregunto qué ha pasado. No digo el nombre de mamá.
Hablo bajo, pastoso, con la lengua de trapo del agujero, y suelto unas palabras, tres, cuatro, que no entiendo, que ni siquiera sé si son palabras o solo ruido de un hombre que habla dormido.
Y luego se oye el grifo abrirse del todo, el agua corriendo fuerte, mis manos bajo el chorro, el agua un rato largo, demasiado largo, y la voz de Marina, cerca, tranquila:
—Eso es, Tomás. Lávate bien. Ya está. Ven, que te llevo. Mañana ni te acuerdas de nada.
Y mis pasos arrastrados otra vez, y los suyos detrás, conduciéndome, y el grifo que alguien deja goteando y vuelve a abrir y a cerrar, y la escalera, y el silencio de la casa tragándonos a los dos.
Rebobino. Con el dedo, despacio, hasta el sitio. Lo pongo otra vez. La parte de mi voz. Pego la oreja hasta hacerme daño en el cartílago.
Tres o cuatro palabras pastosas. Las oigo seis veces.
Siete. Ocho. No las descifro. Pueden ser «¿qué le has hecho?
». Pueden ser «¿qué he hecho?». Pueden ser «mamá, la tarta».
Pueden ser «no quería». Pueden no ser nada, el balbuceo sin sentido de un hombre dormido de pie en una cocina, las sílabas que suelta cualquiera en sueños.
Mi propia voz, hace siete días, a un metro del cuerpo todavía caliente de mi madre, diciendo algo que decidiría, si yo lo entendiera, qué clase de hijo soy: el que bajó dormido y no vio nada y se lavó las manos por costumbre de sonámbulo; el que bajó dormido e hizo algo y se lavó la prueba sin saberlo; o el que su hermana lavó como se lava a un niño que ha vuelto del jardín con barro, para que amaneciera limpio y tranquilo.
La cinta no lo dice. La cinta solo me da mi voz, y el agua, y a Marina llevándome a la cama. Lo del medio, lo único que importa, lo que pasó en el metro de aire entre mi madre muerta y mis manos, eso no lo grabó nadie, o lo grabó y no se entiende.
La pongo una novena vez. Subo el volumen hasta el tope. La salita se llena de mi propia voz pastosa de hace siete días, deformada, irreconocible, mía.
Y no se entiende.