La luz de Asterhall (Honor y destino nº 4) Capítulo XXXVIII
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Capítulo XXXVIII

El Hogar que Habían Estado Buscando

La boda fue sencilla.

No hubo grandes salones de baile ni ceremonias interminables.

Solo una pequeña iglesia, la luz de la mañana colándose por las vidrieras, y las personas que, de un modo u otro, les habían ayudado a mantener sus vidas unidas cuando todo parecía perdido.

Berthe llevaba un vestido color burdeos, el color que Nathan había elegido porque aún podía distinguirlo a plena luz del día.

Él sonrió mientras ella se acercaba.

No necesitaba distinguir cada rasgo de su rostro.

Le bastaba con reconocer la cadencia de sus pasos.

El leve titubeo de su respiración antes de susurrar sus votos.

La calidez de su mano al entrelazar sus dedos con los de él.

Así era como la veía.

Después de un modesto banquete de bodas compartido con amigos y vecinos, rechazaron el carruaje que esperaba a la puerta de la posada.

Prefirieron volver a casa caminando.

El camino de regreso a Asterhall nunca les había parecido tan corto.

La primavera había vestido los prados de un verde fresco, y el castillo, pacientemente restaurado pieza a pieza con esperanza y perseverancia, resplandecía bajo el sol como si por fin hubiera despertado de un largo invierno.

Berthe se detuvo en el puente de entrada.

Contempló los muros.

Las ventanas abiertas.

Las flores que comenzaban a trepar por la piedra antigua.

Recordó el día en que había llegado con una maleta gastada, un pequeño armiño escondido entre los pliegues de su abrigo, y una esperanza tan frágil que apenas se había atrevido a darle nombre.

En aquel entonces, creía que buscaba refugio.

Ahora comprendía que había encontrado un hogar.

Nathan notó que se había detenido.

—¿Qué ocurre?

Ella sonrió.

—Estaba recordando.

Él guardó silencio un momento.

Luego respondió con suave ternura.

—Yo también.

Se inclinó hacia ella.

Antes de que ella pudiera preguntar a qué se refería, la levantó en brazos.

Berthe soltó una risa sorprendida.

—¿Qué haces?

—Algunos momentos merecen vivirse dos veces.

Ella le rodeó el cuello con los brazos.

—La primera vez casi me desmayo.

—Lo recuerdo.

—¿Y ahora?

Él sonrió.

—Ahora sé que siempre volverás a mí.

Juntos cruzaron el puente.

Las puertas del castillo estaban abiertas.

No como una fortaleza que desafiara al mundo.

Sino como un hogar, por fin listo para acoger la vida.

Mientras Nathan la llevaba en brazos al cruzar el umbral, Berthe comprendió que algunos lugares nunca se conquistan por la fuerza.

Se ganan eligiendo quedarse.

Y algunas promesas no necesitan pronunciarse en voz alta.

Basta con cumplirlas, día tras día.

Cuando las grandes puertas se cerraron lentamente tras ellos y las voces alegres de sus amigos se desvanecieron en la distancia, ambos supieron que ninguna historia termina de verdad con una boda.

Las mejores comienzan justo después.

Porque el amor nunca fue el final del viaje.

Era, sencillamente, el hogar que por fin habían encontrado.