La luna que él no quería Capítulo cuarenta y nueve
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Capítulo cuarenta y nueve

Estaba desnuda entre sus brazos y él seguía besándome con suavidad y acariciándome el cuerpo.

No podía creer que aquel hombre tan engreído fuera también tan dulce.

Desde luego, algo no encajaba. El hombre que parecía dulce había resultado ser un sinvergüenza, y el sinvergüenza resultaba ser dulce.

Ya no entendía nada, pero no me importaba. Por una vez, era feliz.

—Podría acostumbrarme a esto —susurré.

Kaylo soltó una risita. Dejó de besarme y me miró con los ojos entornados. No podía creer lo guapo que era. Me parecía aún más atractivo que su hermano, y su cuerpo parecía hecho para volverme loca.

—Creo que sé por qué se formó el vínculo entre nosotros —dijo con una sonrisa traviesa.

Tenía que admitir que aquella sonrisa empezaba a gustarme. Ya no me irritaba tanto. Incluso comenzaba a parecerme adorable.

—¿Por qué? —pregunté, arqueando una ceja.

—Porque te entregaste a mí por completo —respondió, tocándome la nariz con un dedo.

Le hice una mueca que decía ya te gustaría, y él se echó a reír.

—Lo sentí aquella noche, igual que lo siento ahora —añadió con una expresión insoportablemente satisfecha.

—Pues siente esto —repliqué, lanzándole una mirada irritada.

Kaylo volvió a reír.

—Yo también me dejé llevar por completo. En cuanto me besaste y respondiste a mis caricias, dejé de intentar contenerme —dijo.

Aquello me sorprendió. Yo había esperado que perdiera el control y me destrozara.

En cambio, aquella noche había sido increíblemente delicado conmigo, igual que ahora.

No sabía por qué era tan diferente del alfa Thomas de mi visión.

Quizá no fuera justo compararlos. Tampoco tenía a nadie más con quien compararlo: Kaylo había sido el primero.

—No me pareció que perdieras el control. Fuiste increíblemente tierno —le dije.

Su sonrisa divertida se ensanchó.

—Te tomaste al pie de la letra lo que te dije del alfa Thomas. No todos los lobos son brutales.

—Cuando me hablaste así del alfa Thomas, me asusté porque sabía lo que querías decir —respondí.

Kaylo frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir? Él nunca… Tú no habías… —Se interrumpió de golpe. Se le fue el color de la cara—. Quiero decir que yo lo habría sabido.

Parecía que el mundo acababa de venírsele abajo.

—No pasó nada. Solo he estado contigo. El alfa Thomas se aseguró de mantenerme lejos de cualquier hombre que pudiera interesarse por mí. Al principio pensé que era porque seguía viéndome como la niña que mi madre llevó a su manada —expliqué.

—Esa no era la razón —replicó con desdén.

—Ahora lo sé. Un día lo oí hablar con el beta Alden en su despacho. Pensaba conservarme como compañera mientras se casaba con otra mujer. Yo no era adecuada para ser su luna —dije.

Me di cuenta de que recordarlo ya no me dolía tanto como antes.

—¿Querías ser su luna? —preguntó Kaylo.

—Puede que sí —admití, sonrojándome.

Para mi sorpresa, se rio.

—Te perdono. No sabías lo que hacías —dijo, todavía riéndose.

Le di un ligero empujón y él me besó, sin dejar de reír por lo bajo.

—Participé en el ritual que hacen todas las mujeres sin compañero antes de cumplir veinticinco años. Supuestamente te permite ver a tu compañero, pero yo solo vi mi muerte —dije.

Las lágrimas volvieron a escocerme en los ojos. Kaylo me atrajo hacia él y me cubrió con su cuerpo, como si pudiera protegerme de aquello que me hacía daño.

—Antes de la visión, pensaba ponerme para el Festival de Primavera el vestido que llevaba la noche en que estuve contigo.

Quería demostrarle al alfa Thomas que ya era una mujer adulta.

Pero en la visión lo sentí todo. Todo lo que me hizo.

Incluso sentí el dolor de morir. Apenas sobreviví a aquella noche con él —dije.

El recuerdo de esa noche empezaba a desvanecerse, aunque todavía podía sentir el dolor.

—No fue real —susurró Kaylo contra mi pelo—. Esto sí lo es.

Me besó suavemente en los labios.

—Parecía tan real… —murmuré.

El dolor desapareció en cuanto nuestras bocas se encontraron. Kaylo me estrechó aún más y me dejé llevar por sus caricias.

—Tus caricias y tu olor calman a mi lobo —susurró contra mis labios.

Me aparté un poco para mirarlo.

—¿Qué quieres decir?

—Digamos que, para todos los demás, soy un lobo grande y aterrador. Para ti, soy un cachorro —respondió con una sonrisa.

—No eres tan grande ni tan aterrador. Quizá solo un poco engreído —dije con una sonrisa traviesa.

Kaylo puso cara de ofendido y solté una carcajada. Él terminó riéndose también.

—Para mí eres adorable, dulce y muy suave —añadí con voz cariñosa, acariciándole las mejillas.

Parecía estar haciendo un mohín.

—Sabes muy bien cómo hacer que un hombre se sienta bien consigo mismo —dijo, recuperando su sonrisa de siempre.

—No necesitas que te alimente el ego. Seguro que hay montones de mujeres que se echan a tus pies —respondí mientras le acariciaba el rostro.

—No te preocupes, no son tantas. Eso es más cosa de Teddy —dijo con una sonrisa.

—Eres más guapo que tu hermano. Estoy segura de que tampoco te faltan pretendientas.

Sus ojos se iluminaron y su sonrisa se volvió aún más traviesa.

—¿Crees que soy más guapo que Teddy? Eso sí que es una novedad. ¿Seguro que te encuentras bien? —preguntó entre risas.

Le di otro pequeño empujón y volvió a reír.

—Puede que seas la primera mujer que piensa eso —añadió con una sonrisa cada vez más amplia.

—Desde luego, besas mejor que tu hermano. Antes me gustaba más él porque era más dulce conmigo que tú. Pero ahora sé que solo fingía —dije sin pensar.

Recordé cómo me había hecho sentir Teddy cuando me besó. Comprendí que aquel recuerdo ya no despertaba nada en mí. No después de Kaylo.

Entonces me di cuenta de lo que acababa de decir y lo miré. Ya no se reía.

—¿Cuándo ocurrió? —preguntó, cerrando los ojos como si se preparara para recibir un golpe.

—Cuando estuve en el palacio real. Entré por casualidad en el salón de baile y allí lo conocí.

Me besó… o quizá fui yo quien lo besó. Ni siquiera estoy segura.

Todo pasó muy deprisa. El alfa Thomas estuvo a punto de encontrarnos y se enfureció.

Después no me sentí bien. Oí hablar al alfa Thomas con Gilda y dijeron que yo estaba en celo, pero eso no podía ser porque no tenía loba.

Pensé que me había contagiado de algo, porque no dejaba de sentir que me ardía el cuerpo —expliqué.

—Solo te contagiaste de Teddy. Suele causar ese efecto en las mujeres —dijo, riéndose.

Sin embargo, percibí tristeza detrás de su broma. Me sonrojé, aunque lo cierto era que ya me encontraba mal antes de besar a Teddy. Quizá el beso solo había intensificado lo que me ocurría.

—Aun así, creo que ya estabas en celo antes de que te besara —añadió Kaylo—. Por eso empezó a perseguirte. Y eso fue lo que volvió loco al alfa Thomas.

Esta vez no se rio. Parecía preocupado. Sentía que algo lo inquietaba, aunque no sabía qué.

—Es extraño que nunca te viera en mi visión. No sé de dónde saliste —dije, intentando cambiar de tema, aunque temía que ya fuera demasiado tarde.

—Estaba de camino a mi boda, pero cambié de opinión en el último momento.

No fui capaz de casarme y mi padre se enfadó.

El ambiente en casa era tenso. Mi madre pensó que me vendría bien acompañar a Teddy a la manada del alfa Thomas.

El beta Alden le había avisado de que las cosas no iban bien, así que me pidió que comprobara qué ocurría —explicó.

Lo miré y comprendí que, si se hubiera casado con otra persona, probablemente yo ya no estaría allí.

—No me digas que estás celosa —se burló.

—No, te perdono —respondí con una sonrisa traviesa.

Kaylo se echó a reír.

—Yo estuve a punto de casarme con el hijo del beta Alden —añadí—.

Crecimos juntos y parecía la elección más lógica.

Trataba de escapar del alfa Thomas porque la visión me aterraba.

Pero aquella noche él regresó e interrumpió la ceremonia.

Perdió el control y estuvo a punto de matar a Ash.

Tenía tanto miedo de lo que pudiera hacerle que no sabía cómo detenerlo.

Fue entonces cuando me clavé la daga ceremonial. Pasó a esta distancia de mi corazón.

Separé un poco los dedos para mostrárselo. Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas.

Kaylo me estrechó entre sus brazos. Seguramente podía sentir mi dolor a través del vínculo. Los recuerdos de aquella noche me llenaron el corazón de tristeza.

Se quedó abrazándome un buen rato. Ninguno de los dos dijo nada.