LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO XIX — Todo vuelve #3
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CAPÍTULO XIX — Todo vuelve #3

Él se pasó una mano por el rostro.

—Perdón.

Laura esperó.

—Tenés razón.

Decirlo costó.

—¿Le vas a escribir?

Adrián miró el teléfono.

—Sí.

Laura asintió.

—Bien.

Salió.

• • •

Adrián abrió el borrador.

Hola. Necesito reagendar.

Presionó enviar.

La respuesta llegó una hora después.

Claro. Tengo espacio el martes a las 10.

Adrián miró calendario.

Reunión de inversión.

Podía moverla.

No lo hizo.

Respondió:

El martes no puedo. ¿Otro día?

• • •

Claudia ofreció viernes.

Cena con inversionistas a las doce.

La sesión era a las diez.

Podía.

Adrián escribió:

Viernes está bien.

Envió.

• • •

El jueves por la noche llegó un correo.

El fondo internacional quería adelantar la cena a desayuno el viernes.

Ocho treinta.

Adrián respondió:

Perfecto.

Después recordó terapia.

Podía ir.

Desayuno a las ocho treinta.

Sesión a las diez.

Apretado.

Pero posible.

A las nueve veinte el desayuno seguía.

A las nueve treinta:

Tengo que irme.

pensó.

No lo dijo.

A las nueve cuarenta:

Diez minutos más.

A las nueve cincuenta y ocho escribió a Claudia:

Perdón. Se extendió una reunión. Necesito cancelar.

La respuesta llegó:

Entiendo. Escribime cuando quieras retomar.

Nada más.

No juicio.

No presión.

Adrián miró.

Guardó el teléfono.

—Continuemos.

dijo.

• • •

Aquella noche el desayuno había producido una oportunidad enorme.

Una posible inversión.

Todo el equipo estaba entusiasmado.

Adrián también.

Debería haberse sentido excelente.

Regresó a casa.

Elena no estaba.

Había ido a cenar con una amiga.

Adrián se sentó.

Silencio.

• • •

Abrió el documento de la oportunidad.

No pudo concentrarse.

Lo cerró.

Abrió noticias.

Lo cerró.

Televisión.

Nada.

• • •

Tomó el teléfono.

Buscó el contacto de Claudia.

No llamó.

• • •

Buscó a Elena.

No quiso interrumpir.

• • •

Gabriel.

Viernes.

Familia.

No.

• • •

Daniel.

Probablemente con amigos.

No.

• • •

No preocupés a nadie.

La frase volvió.

Esta vez no parecía una regla antigua.

Parecía sentido común.

• • •

Adrián se sirvió agua.

Se quedó frente al ventanal.

La ciudad.

Luces.

Todo lo que había construido parecía estar exactamente donde debía.

Dinero.

Empresa.

Casa.

Pareja.

Hijo.

Reputación recuperándose.

No había ninguna catástrofe.

Entonces, ¿por qué se sentía así?

• • •

La pregunta empezó a convertirse en acusación.

No tenés derecho.

Había personas perdiendo empleos.

Familias.

Salud.

Casas.

Adrián tenía todo.

Más que todo.

Entonces:

¿de qué te quejás?

• • •

La vergüenza se volvió doble.

No solo se sentía mal.

Se avergonzaba de sentirse mal.

• • •

Ese fin de semana pasó.

El lunes trabajó.

Martes.

Miércoles.

Funcionó.

Siempre funcionaba.

Hasta que dejó de sentirse como vida y empezó a sentirse como actuación.

• • •

Una tarde Gabriel lo encontró mirando una presentación.

—¿Qué pensás?

Adrián no respondió.

—Adrián.

Volvió.

—¿Qué?

—Te pregunté qué pensás.

—De qué.

Gabriel frunció el ceño.

—La operación.

Adrián miró la pantalla.

No recordaba los últimos cinco minutos.

—No la haría.

Gabriel levantó una ceja.

—¿Por qué?

Adrián buscó.

No sabía.

Había respondido por instinto.

—Valoración.

dijo.

Gabriel lo observó.

—¿Cuál?

Adrián miró el número.

Correcto.

Por suerte.

—Esta.

Señaló.

Gabriel siguió mirándolo.

Adrián sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

Otra vez.

Nada.

• • •

Esa noche, conduciendo, Adrián se pasó una salida.

No grave.

Tomó la siguiente.

Después otra.

Terminó estacionado frente a un supermercado sin recordar haber decidido ir.

Apagó el motor.

Miró alrededor.

No sabía cuánto llevaba allí.

• • •

El miedo regresó.

Más fuerte.

Tomó el teléfono.

Claudia.

El dedo quedó sobre llamar.

No presionó.

• • •

En lugar de eso llamó a Gabriel.

Contestó.

—¿Qué pasó?

Adrián abrió la boca.

Podía decir:

No estoy bien.

Las palabras estaban ahí.

En cambio:

—¿Ya viste el modelo de mañana?

—Sí.

respondió Gabriel.

—Quería preguntarte...

Hablaron de trabajo.

Diez minutos.

Al terminar, Adrián sabía exactamente lo mismo sobre sí mismo que antes.

Nada.

• • •

Llegó a casa.

Elena dormía.

Adrián se acostó.

Miró el techo.

2:17.

La hora.

Otra vez.

• • •

Pensó en la primera sesión.

¿Quién sos cuando no estás resolviendo algo?

Meses atrás no había sabido responder.

Ahora apareció una respuesta.

No una correcta.

Una peligrosa.

Nadie.

• • •

Adrián cerró los ojos.

La palabra permaneció.

Nadie.

Si no resolvía.

Si no producía.

Si no dirigía.

Si no ganaba.

Si no protegía.

¿Quién era?

• • •

Daniel lo quería.

Elena lo quería.

Gabriel estaba allí.

Lo sabía racionalmente.

Pero una mente agotada no siempre confía en lo que sabe.

A veces confía en lo que teme.

• • •

Durmió una hora.

Tal vez dos.

A la mañana siguiente se levantó.

Ducha.

Traje.

Reloj.

Café.

Adrián Salvatierra apareció nuevamente frente al espejo.

Impecable.

Eso bastaría.

Por ahora.

• • •

Tres semanas después, la lluvia comenzó poco después de las nueve de la noche.

Adrián estaba solo en casa.

Elena había salido de la ciudad.

Daniel tenía planes.

Gabriel le había escrito que no hiciera nada durante el fin de semana.

Salvatierra Capital estaba estable.

Novaris estaba estable.

Sus cuentas estaban estables.

Todo estaba estable.

Excepto él.

• • •