CAPÍTULO XIX — Todo vuelve #2
Adrián se levantó.
—No quiero que dejés de reclamar.
Elena tardó en entender.
Después sí.
—Adrián.
—Valeria dejó de reclamar y...
—Yo no soy Valeria.
Silencio.
No hubo agresividad.
Solo una frontera.
Adrián bajó la mirada.
—Ya sé.
—Entonces no me conviertas en ella cada vez que algo te asuste.
La frase dolió.
—No lo estoy haciendo.
—Un poco sí.
Adrián respiró.
—Perdón.
Elena se acercó.
—Si estoy molesta, te lo voy a decir.
—Si estoy cansada, también.
—Si quiero irme a dormir, me voy a dormir.
—No todo silencio significa abandono.
Adrián quedó quieto.
Era una idea nueva.
O quizá solo era una verdad que nunca había aprendido.
• • •
Subieron.
Adrián apagó el teléfono.
Durmió seis horas.
Buen día.
• • •
Dos noches después despertó a las dos diecisiete.
Otra vez.
Miró el reloj.
2:17.
Sintió irritación.
¿Por qué siempre esa hora?
No era siempre.
Sabía que no.
Pero su mente había empezado a recordarla.
La hora tenía ahora personalidad.
Un visitante.
• • •
Elena dormía.
Adrián permaneció acostado.
Respiró.
Intentó volver.
No pudo.
Pensó en Claudia.
La pregunta:
¿Qué estás tratando de resolver?
Nada.
Precisamente.
No había problema.
No había Novaris.
No había prensa.
No había crisis.
Y aun así su pecho estaba apretado.
• • •
Se levantó.
Fue a la cocina.
Tomó agua.
No abrió la computadora.
Se sentó.
Cinco minutos.
Diez.
El silencio empezó a sentirse demasiado grande.
Finalmente tomó el teléfono.
Correo.
Nada urgente.
Mercados asiáticos.
Noticias.
Después abrió la aplicación bancaria.
Patrimonio.
Todo bien.
Cerró.
Salvatierra Capital.
Todo bien.
Calendario.
Todo organizado.
Adrián sintió más ansiedad.
• • •
No tenía nada que resolver.
Y seguía sintiéndose mal.
Eso era peor.
• • •
Al día siguiente estaba agotado.
Llegó a la oficina.
Café.
Otro.
Laura entró.
—Cara horrible.
—Buenos días.
—Dormiste mal.
—Un poco.
—¿Cuánto?
—Suficiente.
Laura hizo una mueca.
—Esa palabra regresó.
Adrián la miró.
Ella no bromeaba.
—Estoy bien.
Otra.
Laura cerró los ojos.
—Y esa también.
• • •
Durante una reunión se desconectó.
No siete minutos.
Tal vez veinte segundos.
Gabriel estaba hablando.
Adrián volvió.
Nadie pareció notarlo.
Eso le dio miedo.
Porque la primera vez Laura lo había visto.
Ahora quizá se estaba volviendo mejor ocultándolo.
• • •
Después de la reunión fue al baño.
Se miró.
Todo normal.
Traje perfecto.
Rostro cansado.
Nada más.
Abrió el grifo.
Agua fría.
—Estoy bien.
dijo frente al espejo.
Escuchar su propia voz hizo que la frase sonara menos convincente.
• • •
Ese viernes tenía a Daniel.
Daniel canceló.
Mensaje:
Pa, Lucas invitó a varios a la casa. ¿Puedo ir?
Adrián miró.
Sintió decepción.
Más de la que esperaba.
Podía decir no.
Era su fin de semana.
Pensó.
Después escribió:
Claro. Pasala bien.
Daniel:
Gracias ❤️ mañana almorzamos?
Adrián sonrió.
Hecho.
• • •
La casa quedó vacía.
Elena estaba fuera de la ciudad visitando a su familia.
Gabriel tenía una cena.
Laura probablemente hacía algo saludable como no pensar en él.
Adrián estaba solo.
• • •
Pensó en llamar a alguien.
No había razón.
Eso fue lo que se dijo.
No estaba en crisis.
Solo cansado.
Un viernes sin planes.
Normal.
• • •
Pidió comida.
No terminó.
Encendió televisión.
No vio.
Abrió una botella de vino.
Sirvió.
Tomó poco.
La dejó.
• • •
A las nueve abrió la computadora.
Trabajó.
Eso ayudó.
Durante casi dos horas.
Después no había nada más que necesitara hacer.
Buscó.
Correos viejos.
Documentos.
Novaris.
Sin darse cuenta abrió una carpeta que no tocaba hacía meses.
Artículos.
Capturas de prensa.
Reportes de reputación.
La fotografía.
Él.
Brazos cruzados.
Titular.
Adrián sintió la misma vergüenza.
No había desaparecido.
Solo había estado silenciosa.
• • •
Abrió el navegador.
Escribió su nombre.
Una vez más.
Resultados mejores que meses atrás.
Noticias recientes de Salvatierra.
Una entrevista.
Orbis.
El artículo de Novaris más abajo.
Aun así lo encontró.
Hizo clic.
• • •
Leyó algo que ya conocía.
Después comentarios.
Otra vez.
Un comentario antiguo:
Seguro vuelve a la multinacional cuando termine de quebrar.
Adrián sonrió con desprecio.
Salvatierra no había quebrado.
Al contrario.
Habían crecido.
Ganado.
Recuperado.
El comentario era objetivamente falso.
No importó.
Leyó otro.
• • •
Mucho ejecutivo brillante hasta que toca administrar su propio dinero.
Adrián sintió el golpe.
Abrió inmediatamente sus cuentas.
Patrimonio.
La cifra demostraba que aquel desconocido estaba equivocado.
Miró.
No sintió alivio.
Volvió al comentario.
Lo leyó otra vez.
• • •
Ese fue el momento en que algo comenzó a desplazarse.
No una caída.
Un deslizamiento.
Como tierra húmeda que parece firme hasta que deja de sostener peso.
• • •
Durante las semanas siguientes, Adrián funcionó.
Eso sería importante después.
No desapareció de la oficina.
No dejó de bañarse.
No empezó a llegar con ropa arrugada.
No se volvió incapaz de trabajar.
Al contrario.
Seguía siendo Adrián Salvatierra.
Y precisamente por eso casi nadie comprendió cuánto estaba empeorando.
• • •
Llegaba temprano.
Tomaba decisiones.
Negociaba.
Sonreía.
Firmaba.
Preguntaba.
Corregía.
Después regresaba a casa y se quedaba sentado dentro del automóvil.
Diez minutos.
Veinte.
Una noche cuarenta.
• • •
Empezó a evitar llamadas personales.
No porque no quisiera a la gente.
Porque cada conversación exigía una versión de él.
Daniel:
padre.
Elena:
pareja.
Gabriel:
amigo.
Valeria:
copadre.
Claudia, si la llamaba:
él mismo.
Esa última era la más difícil.
• • •
Valeria llamó por un asunto de Daniel.
—Tiene una actividad el jueves.
—Está bien.
—¿Podés ir?
Adrián abrió calendario.
Podía.
—Sí.
—¿Seguro?
La palabra volvió.
Adrián sintió irritación.
—Sí.
Valeria notó el tono.
—Solo pregunté.
—Ya sé.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Adrián.
—¿Qué?
—Nada.
Ella dejó la frase.
Eso le dolió.
• • •
Fue a la actividad.
Llegó temprano.
Daniel lo vio.
Sonrió.
Adrián estuvo allí.
Aplaudió.
Tomó una fotografía.
Hizo todo bien.
Cuando terminó, Daniel corrió con amigos.
Adrián se quedó solo entre padres conversando.
Una mujer lo reconoció.
—¿Usted es el papá de Daniel?
—Sí.
—Soy la mamá de Andrés.
Hablaron.
Colegio.
Adolescencia.
La mujer dijo:
—Daniel siempre habla muy bien de usted.
Adrián quedó quieto.
—¿Sí?
—Muchísimo.
Sonrió.
Debería haberle hecho bien.
En cambio pensó:
Si supiera.
• • •
¿Si supiera qué?
No había hecho nada.
Ese era el problema.
La vergüenza empezaba a existir sin objeto.
• • •
Esa noche escribió a Claudia.
Hola. Necesito reagendar.
Miró.
No envió.
Bloqueó.
• • •
Dos días después volvió a abrir el mensaje.
Seguía allí como borrador.
No envió.
• • •
Elena regresó.
Encontró a Adrián en la cocina.
—Hola.
Él sonrió.
La abrazó.
—Te extrañé.
Era verdad.
Ella lo besó.
Durante varios minutos se sintió mejor.
Eso le dio esperanza.
• • •
Cenaron.
Adrián habló de negocios.
Elena habló de su viaje.
Rieron.
Normal.
Después ella preguntó:
—¿Cómo has estado?
Adrián respondió:
—Bien.
La palabra salió automática.
Elena lo miró.
Adrián corrigió:
—Cansado.
Ella esperó.
—¿Qué más?
Adrián sintió irritación.
No con ella.
Con la pregunta.
—Nada más.
Elena siguió mirándolo.
—Está bien.
Continuaron cenando.
Adrián sintió alivio.
Y decepción.
Quería que insistiera.
No quería que insistiera.
Ambas cosas podían ser ciertas.
Eso lo agotaba.
• • •
Más tarde Elena estaba en el baño.
Su teléfono vibró.
Adrián vio la pantalla.
No leyó el contenido.
Solo el nombre de una amiga.
Nada.
Sintió de pronto miedo de que Elena se cansara.
No había razón.
Absolutamente ninguna.
Aun así apareció.
Valeria.
La separación.
No todo silencio significa abandono.
Intentó repetirlo.
No funcionó.
• • •
Esa noche no durmió.
A las dos diecisiete estaba despierto.
A las tres.
A las cuatro.
Cuando Elena despertó a las seis, Adrián estaba vestido.
—¿A dónde vas?
—Oficina.
—¿Dormiste?
—Sí.
Mentira.
Ella lo miró.
—Adrián.
—Tengo una reunión temprano.
No la tenía.
Salió.
• • •
En el automóvil sintió culpa.
Por mentir.
Una mentira pequeña.
Sin necesidad.
Eso lo preocupó.
Pensó en volver.
No lo hizo.
• • •
Llegó a Salvatierra a las seis treinta.
La oficina estaba vacía.
Entró.
Encendió luces.
Se sentó.
Durante algunos minutos no hizo nada.
Después abrió correo.
Otra vez alivio.
• • •
A las nueve Laura entró.
Lo vio.
—¿Desde cuándo estás aquí?
—Un rato.
—Mentira.
Adrián levantó la vista.
Ella dejó café.
—Te vi conectado a las seis cuarenta.
—Eso no significa que estuviera aquí.
—Tu computadora sí.
—Necesitás hobbies.
Laura no rio.
—Volvé con Claudia.
Silencio.
Adrián sintió enojo instantáneo.
—No te corresponde.
Laura recibió la frase.
La misma.
Años atrás.
Adrián la recordó en el instante en que salió.
Eso no te corresponde.
Laura bajó la mirada.
—Está bien.
Recogió unos documentos.
Adrián sintió miedo.
—No.
Ella giró.
—¿Qué?