CAPÍTULO XVII — El valor de un nombre
El primer periodista llamó a las diez cuarenta y dos de la mañana.
Laura vio el número.
No lo reconoció.
Contestó.
—Salvatierra Capital, buenos días.
Escuchó.
Su expresión cambió.
Adrián estaba frente a ella hablando con Gabriel.
No necesitó oír la conversación.
Supo.
Laura tomó una hoja.
Escribió:
PRENSA
La giró.
Adrián dejó de hablar.
• • •
—¿Quién?
preguntó cuando Laura colgó.
—Economía Regional.
—¿Qué saben?
—Preguntaron por una revisión regulatoria en Novaris.
Gabriel soltó aire.
—Mierda.
Adrián extendió la mano.
—Número.
—No.
—Laura.
—Legal dijo que cualquier contacto de prensa...
—Dame el número.
Gabriel intervino.
—No vas a llamar.
Adrián giró.
—Quiero saber qué tienen.
—Y el periodista quiere saber qué vos tenés.
—No soy idiota.
—Nunca dije eso.
—Entonces.
Gabriel señaló el teléfono.
—No improvisamos una estrategia de comunicación porque te incomoda no controlar la conversación.
Adrián apretó los labios.
Laura permaneció inmóvil.
Finalmente Adrián retiró la mano.
—Llamá a Legal.
• • •
El segundo periodista escribió doce minutos después.
El tercero no llamó.
Mandó preguntas por correo.
¿Está Salvatierra Capital bajo investigación?
¿Las irregularidades identificadas en Novaris preceden a la adquisición?
¿Tenía conocimiento Adrián Salvatierra de prácticas contables cuestionadas por el regulador?
Adrián leyó la tercera tres veces.
¿Tenía conocimiento Adrián Salvatierra...?
No:
Salvatierra Capital.
Adrián.
Su nombre ya había salido de la empresa.
• • •
—Respondemos hoy.
dijo.
El abogado externo estaba en videollamada.
—Sí.
—Quiero decir claramente que yo no conocía ninguna irregularidad.
—No.
Adrián levantó la vista.
—¿Cómo que no?
—Porque todavía no hemos concluido que existieran irregularidades en todos los puntos que se están revisando.
—Entonces decimos que no tenía conocimiento de las prácticas bajo revisión.
—Tampoco lo aconsejo así.
—¿Por qué?
—Porque no hemos terminado el análisis de qué información recibió la junta y cuándo.
Silencio.
Adrián sintió calor.
—¿Estás sugiriendo que yo sabía?
—No.
—Suena exactamente así.
—Estoy diciendo que una comunicación pública debe ser precisa.
—Yo sé lo que sabía.
—Legalmente, necesitamos documentarlo.
Adrián se levantó.
—Increíble.
Gabriel lo miró.
—Sentate.
—No.
El abogado continuó:
—Adrián, esto no es una acusación.
—Parece.
—Precisamente estamos protegiéndote de hacer una afirmación demasiado amplia que después pueda interpretarse fuera de contexto.
Adrián permaneció de pie.
Protegerlo.
Otra palabra que odiaba cuando no era él quien la pronunciaba.
• • •
La declaración salió a las doce veintitrés.
Breve.
Salvatierra Capital confirmaba que Novaris Financial estaba colaborando con una solicitud de información de la autoridad competente.
La firma había iniciado además una revisión independiente de determinadas prácticas contables y operativas.
No existía, hasta ese momento, una determinación de conducta irregular por parte de Salvatierra Capital ni de sus directores.
Adrián la leyó.
—Suena culpable.
—Suena jurídico.
dijo Laura.
—Exacto.
Gabriel levantó la vista.
—No ganamos nada diciendo más hoy.
Adrián dejó el comunicado.
—Odio esto.
—Ya lo sabemos.
• • •
El primer artículo apareció a la una y seis.
No era terrible.
Eso casi fue peor.
El titular decía:
REGULADOR REVISA PRÁCTICAS DE NOVARIS FINANCIAL; SALVATIERRA CAPITAL INICIA INVESTIGACIÓN INTERNA
Correcto.
Frío.
La fotografía era de la sede de Novaris.
Adrián sintió alivio.
El segundo artículo salió diecisiete minutos después.
Mismo tema.
Otra fotografía.
Esta vez la suya.
• • •
Traje oscuro.
Brazos cruzados.
Ventanal detrás.
La fotografía de la revista.
La misma que meses atrás representaba exactamente lo que Adrián quería que el mundo viera.
Seguridad.
Poder.
Control.
Ahora estaba debajo de otro titular:
FIRMA DE ADRIÁN SALVATIERRA ENFRENTA REVISIÓN REGULATORIA POR OPERACIONES DE EMPRESA PARTICIPADA
Adrián dejó de respirar por un instante.
—¿Por qué usaron esa foto?
Laura lo miró.
No existía una respuesta útil.
—Es pública.
Adrián amplió.
Su propio rostro parecía pertenecerle a otra persona.
• • •
A las dos, había ocho artículos.
A las tres, doce.
Nada viral.
Nada nacionalmente escandaloso.
Pero dentro de su mundo, suficiente.
Bancos.
Inversionistas.
Ejecutivos.
Fondos.
Personas que conocían su apellido.
Y esas eran precisamente las personas que a Adrián le importaban.
• • •
El fondo internacional pidió reunión extraordinaria.
No exigieron explicaciones por teléfono.
Eso indicaba seriedad.
A las cuatro estaban conectados.
Tres representantes del fondo.
Legal.
Gabriel.
Adrián.
El socio principal habló.
—Necesitamos separar hechos de especulación.
Adrián casi agradeció la frase.
Eso sabía hacer.
Presentó cronología.
Adquisición.
Due diligence.
Auditorías.
Primeras diferencias.
Revisión.
Solicitud del regulador.
Sin emoción.
Quince minutos.
Perfecto.
Cuando terminó, el socio preguntó:
—¿Exposición personal de Adrián?
El abogado respondió.
—Con la información disponible, ninguna conducta personal identificada.
Adrián sintió alivio.
Duró poco.
—¿Gobierno?
preguntó el fondo.
—Eso sigue bajo revisión.
Ahí estaba.
Otra vez.
No culpable.
Pero quizá responsable.
La diferencia que su mente cada vez toleraba menos.
• • •
—Quiero decir algo.
Adrián habló.
Todos esperaron.
—Yo presidía la junta.
—Defendí la continuidad del CEO.
—Presenté Novaris ante nuestros inversionistas.
Gabriel giró hacia él.
Adrián continuó:
—Si existen fallas de gobierno posteriores a nuestra adquisición, no voy a esconderme detrás de un organigrama.
Silencio.
El socio del fondo respondió:
—Eso te honra.
La frase debería haberlo tranquilizado.
No lo hizo.
Porque Adrián no había dicho aquello para parecer honorable.
Lo había dicho porque empezaba a necesitar castigo.
• • •
A las cinco y doce recibió un mensaje de su banquero privado.
Cuando tengas un espacio, llamame. No es urgente.
Adrián lo leyó.
Las tres últimas palabras le produjeron ansiedad.
No es urgente.
En banca privada, eso podía significar absolutamente cualquier cosa.
Llamó inmediatamente.
• • •
—Primero —dijo el banquero—, esto no tiene impacto en tus cuentas.
Adrián caminaba por la oficina.
—No pensé que lo tuviera.
—Bien.
Mentira.
—Segundo, quería saber cómo estás.
Adrián se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque te conozco hace años.
—Estoy bien.
Silencio.
El banquero no discutió.
Otra persona aprendiendo a no hacerlo.
• • •
—Tenemos liquidez más que suficiente.
continuó Adrián.
—Lo sé.
—La cartera está diversificada.
—Lo sé.
—Mi exposición personal a Novaris es indirecta y limitada dentro del patrimonio total.
—Adrián.
Se detuvo.
—Yo no te llamé para revisar solvencia.
Silencio.
Adrián miró hacia la ventana.
—Entonces estamos bien.
—Está bien.
La llamada terminó.
Adrián sintió irritación.
¿Por qué todo el mundo quería hablar de cómo se sentía cuando había una empresa bajo revisión?
Había cosas concretas que hacer.
Sentirse no era una de ellas.
• • •
A las seis, Laura trajo comida.
Adrián no la tocó.
A las siete, Gabriel se fue.
—Vos también.
dijo.
—Después.
Gabriel lo miró.
La palabra.
Adrián la escuchó.
—Tengo que revisar el reporte.
—El reporte va a seguir existiendo mañana.
—Yo también.
Gabriel se quedó quieto.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara.
—Andate antes de medianoche.
—Sí, mamá.
Gabriel no rio.
Salió.
• • •
A las ocho y treinta, Adrián cometió el error de abrir comentarios.
No tenía ninguna razón para hacerlo.
Los artículos profesionales no le bastaban.
Quería saber qué estaba diciendo la gente.
Encontró un comentario:
Estos tipos siempre terminan igual.
Otro:
Mucho traje, mucho fondo de inversión y cuando revisan aparecen cosas.
Otro:
A ver de dónde salió tanta plata tan rápido.
Adrián quedó inmóvil.
De dónde salió tanta plata.
Sintió una oleada de calor.
Quince años.
Bonos.
Inversiones.
Mercados.
Dividendos.
Empresas.
Riesgo.
Trabajo.
Londres.
Nueva York.
Singapur.
Zúrich.
Noches.
Aeropuertos.
Todo reducido por un desconocido a:
a ver de dónde salió.
• • •
Abrió el perfil.
Nadie que conociera.
Cerró.
Otro comentario:
Ese Salvatierra siempre me pareció puro marketing.
Adrián soltó una risa.
¿Marketing?
Había pasado media vida evitando entrevistas.
No importaba.
Leyó otro.
Y otro.
Un mecanismo extraño empezó.
Cada comentario le hacía daño.
Y cada vez que le hacía daño quería encontrar el siguiente.
Como si en algún punto pudiera aparecer uno que reparara los anteriores.
No apareció.
• • •
A las nueve cincuenta y cuatro, Laura volvió a entrar.
Había regresado por su computadora.
Vio la pantalla.
—No.
Adrián minimizó.
—¿Qué?
—No leás eso.
—No estoy...
Laura lo miró.
Adrián dejó de mentir.
—Quiero saber qué dicen.
—¿Por qué?
—Reputación.
—Eso no es medir reputación.
—Es información.
—No.
Laura negó.
—Es gente aburrida escribiendo cosas en internet.
Adrián sintió enojo.
—No podés saber quién está leyendo.
—Tampoco vos.
—Exactamente.
—Adrián.
Laura tomó su computadora.
—Andate.
—Todos se pusieron de acuerdo hoy.
—Sí.
—¿Grupo de WhatsApp?
—Tenemos uno sin vos.
Adrián casi sonrió.
Laura caminó hacia la puerta.
—No leás más.
Él no respondió.
Esperó a que saliera.
Volvió a abrir.
• • •
El mensaje de Daniel llegó a las diez once.
Pa, vi algo de tu empresa.
Adrián dejó de leer comentarios.
El corazón cambió de ritmo.
Escribió:
Todo está bajo control.
Se detuvo.
Borró.
Escribió:
Estamos revisando unas cosas en una de las empresas. Yo estoy bien.
Miró.
Envió.
• • •
Daniel respondió:
¿Hiciste algo?
Adrián sintió dolor.
No por la pregunta.
Por la existencia de la pregunta.
Su hijo tenía derecho a hacerla.
Y eso era insoportable.
• • •
No.
Agregó:
Nada ilegal ni incorrecto.
Daniel tardó.
Seguro?
Adrián cerró los ojos.
Completamente.
Tres puntos.
Entonces yo te creo.
• • •
Adrián se quedó mirando esas cuatro palabras.
Yo te creo.
Después Daniel escribió:
Mamá dijo que no lea comentarios.
Adrián soltó una carcajada inesperada.
Escribió:
Tu mamá suele tener razón en cosas molestas.
Daniel:
😂
Adrián sonrió.
Pero cuando la conversación terminó, empezó a llorar.
• • •
No mucho.