LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO XVI — Tres cifras #2
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CAPÍTULO XVI — Tres cifras #2

Los servicios podían haber ocurrido.

Pero la descripción era genérica.

Adrián miró.

—¿Quién aprobó?

Laura respondió:

—Finanzas.

—¿Quién en Finanzas?

Nombre.

Adrián lo reconoció.

Director financiero de Novaris.

—¿Y Esteban?

—Algunas operaciones llevan su visto bueno.

Silencio.

• • •

Gabriel se levantó.

—Necesito café.

Adrián no se movió.

Laura lo observó.

—¿Comiste?

Adrián levantó la mirada.

—¿Qué?

—Desayuno.

—No.

—Voy a pedir.

—No tengo hambre.

—No pregunté.

Salió.

Gabriel sonrió apenas.

—Ya somos dos intentando mantenerte vivo.

La frase era una broma.

Adrián no rio.

• • •

A mediodía, la revisión cambió otra vez.

El auditor externo encontró una inconsistencia histórica.

Anterior a la compra de Salvatierra Capital.

Adrián sintió alivio.

—Entonces esto venía de antes.

El auditor no respondió como esperaba.

—Una parte.

—¿Qué significa?

—Encontramos operaciones similares posteriores a la adquisición.

El alivio desapareció.

• • •

Adrián pidió quedarse solo.

Cuando todos salieron, abrió el data room original de Novaris.

Due diligence.

Auditorías.

Reportes.

Presentaciones.

Revisó.

Una página.

Otra.

Buscaba algo.

No sabía qué.

Una señal.

Un error.

Una advertencia que hubiera debido ver.

Nada.

Los documentos parecían los mismos.

Correctos.

Limpios.

Profesionales.

Eso lo desesperó más.

• • •

Abrió la libreta.

Principios.

Capital.

Gobierno.

Debajo de una página encontró una nota del análisis original:

CEO sólido. Mantener.

Adrián la miró.

Su propia letra.

Sintió vergüenza.

No lógica.

Personal.

Había confiado.

Y una parte de él empezó inmediatamente a traducir confianza como incompetencia.

• • •

Gabriel entró sin tocar.

Vio la página.

—No hagás eso.

Adrián levantó la mirada.

—¿Qué?

—Buscar la frase que demuestre que fue tu culpa.

Adrián cerró la libreta.

—Yo defendí mantenerlo.

—Yo también.

—Pero la decisión final...

—Fue del comité.

—Yo presidía.

—Sí.

—Entonces.

Gabriel se sentó.

—No.

Adrián lo miró.

—No qué.

—No vas a convertir responsabilidad en omnisciencia.

—No sabíamos.

dijo Gabriel.

—Tal vez debimos saber.

—Tal vez.

—Entonces.

—Eso lo vamos a determinar.

Gabriel se inclinó.

—Después.

La palabra.

Adrián levantó los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo, después no significaba postergar a alguien que amaba.

Significaba aceptar que todavía no tenía una respuesta.

Lo odió.

• • •

A las cuatro, Legal pidió una reunión urgente.

El abogado apareció en pantalla.

—Tenemos otro problema.

Adrián sintió que algo dentro se endurecía.

—¿Cuál?

—Recibimos una solicitud preliminar de información del regulador.

Silencio.

Gabriel dejó de escribir.

Laura cerró los ojos.

Adrián no reaccionó durante varios segundos.

—¿Por esto?

—No sabemos si está relacionado.

—¿Qué piden?

—Información sobre determinadas prácticas de cartera y reconocimiento de ingresos.

Relacionado.

Claro que estaba relacionado.

• • •

—¿Investigación?

preguntó Adrián.

—Todavía no formalmente contra Salvatierra Capital.

—No pregunté eso.

El abogado hizo una pausa.

—Puede haber una revisión sobre Novaris.

Adrián miró la fotografía corporativa que estaba sobre una mesa.

Él.

Traje oscuro.

Brazos cruzados.

Seguro.

El artículo:

CONSTRUCTOR DE EMPRESAS

Por primera vez aquella imagen le produjo rechazo.

• • •

—¿Prensa?

preguntó.

—Nada.

—¿Se puede filtrar?

—Todo puede filtrarse.

Adrián cerró los ojos.

Ahí apareció un miedo diferente.

No dinero.

No Orbis.

No cartera.

Su nombre.

• • •

Salvatierra Capital.

Su apellido.

La frase que había dicho a Gabriel años atrás:

Si lleva mi nombre, respondo por lo que haga.

En ese momento le había parecido una declaración de integridad.

Ahora se sentía como una sentencia.

• • •

La reunión terminó.

Laura recogió documentos.

Gabriel se quedó.

Adrián miraba hacia afuera.

—Decilo.

dijo Gabriel.

—¿Qué?

—Lo que estás pensando.

Adrián tardó.

—No lo vi.

Gabriel respiró.

—Todavía no sabemos qué había para ver.

—No lo vi.

—Adrián.

—Compramos una financiera.

—La dejamos crecer.

—Defendí al CEO.

—Presenté resultados a inversionistas.

La voz empezó a subir.

—Mi apellido está en esa puerta.

Gabriel esperó.

Adrián bajó la voz.

—No lo vi.

• • •

Gabriel se acercó.

—Escuchame.

Adrián no giró.

—Si alguien hizo algo incorrecto, la responsabilidad es de quien lo hizo.

—Nosotros tenemos que determinar cómo pasó.

—Qué controles fallaron.

—Qué debimos detectar.

—Eso es responsabilidad.

Adrián finalmente lo miró.

—Decidir ahora que todo demuestra que sos un fraude no es responsabilidad.

La palabra.

Fraude.

No legal.

Personal.

Adrián quedó quieto.

• • •

—No dije eso.

—No necesitás.

Gabriel tomó su saco.

—Andate a casa.

—No.

—Sí.

—No.

Gabriel suspiró.

—Entonces al menos comé.

Salió.

• • •

Adrián se quedó.

Naturalmente.

A las ocho.

A las diez.

A medianoche.

Revisó documentos.

Correos.

Presentaciones antiguas.

Buscaba un momento.

Una señal.

Algo que pudiera señalar y decir:

Ahí.

No encontró nada.

• • •

A las dos diecisiete de la madrugada, el teléfono vibró.

Elena.

¿Dónde estás?

Adrián miró la hora.

2:17.

Otra vez.

Escribió:

Oficina.

Respuesta inmediata:

Andate.

Adrián:

No puedo.

Elena:

¿Porque hay algo que hacer o porque no querés ir a casa?

Adrián se quedó mirando.

No respondió.

Elena escribió:

Eso pensé.

Adrián bloqueó el teléfono.

La oficina quedó silenciosa.

Sobre el escritorio:

tres cifras.

Habían sido pequeñas.

Ahora detrás de ellas había auditores.

Abogados.

Regulador.

Posibles irregularidades.

Y una pregunta mucho más grande.

Adrián miró su reflejo en la ventana.

Por primera vez en muchos años no estaba seguro de si reconocía al hombre del otro lado.

• • •