CAPÍTULO X — Lo que sería mío #2
¿Almorzamos cuando llegue?
Gabriel:
Ahora suena carísimo.
• • •
Se encontraron tres días después.
Un restaurante discreto.
Nada de hotel de cinco estrellas.
Nada de clientes.
Gabriel llegó seis minutos tarde.
Adrián miró el reloj.
—Seis.
—Hola para vos también.
—La puntualidad es gratis.
Gabriel se sentó.
—Por eso te gusta.
Pidieron café.
Gabriel lo observó.
—¿Qué querés?
—Almorzar.
—Mentira.
—¿Por qué todo el mundo empieza a conocerme demasiado?
—Porque sos predecible cuando vas a hacer una estupidez.
—Estoy pensando en crear una firma.
Gabriel dejó de bromear.
—¿De qué?
—Capital estratégico.
—Eso significa cualquier cosa.
—Inversión privada con operación directa.
—Private equity.
—No exactamente.
—Exactamente.
—Quiero intervenir más.
—Eso también existe.
Adrián cerró los ojos.
—¿Puedo terminar?
—Claro.
Gabriel tomó café.
—Pero hasta ahora inventaste una industria que ya existe.
Adrián rio.
Después comenzó a explicar.
Empresas medianas.
Participaciones de control.
Capital propio.
Capital externo.
Reestructuración.
Expansión regional.
Adquisiciones complementarias.
Gabriel dejó de interrumpir.
Eso era buena señal.
Veinte minutos después tomó una servilleta.
Escribió una cifra.
—¿Cuánto levantás?
Adrián respondió.
Gabriel miró.
—Eso no es una firma pequeña.
—No quiero una firma pequeña.
—Claro que no.
Gabriel escribió otra cifra.
—¿Cuánto tuyo?
Adrián dio un rango.
Gabriel levantó la mirada.
—Demasiado.
—No.
—Sí.
—Es una fracción.
—De patrimonio total.
—Exacto.
—No de liquidez.
Adrián se recostó.
—Tengo liquidez.
—Tenés una relación patológica con esa palabra.
—Tengo suficiente.
Gabriel sonrió.
—Peor.
Dejó el bolígrafo.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué querés hacerlo?
Adrián comenzó con la respuesta empresarial.
—Hay oportunidades interesantes en mercados regionales...
Gabriel levantó una mano.
—No me presentés.
—Te estoy explicando.
—No.
—Me estás vendiendo.
Silencio.
Adrián lo miró.
Gabriel esperó.
—Quiero construir algo mío.
La respuesta salió limpia.
Gabriel asintió.
—Eso sí te lo creo.
Adrián tomó café.
—Y quiero saber cuánto valgo sin el logo detrás.
Gabriel dejó la taza.
Aquello no estaba en la presentación.
—Eso me preocupa más.
Adrián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque una cosa es invertir.
—Otra es usar una empresa para contestar una pregunta sobre tu identidad.
Adrián sonrió sin humor.
—Últimamente todo el mundo quiere hacer psicología.
—Yo te cobro más barato.
—Se nota.
Gabriel se inclinó.
—¿El divorcio tiene algo que ver?
—No.
Demasiado rápido.
Gabriel esperó.
Adrián suspiró.
—Tal vez.
—¿Cuánto?
—No sé.
—Mala respuesta.
—Es la verdad.
Gabriel asintió.
—Mejor.
• • •
Hablaron casi dos horas.
Riesgo.
Capital.
Estructura.
Socios.
Gobierno.
Gabriel era escéptico.
Eso era exactamente lo que Adrián necesitaba.
Por eso había ido a él.
Antes de levantarse, Gabriel preguntó:
—¿Ya tiene nombre tu imperio?
—No es un imperio.
—Todavía.
Adrián tomó la libreta.
La abrió en una página.
Había probado varias opciones.
Algunas en inglés.
Otras demasiado sofisticadas.
Una parecía nombre de bufete.
Otra de aseguradora.
Al final había escrito:
SALVATIERRA CAPITAL
Gabriel lo leyó.
Miró a Adrián.
—Sutil.
—¿No te gusta?
—Es exactamente lo que vos llamarías a una empresa.
—Eso no responde.
—Sí me gusta.
Adrián observó el nombre.
Su apellido.
Aquello tenía peso.
Responsabilidad.
Reputación.
Si iba a construir algo propio, quería poner algo detrás que no pudiera esconder.
—Si lleva mi nombre —dijo— respondo por lo que haga.
Gabriel lo miró.
Años después recordaría aquella frase.
Por motivos muy diferentes.
• • •
No renunció inmediatamente.
Eso habría sido irresponsable.
Y Adrián no se consideraba irresponsable.
Durante meses estudió.
En secreto.
Vuelos.
Noches.
Fines de semana sin Daniel.
Investigó empresas.
Sectores.
Valuaciones.
Armó modelos.
Habló con abogados bajo confidencialidad.
Consultó estructuras.
Analizó posibles inversionistas.
Y empezó a descubrir algo emocionante.
La idea funcionaba.
No solo emocionalmente.
Financieramente.
• • •
Elena lo notó durante una llamada.
Adrián estaba en Zúrich.
Ella en Nueva York.
—Estás distraído.
—Estoy escuchando.
—Eso dijiste demasiado rápido.
—Tengo una idea.
—Peligroso.
—Todo el mundo responde eso.
—Entonces quizá el problema sos vos.
Adrián caminó hacia la ventana.
—Estoy pensando en dejar la empresa.
—¿Elena?
—Estoy aquí.
—No dijiste nada.
—Estoy procesando.
Adrián esperó.
—¿Por qué? —preguntó ella.
Ahí estaba otra vez.
—El mercado regional presenta oportunidades que...
—No.
Adrián cerró los ojos.
—¿No qué?
—Eso explica por qué puede ser negocio.
—¿Por qué querés irte?
Adrián miró Zúrich.
—Quiero construir algo mío.
Elena guardó silencio.
—¿Eso te parece una locura?
—Probablemente.
Adrián rio.
—Gracias.
—No dije que no debás hacerlo.
—Suena parecido.
—No.
Elena habló más despacio.
—Solo creo que deberías preguntarte si querés construir algo o demostrar algo.
Adrián dejó de sonreír.
—¿Cuál es la diferencia?
—Mucha.
—Si funciona, el resultado es el mismo.
—Para la empresa quizá.
—Para vos no.
Adrián miró el reflejo en la ventana.
—¿Y si quiero ambas?
Elena no respondió inmediatamente.
—Entonces al menos sabés que existen las dos.
Adrián sonrió ligeramente.
—A veces sos muy poco divertida.
—Estoy creciendo.
• • •
Esa noche abrió nuevamente la libreta.
Salvatierra Capital.
Debajo escribió:
¿CONSTRUIR O DEMOSTRAR?
Lo miró.
Después agregó:
AMBAS.
Adrián sonrió.
Al menos era sincero.
• • •
Presentó la renuncia seis meses después.
Nueva York.
No por correo.
Traje azul oscuro.
Camisa blanca.
Sin corbata.
El presidente regional leyó la carta.
Después la dejó.
—¿Dinero?
—No.
—Podemos ajustar compensación.
—No es eso.
—¿Posición?
—Tampoco.
—¿Querés CEO?
—Algún día quizá.
—Entonces ¿qué demonios querés?
Adrián miró hacia Manhattan.
—Quiero saber qué puedo construir sin este logo detrás.
El presidente se recostó.
—Crisis de mediana edad.
Adrián rio.
—Comprarme otro deportivo sería más barato.
—Ya tenés uno.
—Buen punto.
El hombre tomó la carta.
—¿Qué vas a hacer?
—Invertir.
—Siempre invertiste.
—Ahora quiero dirigir lo que compro.
El presidente entendió.
—Fondo.
—Algo parecido.
—Vas a odiar levantar capital.
—Probablemente.
—Vas a extrañar tener legal, finanzas, recursos humanos, operaciones y veinte departamentos arreglando cosas que ni siquiera sabés que existen.
—Probablemente.
—Y vas a descubrir algo.
Adrián esperó.
—Administrar el dinero de una corporación no se siente igual cuando el dinero que podés perder lleva tu nombre.
—También me dijeron eso.
—Deberías escuchar más.
—Nunca fue mi mejor cualidad.
El presidente se levantó.
Extendió la mano.
—Si te arrepentís, llamame.
Adrián la estrechó.
—No me voy a arrepentir.
Ambos sabían que nadie podía prometer eso.
• • •
Cuando salió del edificio sintió algo que no había sentido en años.
Miedo.
Y libertad.
El teléfono corporativo todavía estaba en su mano.
Lo miró.
Correos.
Mensajes.
Aplicaciones.
Pronto dejaría de funcionar.
Durante quince años miles de personas habían podido encontrarlo mediante una dirección electrónica que en pocas semanas dejaría de existir.
Adrián entró al automóvil.
El conductor preguntó:
—¿Al hotel, señor?
Adrián miró el edificio por la ventana.
—Todavía no.
—¿Dónde quiere ir?
Pensó.
No tenía reunión.
No tenía llamada.
No tenía obligación inmediata.
Aquello se sintió aterrador.
—Maneje.
El conductor miró por el retrovisor.
—¿Algún lugar en particular?
—No.
El automóvil avanzó.
Después de cuatro cuadras, Adrián sacó el teléfono personal.
Abrió el contacto de Daniel.
Llamó.
—Hola, pa.
—Hola.
—¿Qué hacés?
—Nada.
—¿Nada?
—Sí.
Adrián miró Manhattan.
—Yo tampoco.
Daniel rio.
—Eso sí no te creo.
—A partir de hoy quizá tengas que empezar.
• • •
Esa misma noche abrió la libreta.
Ya no escribió:
Proyecto S.
Escribió, por primera vez, el nombre completo en una página en blanco:
SALVATIERRA CAPITAL
Debajo:
Construir algo que valga la pena poseer.
Adrián dejó el bolígrafo.
Durante unos segundos sintió que estaba comenzando la etapa más importante de su vida.
En eso tenía razón.
Solo todavía no entendía cuánto iba a costarle.
• • •