LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO II — La casa donde faltaba el abrazo
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CAPÍTULO II — La casa donde faltaba el abrazo

Las noches eran peores que las mañanas.

En las mañanas al menos existía movimiento.

Correos. Llamadas. Reuniones. Pendientes.

El trabajo tenía la capacidad de anestesiarle la mente durante algunas horas.

Pero las noches eran distintas.

Las noches obligaban a Adrián a regresar a casa.

Y regresar a casa comenzaba a sentirse cada vez menos como volver a un hogar.

Aquella noche salió de la oficina cerca de las nueve y cuarenta.

La mayoría de pisos de la torre corporativa ya estaban vacíos.

Solo quedaban algunos analistas terminando reportes y personal de

limpieza

moviéndose

silenciosamente

entre

escritorios

iluminados por monitores todavía encendidos.

Adrián guardó lentamente la computadora portátil dentro del maletín.

Le dolía la espalda.

Los ojos.

La cabeza.

Pero lo que más le pesaba era esa sensación constante de estar viviendo únicamente para resolver problemas.

Cuando entró al ascensor revisó nuevamente el celular.

Tres llamadas perdidas de un proveedor.

Dos mensajes del director regional.

Un correo marcado como urgente.

Y ninguno de Valeria.

Aquello no debería haberle importado.

Pero le importaba.

Porque incluso después de tantos años seguía esperando pequeños gestos.

Una pregunta.

Un “¿cómo estuvo tu día?”

Un “te espero despierta”.

Algo.

Cualquier cosa que le recordara que todavía existía emocionalmente para alguien.

El estacionamiento estaba casi vacío cuando llegó a su vehículo.

Encendió el motor.

La radio comenzó automáticamente con un programa nocturno de noticias económicas.

La apagó.

Aquella noche no soportaba escuchar más voces hablando de productividad, crecimiento, inversiones o resultados.

Manejando de regreso al apartamento observó las luces de la ciudad reflejarse sobre el parabrisas húmedo.

Había algo profundamente triste en las noches urbanas.

Miles de ventanas encendidas.

Miles de personas regresando a sus casas.

Miles de vidas ocurriendo al mismo tiempo.

Y aun así, tanta gente sintiéndose sola.

Llegó al edificio poco después de las diez y veinte.

Subió lentamente en el ascensor mientras revisaba unos documentos desde el celular.

Cuando abrió la puerta del apartamento lo recibió el sonido del televisor encendido.

Valeria estaba sentada en la sala mirando una serie mientras sostenía una taza de té entre las manos.

Ni siquiera volteó inmediatamente a verlo.

—Hola.

La palabra salió neutra.

Sin emoción.

Sin molestia.

Sin cariño.

Simplemente una costumbre.

Adrián dejó las llaves sobre la mesa del comedor.

—¿Daniel ya está dormido?

—Hace rato.

Se hizo un pequeño silencio.

Adrián caminó hasta la cocina.

Había comida guardada en el microondas.

Fría.

Como casi todas las noches.

Mientras calentaba el plato observó el reflejo de Valeria en el

vidrio de la cocina.

Estaba absorta mirando la televisión.

Lejana.

Como si ambos vivieran en mundos distintos compartiendo únicamente paredes.

Se sentó frente al comedor y comenzó a comer lentamente.

Ni siquiera tenía hambre realmente.

Pero el cuerpo necesitaba algo después de catorce horas despierto.

Valeria bajó un poco el volumen del televisor.

—La profesora de Daniel pidió hablar con nosotros.

Adrián levantó apenas la mirada.

—¿Pasó algo?

—Dice que está más distraído últimamente.

Aquella frase le produjo una punzada incómoda.

—He estado ocupado.

Valeria soltó el aire lentamente.

—Siempre estás ocupado, Adrián.

El tono no fue agresivo.

Y quizá por eso dolió más.

Porque había resignación.

Una resignación vieja.

Acumulada.

Adrián dejó el tenedor sobre el plato.

—Estoy intentando sacar adelante todo.

—¿Todo qué?

Él la miró en silencio.

Por un instante quiso decirle la verdad completa.

Que estaba agotado.

Que sentía miedo constante de fracasar.

Que el trabajo se había convertido en el único lugar donde todavía sabía quién era.

Que cada vez que llegaba a casa sentía que caminaba dentro de una relación donde hacía años faltaba algo fundamental.

Afecto.

Pero no dijo nada.

Porque algunas conversaciones llegan demasiado tarde.

Valeria volvió a subir el volumen del televisor.

La conversación terminó exactamente igual que cientos de conversaciones anteriores:

sin gritos.

Sin solución.

Sin cercanía.

Adrián terminó de comer en silencio.

Después caminó hasta la habitación de Daniel.

La puerta estaba apenas entreabierta.

Entró despacio.

El niño dormía abrazando una almohada pequeña mientras una luz tenue de dinosaurios iluminaba parcialmente la habitación.

Adrián se sentó junto a la cama.

Observó a su hijo durante varios segundos.

Y allí, en medio del silencio de aquella habitación infantil, sintió una tristeza difícil de explicar.

Porque comprendió algo que llevaba tiempo negándose a aceptar.

Daniel estaba creciendo.

Y él se estaba perdiendo lentamente esa vida.

Le acomodó suavemente la cobija.

Después besó su frente.

—Perdón, campeón.

La frase salió apenas como un susurro.

Daniel ni siquiera despertó.

Adrián apagó la pequeña lámpara y salió de la habitación.

Cuando entró nuevamente a su cuarto encontró a Valeria ya acostada de espaldas.

Siempre de espaldas.

Se quedó observándola algunos segundos.

Años atrás aquella mujer había sido su lugar seguro.

Ahora parecían dos desconocidos sobreviviendo dentro de la misma rutina.

Se acostó lentamente.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Y aunque tenía el cuerpo agotado, Adrián pasó más de una hora mirando el techo antes de lograr quedarse dormido.