LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA
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CAPÍTULO I — El hombre que lo tenía todo
El despertador sonó exactamente a las cuatro y treinta y cinco de la mañana.
Como todos los días.
Adrián abrió los ojos antes incluso de que comenzara la segunda alarma. Durante años había entrenado al cuerpo para funcionar así: rápido, eficiente, automático.
Permaneció algunos segundos mirando el techo oscuro de la habitación.
A su lado, Valeria seguía dormida de espaldas a él.
Siempre dormía de espaldas.
Adrián ya ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que despertaron abrazados.
Apagó la alarma del celular y se sentó lentamente sobre la cama
intentando no hacer ruido. El apartamento permanecía en silencio. Afuera todavía era de noche.
Se levantó, tomó la camisa que había dejado preparada desde la noche anterior y caminó hacia el baño.
El espejo le devolvió la imagen de un hombre aparentemente exitoso.
Cabello bien peinado. Barba perfectamente recortada. Camisa planchada. Reloj elegante.
La imagen exacta de alguien que tenía el control de su vida.
Y, sin embargo, hacía tiempo que Adrián sentía que algo dentro de él comenzaba a derrumbarse lentamente.
Mientras se acomodaba la corbata escuchó el sonido de pequeños pasos acercándose por el pasillo.
Daniel.
El niño apareció todavía medio dormido, despeinado, abrazando una almohada pequeña contra el pecho.
—¿Ya te vas otra vez?
Adrián sintió un pequeño golpe de culpa.
Sonrió.
Una sonrisa cansada.
—Tengo reunión temprano, campeón.
Daniel bostezó.
—Ayer también tuviste.
Aquella frase sencilla le dolió más de lo que debería.
Se agachó frente al niño.
—Te prometo que el sábado vamos al cine.
Daniel lo observó unos segundos como si intentara decidir si todavía podía creer en esa promesa.
Después simplemente asintió.
Adrián le revolvió el cabello con cariño.
—Volvé a dormir.
El niño caminó nuevamente hacia la habitación arrastrando los pies.
Y Adrián permaneció inmóvil unos segundos observándolo alejarse.
Había momentos donde sentía que toda su vida giraba alrededor de una contradicción imposible.
Trabajaba demasiado para darle estabilidad a su familia.
Y precisamente por trabajar demasiado comenzaba a perderla.
En la cocina encendió la cafetera.
El olor del café recién hecho llenó lentamente el apartamento.
Aquello siempre le daba una sensación breve de normalidad.
Tomó la taza negra que usaba todas las mañanas y revisó el celular.
Veintisiete correos nuevos.
Tres mensajes del equipo regional.
Una reunión adelantada.
Dos reportes pendientes.
Un vuelo confirmado para el viernes.
Todo urgente.
Todo importante.
Todo dependía constantemente de él.
Valeria apareció en la cocina minutos después.
Llevaba una bata gris y el cabello recogido.
—¿Vas a llegar tarde otra vez?
No hubo buenos días.
No hubo beso.
No hubo abrazo.
Adrián dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—Probablemente.
Valeria abrió el refrigerador.
—Daniel tiene presentación en la escuela mañana.
—Lo sé.
—La anterior también te la perdiste.
El silencio cayó entre ambos.
No era una discusión todavía.
Pero llevaban años viviendo al borde de una.
Adrián respiró profundo.
—Estoy haciendo lo posible.
Valeria soltó una risa breve.
No una risa feliz.
Una de esas pequeñas risas cargadas de cansancio.
—Siempre decís lo mismo.
Aquella frase quedó flotando en la cocina mientras el café seguía soltando vapor sobre la mesa.
Adrián quiso responder.
Quiso decirle cuánto estaba soportando.
Cuánto trabajaba.
Cuánto miedo tenía de fracasar.
Cuánto peso sentía sobre los hombros todos los días.
Pero ya no sabía cómo explicarse sin que sonara a excusa.
Tomó las llaves del carro.
La computadora.
La chaqueta.
Y salió del apartamento con esa sensación incómoda de estar abandonando algo importante incluso antes de perderlo completamente.
La ciudad todavía permanecía medio dormida cuando comenzó a conducir.
Las calles húmedas. Los semáforos intermitentes. Los pocos vehículos avanzando entre luces amarillas.
Adrián manejaba en silencio escuchando noticias económicas en la radio.
Siempre noticias.
Siempre trabajo.
Siempre productividad.
A veces se preguntaba en qué momento había comenzado a convertirse únicamente en eso.
Un hombre útil.
Un hombre eficiente.
Un hombre necesario para todos…
excepto emocionalmente para sí mismo.
La torre corporativa apareció frente a él poco antes de las seis de la mañana.
Vidrios oscuros. Luces encendidas. Recepción impecable.
El tipo de lugar donde las personas aprendían a ocultar perfectamente el cansancio.
Cuando Adrián entró al edificio varios compañeros lo saludaron
inmediatamente.
—¡Buenos días, Adrián!
—¿Listo para la reunión regional?
—Necesitamos revisar el informe antes de las ocho.
Todos parecían admirarlo.
Y eso era justamente lo más peligroso.
Porque mientras más exitoso se volvía frente al mundo…
más vacío comenzaba a sentirse cuando regresaba a casa.