La Llave de Santiago (El Código del Camino de Santiago 5) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Llegaron al monasterio abandonado, apenas hora y media después de la llamada de Otero, encontrando todavía el aire cargado de humo y el propio equipo de bomberos terminando de asegurar la estructura, considerablemente más deteriorada de lo que cualquier fotografía había logrado transmitir.

El sargento Otero los recibió junto a la entrada, con la misma expresión seria que Gabriel recordaba de meses atrás en O Cebreiro, aunque esta vez marcada por una inquietud considerablemente más fresca.

---Los peritos confirmaron que el fuego se inició de manera deliberada, en al menos tres puntos distintos de la estructura ---informó, guiándolos hacia el interior todavía humeante, con extremo cuidado sobre los restos ennegrecidos---.

No fue un accidente, ni tampoco el trabajo de vándalos comunes.

Alguien sabía exactamente qué estaba haciendo.

Gabriel, avanzando entre los restos calcinados con Lucía y Adrien siguiéndolo de cerca, sintió que la calma de las últimas semanas terminaba de disolverse por completo, reemplazada por la misma tensión familiar que había acompañado cada uno de los cuatro tomos anteriores.

La piedra que Otero les había mencionado por teléfono descansaba, ya retirada con cuidado por el propio equipo forense, sobre una mesa improvisada junto a la entrada del edificio.

Adrien se inclinó sobre ella, examinando la marca tallada con una atención que revelaba, de inmediato, un reconocimiento parcial.

---Esto no es ningún símbolo que hayamos visto en las investigaciones anteriores ---dijo, tras varios minutos de examen cuidadoso---.

Pero tampoco es completamente ajeno al propio vocabulario simbólico que venimos documentando desde Bobbio.

Miren esta forma, aquí, en el centro: es similar a la cruz de brazos desiguales de San Juan de la Peña, pero invertida, y rodeada de lo que parecen ser llamas estilizadas, no el habitual patrón de ocho radios que asociamos con los custodios originales.

Lucía, fotografiando la piedra desde múltiples ángulos con el mismo cuidado meticuloso de siempre, formuló la pregunta que ya empezaba a inquietar a todo el equipo.

---¿Y si esto no es obra de nadie que conocemos? ¿Y si se trata de alguien completamente nuevo, usando deliberadamente nuestro propio vocabulario simbólico, pero invertido, como una especie de declaración?

Otero, escuchando aquel intercambio sin comprender del todo la magnitud histórica que Gabriel y su equipo parecían encontrar en un simple fragmento de piedra chamuscada, aportó el dato final que terminó de confirmar la gravedad de la situación.

---Hay algo más que deberían saber ---dijo---. Recibimos, esta misma mañana, un reporte similar desde otro monasterio abandonado, esta vez cerca de Astorga, a casi ochenta kilómetros de distancia. Mismo patrón de incendio deliberado. Misma clase de marca tallada, encontrada entre los restos.

Gabriel sintió que el peso completo de aquella revelación se instalaba sobre él con una claridad incómoda: no un incidente aislado, sino el inicio, aparentemente coordinado, de algo considerablemente más extenso y más deliberado que cualquier amenaza puntual que hubieran enfrentado hasta entonces.

---Dos incendios en un mismo día, en dos puntos distintos de la misma ruta ---dijo, procesando la magnitud de lo que aquello implicaba---.

Esto no es venganza personal, ni obsesión familiar, ni fanatismo institucional aislado.

Esto parece, más bien, una estrategia deliberada, ejecutada con recursos suficientes como para actuar en varios lugares a la vez.

Adrien, todavía examinando la piedra tallada con una inquietud creciente, ofreció la última reflexión de aquella tarde que había empezado, apenas unas horas atrás, con la promesa serena de un café compartido junto a la catedral.

---Después de cinco tomos enteros aprendiendo a reconocer patrones, doctor Llorente, creo que acabamos de encontrar uno completamente nuevo ---dijo---.

Y me temo que vamos a necesitar entender, muy rápido, quién decidió que la mejor manera de comunicarse con nosotros era quemando, uno por uno, los mismos lugares que tanto esfuerzo nos costó proteger.

El humo, todavía elevándose lentamente hacia el cielo despejado de aquella tarde de primavera, parecía, para Gabriel, la primera señal de que el propio Camino, tras un breve respiro merecido, estaba a punto de exigirles, una vez más, que caminaran hacia lo desconocido.