CAPÍTULO 9 — El Obispo Teodomiro
BLOQUE 1
De vuelta en Santiago, Gabriel y Lucía dedicaron varios días a reconstruir, con la ayuda de la doctora Montenegro, todo lo que la historiografía actual sabía con certeza sobre Teodomiro,
el obispo de Iria Flavia cuyo nombre aparecía indisolublemente ligado a los orígenes tradicionales del culto compostelano.
---Sabemos con seguridad que existió, lo cual ya lo distingue de buena parte de la propia leyenda fundacional que rodea el hallazgo de la tumba ---explicó la doctora Montenegro, reunida con ellos en su despacho universitario---.
Su nombre aparece en documentos episcopales contemporáneos, y sabemos que ocupó la sede de Iria Flavia durante el reinado de Alfonso II de Asturias, en las primeras décadas del siglo IX.
Lucía, tomando notas cuidadosas, formuló la pregunta que representaba el núcleo de su propia investigación.
---¿Qué sabemos exactamente sobre el hallazgo que él mismo declaró?
---Según la tradición, recogida siglos después en distintas crónicas, un ermitaño llamado Pelayo observó luces extrañas en un bosque cercano, guiado supuestamente por ellas hasta un sepulcro antiguo ---respondió la doctora Montenegro---.
Teodomiro, informado del hallazgo, se trasladó personalmente al lugar y, tras examinarlo, declaró que se trataba de la tumba del apóstol Santiago, comunicando el hallazgo al propio rey Alfonso, que ordenó de inmediato la construcción de una primera capilla en el lugar.
BLOQUE 2
Gabriel, procesando aquel relato con el escepticismo metódico que la investigación le había enseñado a aplicar a cualquier tradición piadosa transmitida durante siglos, formuló la pregunta que consideraba más relevante para conectar aquella historia con todo lo ya investigado.
---¿Existe algún indicio, más allá de la propia leyenda de las luces, sobre qué llevó realmente a Teodomiro a identificar aquel sepulcro concreto como la tumba apostólica? ¿Alguna fuente contemporánea, no una crónica posterior embellecida?
La doctora Montenegro consideró la pregunta con seriedad, revisando mentalmente el estado exacto de la documentación disponible.
---Muy poca, la verdad ---admitió---. La mayoría de lo que sabemos proviene de fuentes considerablemente posteriores, redactadas ya en pleno auge del culto jacobeo, con un evidente interés en consolidar la legitimidad del hallazgo.
Es exactamente el tipo de vacío documental que, dado todo lo que ustedes vienen investigando, podría explicarse por la intervención deliberada de alguien interesado en simplificar o reescribir la historia real de aquel descubrimiento.
Lucía, conectando aquella observación con el propio documento de Tréveris, ofreció la hipótesis que empezaba a tomar forma con considerable coherencia.
---¿Y si Teodomiro no encontró el sepulcro por casualidad, guiado por luces misteriosas, sino porque ya conocía, a través de una tradición comunitaria transmitida en secreto durante generaciones desde el propio siglo IV,
la ubicación aproximada donde los seguidores de Prisciliano habían enterrado originalmente los restos que trajeron de regreso desde Tréveris?
BLOQUE 3
La doctora Montenegro, procesando aquella hipótesis con una mezcla de cautela académica y genuina fascinación, ofreció una perspectiva que ayudaba a situarla dentro de un marco histórico plausible.
---Sería coherente con lo que sabemos sobre la propia supervivencia del priscilianismo en Gallaecia durante siglos después de la ejecución ---dijo---.
El Concilio de Braga del 561 todavía condenaba doctrinas atribuidas a Prisciliano, lo cual sugiere una continuidad comunitaria considerable.
Si Teodomiro tenía, de alguna manera, acceso a esa tradición transmitida en secreto, ya fuera por pertenecer él mismo a una familia vinculada a ella, o simplemente por conocimiento indirecto adquirido durante su propio ministerio episcopal, tendría sentido que supiera exactamente dónde buscar,
presentando después el hallazgo bajo una narrativa más aceptable para la ortodoxia de su época.
Gabriel, sintiendo que la investigación acababa de dar un paso considerable hacia la comprensión completa de todo el mecanismo original, formuló la pregunta que representaba el siguiente objetivo concreto de la búsqueda.
---¿Dónde está enterrado el propio Teodomiro? Si él mismo formaba parte, de alguna manera, de esa tradición de custodios, su propio sepulcro podría contener algo más que sus simples restos.
La doctora Montenegro dudó antes de responder, con la expresión de quien reconoce los límites exactos de su propio conocimiento.
---Ahí es donde la historiografía se vuelve considerablemente más incierta ---admitió---.
Sabemos que murió en algún momento después del año 847, la última fecha en que su nombre aparece documentado con seguridad.
Pero la ubicación exacta de su propia tumba se perdió, según todos los registros disponibles, durante las sucesivas reconstrucciones de la catedral a lo largo de los siglos siguientes.
Gabriel, mirando hacia Lucía con una determinación renovada, sintió que acababan de identificar, con toda claridad, el verdadero objetivo de la siguiente fase de su investigación.
---Entonces eso es exactamente lo que tenemos que encontrar.