El invierno del hambre
El invierno de la ocupación fue, además de todo lo demás, un invierno de hambre, porque mil lobos que no siembran ni pescan para sí pero comen como mil lobos se comen en pocos meses la despensa de una tierra. Y la tierra que los alimentaba a ellos se quedó sin alimento para los suyos.
Galicia no era una tierra rica de grano; era una tierra de poco pan y mucho trabajo, de centeno flaco y castaña y marisco y lo que el mar y el monte daban a fuerza de paciencia, una tierra que en un año normal llegaba justa al invierno y lo pasaba apretándose el cinturón.
Y aquel año no fue normal: aquel año, sobre la cosecha de siempre, que ya era poca, cayeron mil bocas más, las de los lobos, que se llevaban la mejor parte de todo, el grano de las eras, el ganado de los corrales, el pescado de las barcas, el marisco del fango, dejando a la gente de la tierra las sobras, y a veces ni las sobras.
Y el hambre, que en la ría era una vecina conocida que asomaba todos los inviernos y a la que se sabía torear, aquel año entró en las casas a sus anchas, dueña, y se quedó.
Mariña vio a su familia pasar hambre como no la había pasado nunca.
La madre racionaba el grano grano a grano, hacía caldos de nada, de berzas y de agua y de un hueso, cocía un pan negro y escaso mezclado con harina de castaña y de bellota cuando había, y cuando no había, mezclado con cosas que no eran harina.
Los dos pequeños, los hermanos chicos de Mariña, se quedaron flacos, callados, con esa quietud de los niños que pasan hambre, que no juegan ni gritan porque guardan las fuerzas.
Y a Mariña se le encogía el alma viéndolos, porque un niño quieto de hambre es la cosa más triste que hay.
Y sobre aquella hambre, encima, estaba la humillación de servir a los que se comían su pan: Mariña cocinaba para los lobos platos que su propia familia no probaba, les servía carne mientras sus hermanos roían castañas, les veía dejar en el plato, hartos, borrachos, sobras que en su casa habrían sido un festín.
Y tenía que recoger esas sobras y tirarlas o, a escondidas, robarlas para los suyos, jugándose una paliza por un mendrugo de lo que había sobrado en la mesa del que le mataba el hambre y el padre a la vez.
Murió gente aquel invierno. Murió un viejo de la aldea, y una vieja, que los viejos son los primeros que el hambre se lleva; y murió un niño de pecho de una vecina, que se le secó la leche del hambre y no tuvo con qué criarlo.
Y la aldea los enterró en el adro, bajo la lluvia, callada, sin poder hacer otra cosa, porque contra el hambre, como contra los lobos, la tierra solo tenía un arma: aguantar.
Aguantar y durar más que el invierno, más que el hambre, más que los lobos, porque la primavera siempre vuelve y la tierra siempre da otra vez, si queda alguien vivo para sembrarla.
Y Mariña, racionando el pan, robando sobras, enterrando vecinos, aprendió aquel invierno de hambre, junto con todo lo demás, una cosa que se le quedó para siempre: que lo que de verdad odiaba de los lobos no era que mataran, que matar es rápido y se acaba, sino esto, lo lento, lo diario, el comerse el pan de los niños, el quitarle a una tierra pobre hasta las sobras; que la peor crueldad no es la del hacha, que es de un día, sino la de la ocupación, que es de todos los días, la de comer caliente delante del que pasa hambre.
Y aquel odio, el del hambre, fue el que de verdad armó a la tierra para la noche que venía, más que la sangre de Fornelos, más que el sepulcro profanado.
Porque a un pueblo se le puede matar a unos cuantos y aguanta, pero a un pueblo que ve comerse el pan de sus hijos durante un invierno entero, ese pueblo, cuando se levanta, no deja uno.