73. El cuerpo que fuimos
El salón donde yacía Elias estaba en penumbra.
Las antorchas ardían con llama baja, como si incluso el fuego se negara a perturbar el silencio.
Dos doncellas se movían con cuidado en torno al cuerpo, trayendo agua templada y paños blancos.
El cadáver estaba cubierto solo hasta el pecho, aún sin limpiar del todo.
La sangre seca en el cuello, la ceniza mágica en los labios.
El rostro pálido y aún hermoso, pero ajeno.
Inaccesible. Parecía más escultura que hombre. Más recuerdo que cuerpo.
Lazhar estaba allí, sentado junto a él, con la espalda recta como una lanza clavada en el suelo.
Sus manos reposaban sobre las rodillas, los puños cerrados.
No hablaba. No lloraba. Pero cada línea de su rostro parecía más hundida que la anterior, vaciada por dentro a fuerza de culpa lenta.
No de golpe. Sino con la lentitud cruel de quienes han amado mal y lo saben.
Entró en silencio.
No llevaba armas. Ni su abrigo carmesí. Solo la túnica interior, desabrochada al cuello. Sus pasos no hicieron eco, pero aun así, las doncellas se giraron al verlo. Buscaron la mirada de Lazhar, esperando alguna orden. Él no dijo nada.
Se acercó. No al padre. Al cuerpo.
Se arrodilló junto a su hermano con lentitud medida. No temblaba, pero sus hombros tenían una rigidez que no era del frío. Tomó uno de los paños y lo sumergió en el agua, exprimiéndolo con cuidado.
—Nos encargamos nosotros —dijo, sin alzar la vista.
Las doncellas dudaron y luego se retiraron, en silencio, dejando solo el cuenco, las toallas limpias… y el peso.
Durante un momento, nadie habló. El silencio no era incómodo. Era denso. Como un lugar al que se entra y del que no se sale igual.
Ezryn limpió primero el rostro. Las mejillas, los párpados, la sangre reseca en la línea del cabello. Lo hizo con un cuidado que ni él mismo reconocía en sus manos. Cada roce era una disculpa tardía. Cada trazo, una súplica muda.
—Parecía más fuerte que todos nosotros —murmuró Lazhar, sin mirarlo—. Pero al final… solo era un niño. Solo quería que lo viéramos.
Ezryn se quedó inmóvil.
—Lo vi —dijo, y su voz no tenía filo—. Lo vi llorar por ti. Lo vi odiarme. Lo vi hundirse en su ambición como si fuera la única manera de ser amado. Y no hice nada. Solo lo dejé seguir cayendo. Porque no sabía cómo sostenerlo sin hundirme con él.
Su padre no respondió. Solo bajó la cabeza. Acomodó el cabello hacia un lado. Un gesto torpe, inútil. Profundamente humano.
Pasó el paño por el cuello. Cada gota de sangre seca que retiraba era una confesión.
—A Serenya la arrastré a la grieta con mis celos. A Caelan le di mi sangre porque ya no sabía si quería salvarlo… o atarlo. Y a él… —Ezryn miró el rostro de Elias, ya inmóvil—. A él lo maté mucho antes de esta noche.
Se le quebró la voz. No mucho. Solo un instante. Como si una grieta se abriera en su pecho y rápidamente se sellara de nuevo, para que nadie la viera.
—¿Y tú, Ezryn? —preguntó su padre, sin dureza, pero sin ternura—. ¿Qué quieres que vean cuando seas tú el que esté aquí ?
Ezryn se detuvo. Cerró los ojos un momento. Luego volvió a mirar al hermano que ya no respiraba.
—No lo sé —susurró.
Se quedó unos segundos más junto al cuerpo. No se movió, no respiró hondo, no buscó a su padre con la mirada. Solo sacó una pequeña daga de hueso que llevaba al cinto, oculta bajo la túnica. Un cuchillo de sangre. No para la guerra. Para los lazos.
Sin decir nada, se hizo un corte limpio en la palma izquierda. Una línea delgada, precisa. La sangre brotó lenta, densa, oscura.
La dejó caer, gota a gota, sobre el pecho del hermano que tanto había amado.
No pronunció rito alguno.
Ni conjuró nombres antiguos.
Solo murmuró, tan bajo que ni el mármol lo oyó:
—Ojalá te haya encontrado, ojalá estés en sus brazos, hermano. Hasta que volvamos a vernos.
Dejó el paño en el agua, junto a los otros. La daga en el suelo, aún manchada.
Y cuando cruzó la puerta, el silencio volvió a caer sobre la sala.
Pero ya no como un velo.
Como una promesa rota.