72. Lo que no pudo sostener
E l mármol estaba manchado de sangre seca.
Caelan no se había movido desde que ella cruzó el umbral.
No sabía hacia dónde. Ni para qué. Solo permanecía allí, donde todo se había quebrado, como si el aire aún guardara el eco de sus pasos alejándose.
Las sombras vibraban, pero no a su voluntad.
Se agitaban con desconcierto, como si esperaran una señal que no llegaba.
Pensó en Lyeth. En el instante en que dio un paso hacia la grieta con las manos de una niña y el corazón de una reina. Pensó en cómo no la detuvo. En cómo no supo hacerlo. Porque seguía clavado en el suelo, evaluando lo que tenía, lo que perdía, lo que podía llegar a ser.
—Fui su hermano. Fui su general. El muro que debía sostenerla. Y aun así…
Miró sus manos, hechas para empuñar, y no para abrazar.
Y, sin embargo, fue con esas manos que tocó a Serenya por primera vez durante el entrenamiento, cuando la corrigió en silencio, con los dedos sobre su muñeca.
Era solo un gesto técnico. Eso se repitió una y otra vez.
Él le enseñó a moverse, a resistir, a esquivar. Pero nunca a rendirse.
Hasta que una tarde, ella lo miró con el cabello empapado de sudor y la respiración cortada. Se rio por lo bajo. Le dijo que no entendía por qué, cada vez que la hacía caer, él parecía el derrotado .
Y fue entonces cuando lo supo. Que la quería. Que la deseaba. Que si dejaba que ese momento se alargara un segundo más, no podría dejar de tocarla.
—Da un paso atrás —le ordenó. No a ella. A sí mismo.
Nunca le contó por qué no volvió a entrenarla a solas. Nunca se permitió mirarla de frente sin temblar por dentro.
—¿Y si eso fue lo que siempre estuve destinado a hacer? Ganar batallas. Perder mujeres.
Miró hacia el este. La tumba de Lyeth estaba más allá de las murallas, bajo la losa blanca que aún respiraba magia. No podía ir. No sabría qué decir. No tenía palabras para ella… ni perdón para sí mismo.
Sentía la grieta latir a lo lejos. No estaba abierta. Pero seguía viva. Como un recuerdo que no se borra.
Serenya eligió el origen. Lo comprendió antes de oírlo. Lo supo en el instante en que su mirada tocó a Ezryn.
«No fue por él. Fue por todo lo que yo no supe ser», pensó.
Pero no era solo eso. No era solo ella. Era su madre. Kyrion. Las palabras que no se dijeron. Las verdades que se ocultaron como espadas bajo la ceniza de un bosque calcinado.
No era un rey. No por derecho ni por sangre. Portaba un nombre que no le pertenecía. Uno que siempre le había enorgullecido, uno por el que había sangrado… y matado.
Lo sabían y lo dejaron creerlo. Era útil. Fácil de moldear. Nadie creyó que sería capaz de amar a alguien más que a su trono.
Las sombras lo sabían. Lo observaban desde los márgenes, como si ya no recordaran a quién servían.
El mármol no crujió. Ningún sonido rompió el momento.
Solo él, cediendo al peso de lo que ya no podía sostener.
Y entonces se quebró. No con gritos. No con golpes. Se dejó caer. No al suelo. A sí mismo.
Sus fieles compañeras no lo contuvieron.
Se mantuvieron cerca, como testigos impotentes.
Y, por primera vez desde que ella se fue, se cubrió el rostro con las manos para que nadie lo viera deshacerse.
Para que ni siquiera las sombras lo reconocieran.
Porque había perdido muchas cosas. Pero esta vez, lo que se le había roto… era el nombre.
Y con él… lo último que lo sostenía.