68. El eco en la sangre
Ezryn, mientras tanto, se encontraba en la biblioteca arcana del ala este, frente a un mapa ancestral que mostraba las corrientes de poder entre los reinos.
Su padre estaba junto a él, desplegando una lista de nombres de aliados que aún no habían firmado los acuerdos de paz. La escena era diplomática, elegante, civilizada. Pero la magia que vibraba entre ellos era antigua y punzante.
El Archiduque Maldrick hablaba con voz medida, con frases repletas de cálculo y ambición. Sin aviso, su expresión cambió. El aire se tornó denso. Sus dedos, que acariciaban una pluma de ónice, se congelaron sobre el pergamino. Sus ojos dejaron de ver. Ezryn se enderezó.
—¿Padre?
No hubo respuesta. Un estremecimiento recorrió el cuerpo del Archiduque. Como si alguien hubiese susurrado en su oído desde otro tiempo. Desde otro cuerpo. Una presencia se materializó en su mente con la fuerza de una tempestad.
Una risa que conocía. Un aroma que no había vuelto a sentir desde hacía más de dos siglos.
Lavanda y ceniza. El olor de un adiós que jamás se había ido del todo.
La madre de Ezryn. Su esposa. La única mujer que logró doblar su voluntad.
La vio, no como era, sino como había sido.
Sintió el roce fantasma de su mano en la mejilla, como en aquella última noche, cuando no pudo retenerla .
Y luego la vio… en Serenya. No porque fueran la misma. Sino porque algo de ella vivía aún en esa otra. En esa llama que no se había apagado, solo había cambiado de cuerpo. Sus labios se abrieron. Un hilo de voz escapó.
—Ella… también era suya.
Y entonces lo entendió todo. La conexión que no fue solo con su hijo. El vínculo que no se rompió. La grieta que no solo separó a la mujer amada de ellos, sino a los reinos de su equilibrio.
Lazhar se desvaneció sobre una rodilla, jadeando.
La pluma de ónice se soltó de sus dedos. Cayó sobre el mapa y la tinta se derramó, expandiéndose sobre los nombres y las fronteras con la calma de una condena. El mundo que controlaban desde la estrategia se deshacía, línea a línea, palabra a palabra.
Él solo quiso tenerla de su lado. Como aliada. Como vínculo de poder. Tal vez incluso como futura reina para Ezryn. No para poseerla. No para sacrificarla.
Nunca imaginó que Elias iría tan lejos. Nunca pensó…
El mapa se incendió por una chispa de poder desatada.
Ezryn no esperó más. Atravesó las puertas antes de que el fuego se apagara. Sus pasos retumbaban como una amenaza en los pasillos de piedra. Ya no pensaba. Ya no discutía. Solo sabía que debía llegar. El lazo que lo llamaba no conocía tiempo ni traición. Solo nombre. Solo pertenencia.
En ese momento. O no llegar nunca.
No por el deber. No por la sangre. Por ella. Por el eco de su nombre ardiéndole en las costillas como si fuera hechizo y promesa al mismo tiempo.
Y mientras Caelan y Ezryn descendían por rutas distintas hacia el mismo abismo, la grieta latía con una calma sobrenatural.
Serenya ya estaba despierta.
Y esta vez, no era el mundo quien la buscaba.