67. Donde habita el eco
E l Bastión tenía muchas formas de mentir. A veces lo hacía con palabras, a veces con silencio. Pero esta vez lo hizo con urgencia. Le dijeron que su madre se había desplomado. Que su sombra temblaba. Que había gritado su nombre. Que tal vez estaba muriendo.
Caelan no pensó. Corrió. El miedo le empujaba las piernas. La grieta le abría el pecho con cada paso.
Las puertas de la Sala del Trono Menor se abrieron con un suspiro pesado. Dos guardianes lo flanqueaban, pero él no los vio. Solo buscó una silueta. Y la encontró.
Erguida. Íntegra. Demasiado entera para estar muriendo.
Selhara estaba de pie frente a la vidriera gótica. La luz anaranjada del cristal teñía su figura, pero su rostro no tenía color. Sus dedos, crispados, sostenían una copa. No bebía. Solo se aferraba a ella como a un amuleto hueco.
Cuando lo vio entrar, se giró. Y por un instante —uno solo— se quebró. La copa cayó. El cristal se hizo trizas contra el mármol. Y antes de que él pudiera pronunciar su nombre, Selhara dio dos pasos y lo abrazó. No como reina. Como madre. Como quien reconoce algo que creía perdido… y duele.
El cuerpo de Caelan se tensó. Nunca la había sentido así. Nunca la había visto temblar.
—Estás vivo… —susurró ella, con una voz tan baja que ap enas la oyó—. Gracias a los dioses, estás vivo.
Él se quedó quieto. Luego, sin saber por qué, la abrazó también. Solo un momento. Solo lo justo para que la grieta en su pecho no doliera tanto. Pero algo no encajaba.
El cuerpo de su madre no jadeaba. No sangraba. No tenía la piel pálida ni el pulso errático de una mujer descompuesta. Solo el temblor sutil de una emoción mal contenida.
Retrocedió lo suficiente para tomarle el rostro con ambas manos, como si aún fuera un niño intentando entender por qué su madre se apagaba.
—¿Estás bien? —preguntó, escudriñando su piel, sus ojos, su cuello.
Selhara parpadeó, desconcertada.
—¿Por qué me preguntas eso?
Caelan no respondió de inmediato. Pero el silencio lo gritaba todo.
—Me dijeron que habías colapsado. Que gritaste mi nombre. Que la grieta… —Trató de tragar el nudo en la garganta—. Fue Kyrion. Me mintió. Me hizo creer que te morías.
El rostro de Selhara cambió. La sangre se le fue. El gesto se quebró. Solo un segundo. Pero suficiente.
Caelan dio un paso atrás. El vacío le mordía los talones.
—¿Qué está pasando, madre?
Selhara se recompuso, como quien recoge una máscara caída. Volvió a hablar como reina. Pero la grieta en la voz no desapareció.
—Te trajeron aquí por seguridad. Serenya… su poder se estaba desbordando. Decidimos contenerla. Encerrarla. Nada más. Nunca se me dijo cuándo. Ni cómo.
Las sombras de Caelan vibraron como un enjambre detrás de la nuca.
—¿Encerrarla? ¿Dónde? ¿Por qué ahora?
Ella vaciló.
—Se suponía que no harían nada sin avisarme. Yo misma debía supervisarlo. Pero no recibí ninguna señal…
—¿Os habéis vuelto locos? ¡Debo ir con Serenya, ya mismo !
Selhara extendió una sombra para detenerlo, pero antes de que pudiera sujetarlo… sucedió.
El temblor en su piel se volvió sacudida. Las pupilas se le dilataron. Esta vez, no fue el cristal lo que estalló. Fue ella.
—No… —susurró, respondiendo a una imagen que solo ella podía ver.
Caelan intentó sujetarla, pero ya no estaba allí. Una memoria se había apoderado de su cuerpo. No era una visión. No era magia. Era un eco. Un recuerdo que no le pertenecía.
—¿Madre?
Selhara se tambaleó. Se llevó la mano al pecho. El aliento se le escapó como si hubiera tragado hielo. Y entonces la vio.
Una niña.
Trenzas. Ojos grises. Una caída infinita en una grieta que palpitaba como una herida viva.
Serenya. Pero también… ella.
—Por los dioses… —murmuró—. Caelan. Es ella. —Todo lo rígido en su rostro se quebró—. Mi hija. No del todo… pero algo de la mía vive en ella.
Caelan sintió que el pecho se le abría sin permiso.
La grieta entre ellos rugió. Ya no era rabia. Era pérdida.
Y verdad.
Y sin pensarlo, sin decidirlo, corrió.
Porque era miedo, sí.
Pero también duelo.
Por lo que no comprendió.
Por lo que ya era demasiado tarde para detener.