58. Tregua
L a noche no era fría. Era hueca. Caelan no buscaba explicaciones.
Solo necesitaba moverse. Alejarse del peso ajeno.
De las palabras que aún le ardían bajo la piel.
Pero al doblar el pasillo que conducía al atrio norte, los vio.
A ambos. Ezryn, con los codos sobre las rodillas y la mirada clavada en la piedra.
Serenya, sentada en el suelo junto a una de las columnas, envuelta en su propia respiración.
Se detuvo. Pensó en irse. En que no lo notarían. En que sería mejor así. Pero ella alzó la mirada. No lo llamó. Solo lo miró. Como si, en algún rincón del destino, ya supiera que él vendría. Y él... simplemente se quedó.
La sombra avanzó despacio y se apoyó contra la columna opuesta. No dijo nada.
Ninguno lo hizo.
El suelo aún retenía un calor tenue. La noche, en cambio, se filtraba por dentro: no por la piel, sino por los recuerdos.
Fue la primera en romper el silencio, aunque su voz no fue más que un susurro.
—No sé en qué momento dejamos de respirar.
—Cuando cada aliento empezó a doler —respondió el Sangreth.
Caelan cerró los ojos un instante, para no romperse.
La luz de las antorchas los deformaba. Las sombras se estiraban y se quebraban en las columnas, negándose a encajar.
Ella se abrazó las piernas. No temblaba. Solo se recogía, intentando contenerse. Caelan la miró, con algo parecido a la compasión. A esa compasión que uno siente por quien comparte la misma condena.
Ezryn giró el rostro hacia él por primera vez.
—¿Tregua? —preguntó sin ironía, solo con cansancio.
Hubo un momento de duda en el aire. Luego, Serenya se dejó caer hacia un lado, recostada contra la piedra, con los ojos fijos en el techo.
Ezryn se deslizó hasta quedar apoyado contra la misma columna. Las rodillas flexionadas. El rostro sereno, aunque sus manos no dejaran de moverse, inquietas.
Se sentó el último. No demasiado cerca. No del todo lejos. Durante unos segundos, ninguno se movió. Como si incluso el espacio compartido pudiera explotar. Pero el silencio no juzgaba. Solo… dejaba estar.
Con una mueca que bien podría ser una media sonrisa, Ezryn movió algo junto a él. Una pequeña botella de vidrio oscuro, casi vacía.
—La encontré en la reserva del ala este —dijo, sin mirar a nadie—. No tiene nombre. Pero lo compartimos una vez. Aquella noche también hacía calor. Aunque aún no sabíamos de qué.
Extendió la botella hacia el centro, sin urgencia. Solo un gesto antiguo, de esos que no se pactan: se reconocen. Serenya bebió un trago primero. El líquido ardió, pero no quemó. Luego se la pasó a Caelan.
Él dudó. Su mano se tensó antes de aceptar. Pero no dijo que no.
Bebió.
Un silencio más largo se instaló entre los tres. Más denso. Más íntimo.
Y entonces, como una brisa en medio de una noche estival, el recuerdo la tocó.
◆◆◆
El cabello alborotado de Ezryn cayéndole sobre la frente mientras reía, sin corona ni culpa.
Caelan caminando en S por un pasillo, fingiendo dignidad mientras arrastraba una capa torcida y farfullaba sobre el honor de los Umbrae.
Risas. Una ventana abierta. La noche tibia.
Ningún pacto sellado. Ningún destino escrito.
Eran más jóvenes. Más idiotas. Más libres.
Y durante unas horas, lo fueron. Sin saber que esa sería la última vez.
◆◆◆
Ella pestañeó. No sonrió. Pero algo en su pecho se aflojó. No la miraba. Pero su mano, todavía con la botella, permanecía tendida. Como si supiera lo que había despertado.
Estiró las piernas. Rozó sin querer el tobillo de Ezryn. Nadie se apartó.
Caelan ladeó la cabeza, atento a un eco que tal vez solo era su propia respiración. Al devolverle la botella, la sostuvo un segundo más.
—Una noche —dijo Caelan al fin, con la voz más baja que nunca—. Solo una. Sin decisiones. Sin estrategias. Sin nombres que no elegimos. Sin cargas prestadas.
Y así pasaron la noche: sin tocarse, sin rozarse, pero respirando el mismo silencio. Compartiendo una ausencia. Una grieta común. Sin más palabras.
Solo tres cuerpos que, por una noche, dejaron de pelear.
Y por primera vez en días, ella no deseó tener respuestas. Solo permanecer allí. Siendo. Respirando. Viviendo algo que aún no tenía nombre.
Pero incluso la quietud es prestada.
Y esa noche, sin saberlo, fue su último refugio antes del incendio.