57. El precio del linaje #2
L a cena había terminado hacía rato, pero el Bastión aún susurraba bajo el peso de las decisiones no dichas.
En una cámara alta —demasiado lujosa para ser de un soldado, demasiado desapercibida para ser de una reina—, dos sombras se encontraban como lo hacían desde hacía años: a escondidas.
Entre muros prestados. En un tiempo que no les pertenecía.
Kyrion cerró la puerta con cautela. No hizo falta anunciarse. Lo esperaba, de pie junto a la chimenea, con una copa de vino intacta entre los dedos y la mirada fija en el fuego. La lluvia golpeaba el ventanal con dedos fríos. En sus ojos, el reflejo del pasado ardiendo.
—Has tardado —dijo sin girarse.
—Hay ojos en todas partes. Y oídos aún peores.
Se despojó de la capa sin ceremonia y se acercó. No había cortesía en sus gestos. Solo historia. Solo deuda. Solo el cansancio de los que han amado donde no debían. Demasiado. Demasiado tiempo.
—¿Qué quieres, Selhara?
Ella se volvió con lentitud. El fuego esculpía su rostro en sombras y contornos que él conocía de memoria. Esa noche no había deseo en su mirada. Solo urgencia. Y miedo.
—Quiero que la encierres —dijo—. Serenya. La grieta. Llámala como quieras. Pero hazlo antes de que nuestro hijo tome una decisión que no podamos deshacer.
La observó un momento, evaluándola.
—No va a permitirlo.
—No tiene que hacerlo. Solo tiene que dudar. Tú puedes hacer el resto. Como siempre lo has hecho.
La exasperación se tradujo en la postura del guerrero.
—¿No era que no podías odiarla? Y aquí estás, pidiéndome que lo traicione, otra vez.
—¿Traicionarlo? —Selhara avanzó un paso, con una furia templada—. ¿Ahora es él quien te importa? Llevas toda su vida escondiéndole que eres su padre.
Kyrion cerró los ojos con cansancio.
El vino en la copa vibró con un pulso mínimo. Él apretó los dedos hasta que el relicario en su bolsillo chirrió contra el hueso.
—Tú me lo pediste.
—Porque era la única forma de salvarlo. Porque el mundo no necesitaba otro escándalo.
El silencio cayó como un velo espeso.
—Era mi hermano —dijo Kyrion al fin. La voz baja, llena de escombros—. De lealtad. De juramento. De historia. Me confió su vida, su espada, su reino... Y yo me acosté con su esposa.
—E incluso así no te mató —susurró Selhara.
—Porque no podía darte hijos. Porque tú y yo ya habíamos traído al mundo lo que él nunca pudo: Caelan.
—Y la niña también era tuya —añadió ella, con un temblor contenido—. Nuestra hija.
Kyrion sintió que el tiempo retrocedía. No a un recuerdo. A una herida que nunca terminó de cerrar. Ella enmudeció.
—Se enamoró de una bruja —continuó Kyrion—. Como Serenya. Nadie supo su nombre completo, solo que llevaba fuego en la sangre y una luna negra en el omóplato.
—Y murió —susurró Selhara.
—No. —Kyrion negó con la cabeza—. Se quitó la vida. Cuando supo que él se había arrojado del risco durante la cacería. No quiso seguir viviendo en un mundo donde él no existiera.
Un estremecimiento cruzó los labios femeninos.
—Siempre fue así. Las grandes historias siempre acaban en sangre.
—Y la historia se repite.
—No —Selhara lo miró a los ojos—. Esta vez vamos a cortarla antes de que arda todo. Quizá me empuje el odio, o quizás el amor. Eso da igual. No permitiré que vuelva a suceder.
Kyrion no habló. El fuego danzaba entre ellos como un pacto maldito.
—Hay otros que quieren lo mismo —dijo ella—. Dominarla. Someterla. Podemos usar eso. Tú conjuras el hechizo. Él pone la sangre. Y la grieta… desaparece.
La observó. Ya no como amante. Sino como la mujer por la que un rey murió… y por la que él estaba dispuesto a volver a traicionar.
—¿Y cuando Caelan lo descubra?
—Será rey —respondió Selhara, con una tristeza sin lágrimas—. Como su padre nunca fue. Y tú… tú lo habrás salvado. Aunque él nunca llegue a saberlo.
Ella alzó su copa. Kyrion no brindó. Tampoco se marchó. El pacto estaba sellado. Con vino, con ceniza y con el recuerdo de una grieta que ya se había abierto una vez, y estaba a punto de reclamar otra vida.
Sus piernas se negaron a moverse, pero ella se marchó, dejando tras de sí solo el crujido de la puerta y un rastro de vino olvidado.
En la soledad de la cámara, sacó de su bolsillo un objeto envuelto en tela oscura. Un relicario de hueso y obsidiana. Dentro: un mechón de cabello. De Caelan, cuando era un niño. Lo sostuvo entre los dedos, sin gesto alguno, salvo el de quien recuerda sin permiso.
—Tú no deberías haber heredado mi sombra —murmuró—. Pero fuiste lo único que hice bien.
El fuego chisporroteó como si respondiera. Kyrion cerró el relicario y lo guardó. Cuando salió de la sala, era la sombra que aseguraría el legado de su hijo. A cualquier precio.
Por el corredor, las antorchas parpadeaban. El Bastión recordaba —otra vez— que la traición nunca llega sola.
E n el ala norte, una figura esperaba, envuelta en la penumbra. No llevaba insignias. No había testigos. Solo el murmullo lejano del viento contra las almenas.
Un segundo eco de pasos se acercó. Otra sombra. Más densa. Más antigua.
—¿Está hecho? —preguntó la primera voz, baja, templada, con la inquietud de quien aún no ha decidido si está salvando o condenando.
—Será un susurro —respondió la segunda voz, áspera como piedra desgastada—. No un golpe.
El primero bajó la mirada hacia el suelo.
—No quiero herirla. Solo… abrirle los ojos. Que sepa que hay otra verdad.
Hubo una pausa. Un silencio tenso.
—La duda puede ser más letal que cualquier espada —advirtió la segunda sombra.
—Entonces que no dude de sí misma —susurró la primera figura—. Solo… de ellos.
No hubo más palabras. La sombra más antigua se desvaneció entre las columnas.
La primera figura se quedó sola, temblando, como si el peso de su propia elección acabara de revelarse demasiado tarde. El perfume de especias oscuras flotó un instante en el aire, antes de que el viento lo dispersara.
En la lejanía, algo crujió. No fue el viento. Fue la piedra. Como si el Bastión, testigo de traiciones, hubiese sellado el destino de todos.