La llama no escrita (Lux Mortem 1) 55. Resistencias #3
69%

55. Resistencias #3

Al despertar, el sudor le pegaba la piel a las sábanas.

Su vientre ardía con una luz silenciosa.

El aire a su alrededor vibraba con un susurro antiguo, con el mundo suspendido en un débil aliento.

Se incorporó con lentitud. El cuerpo le pesaba como si hubiera atravesado un umbral real, no solo onírico. Entonces lo notó.

Llevó la mano al bajo vientre. No era dolor.

Era calor. Un calor distinto al de la fiebre o la excitación.

Era… un pulso. Al apartar la sábana, vio una marca.

Fina. Un trazo rojizo curvado como una runa incompleta.

No estaba allí la noche anterior. No dolía.

Pero ardía como una firma mágica. Como si la grieta la hubiera tocado y reclamado.

En el vidrio empañado de la ventana, su reflejo no era distinto.

Pero ya no era el mismo. Lo que sentía no era rabia.

Tampoco miedo. Era una raíz. Una fractura que ya no quería cerrar.

La grieta no era solo poder. Abría. Invitaba. Cada paso al otro lado despertaba algo más que magia. Despertaba memorias que no le pertenecían, sospechas que sí. También una forma de hambre que no nacía del cuerpo, sino del alma.

Tal vez no era poder lo que su alma buscaba.

Tal vez solo… un gesto. Algo que no tuviera nombre ni propósito.

Algo que simplemente le dijera: existes .

Apoyó la palma sobre el vientre y dejó que el pulso respondiera. No quería pensar. No quería arder otra vez. Solo quería sentir que aún había espacios en el mundo donde no fuera una amenaza, ni un símbolo, ni una grieta con forma de mujer.

Por eso, bajó a la cocina.

No buscaba respuestas. Solo calor. No el que viene del fuego o del deseo, sino ese otro, más difícil de encontrar. El que se guarda en gestos pequeños, en rutinas antiguas, en aromas que no amenazan. El que alguna vez, tal vez, se llamó hogar.

El olor a canela la tomó por sorpresa.

No era un aroma que esperara encontrar en el Bastión. Allí, todo olía a hierro, a piedra húmeda, a tinta seca y sudor de entrenamiento. Pero esa dulzura tibia... era un anacronismo. Un susurro de hogar colándose donde no debía.

Entró sin pensar. Y lo vio.

Caelan. De pie, frente a una mesa cubierta de harina, con las mangas arremangadas, el ceño fruncido con la concentración terca de quien enfrenta algo que no se deja vence.

La masa, desobediente, se pegaba a sus dedos.

Había harina en sus brazos tatuados. En su mandíbula.

Incluso en un mechón oscuro que se curvaba sobre su frente.

Por un segundo, él no la vio. Durante un instante, no era un general. Solo un hombre que había olvidado cómo se hacía algo simple.

—¿Te... ayudo? —preguntó, mordiéndose los labios.

Él alzó la vista. No había ira. Solo vergüenza terca. Y algo más. Una grieta.

—No está saliendo como recordaba —gruñó.

Ella se acercó, sin invadir. Se lavó las manos. Y, sin pedir permiso, tomó la masa entre las suyas.

—¿Qué intentabas hacer?

—Galletas —murmuró.

—¿Para alimentar a tus soldados o para reblandecer sus corazones?

Él no respondió al instante. Luego, con la voz más baja que jamás le había escuchado:

—Lyeth las hacía cuando no podía dormir. Siempre con canela. Decía que ese olor espantaba las pesadillas. A veces... funcionaba.

El olor le devolvió una escena que creía perdida.

◆◆ ◆

Una noche sin luna, cuando los gritos del trono aún se oían desde el patio y ella había salido a buscar aire. Lo encontró junto a las cocinas, sentado en el suelo con un cuenco entre las manos. Había horneado rollos de canela —torcidos, desiguales— para los guardias de la muralla.

Ella se acercó sin pensar, buscando consuelo en el humo dulce.

—¿No duermes? —le había preguntado.

—No cuando los demás sueñan con guerras —había respondido él, ofreciéndole uno.

La masa estaba tibia. La miró sin pedir nada.

En aquel silencio, Serenya comprendió que había hombres que no necesitaban prometer para quedarse.

◆◆◆

El olor volvió, cálido, terco, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo.

Pestañeó. El Caelan que había gritado órdenes, que había envuelto el mundo en sombras, tenía harina en las pestañas. Y ella supo algo que no sabía que necesitaba saber. Él había amado. Y había perdido.

—Quizá no se trata de que salgan bien —susurró—. Quizá solo... necesitas recordarlas.

Él bajó la mirada. El músculo en su mandíbula se contrajo. Pero no dijo nada más. Solo siguió amasando. A su lado. Sin guerra. Sin poder. Solo masa, canela, y un recuerdo que ya no dolía tanto.

Por un instante, todo lo que eran —él, ella, la grieta— pareció quedar suspendido. El mundo no rugió. No implosionó. Solo exhaló. Como un soldado que, por un latido, baja su espada.

Cuando salió de la cocina, con las manos aún tibias de harina y el pecho más ligero de lo que recordaba, supo que esa paz no podía durar.

No allí. No para ellos.

Afuera, la tensión no había desaparecido. Solo se había replegado. Como un animal que aguarda, inmóvil, el momento exacto para saltar a la garganta.

Porque el poder sin nombre era el más difícil de encerrar. No tenía escudo. Ni blasón.

Solo un nombre que nadie se atrevía a pronunciar.

Y eso la volvía… una anomalía política.