55. Resistencias #2
Aquellas palabras, tan tranquilas, fueron más dolorosas que cualquier amenaza.
Porque no había malicia en ellas. Solo lógica.
De mujer a mujer. De candidata a candidata.
Un estremecimiento recorrió su espina dorsal.
La herida viva bajo su ombligo palpitó. El calor se volvió presión. La sangre, más espesa.
—¿Y si no hay futuro sin mí?
La heredera se detuvo. La nieve crujió bajo sus botas. Sus ojos no temblaron. Pero bajaron… al vientre de Serenya.
—Entonces, tendrás que sobrevivir lo suficiente para demostrarlo. —Dio un paso atrás. Sus ojos no eran de hielo. Eran de acero templado—. Tal vez, yo no sea tu amiga —dijo con una calma terrible—, pero tampoco dejaré que te rompan. Si la grieta se quiebra… el mundo no será el único que sangrará.
Lo dijo sin desprecio, como un hecho. Al fin y al cabo, en su mundo, todo debía ganarse. Y se fue. Con pasos lentos. Con la espalda recta. La dejó entre las ramas muertas y la escarcha temblorosa.
Vaelith no parecía querer destruirla, pero tampoco salvarla. No era enemiga. Ni aliada. Era algo más peligroso: una mujer con convicción. Y Serenya no sabía si admirarla o temerla.
El jardín no se movió, pero algo en ella sí. La guerra no siempre empieza con espadas. A veces… basta con respeto.
Las ramas crujieron con un sonido tenue, casi reverente. Permaneció inmóvil, observando cómo una hoja congelada descendía en espiral desde lo alto de un seto, hasta caer —sin ruido— sobre una flor muerta.
«A veces», pensó, «el final de algo no se anuncia con sangre. Se anuncia con silencio».
C ontinuó sin destino por el jardín interno, disfrutando de los últimos rayos de sol. Extrañaba su libertad. Quería cumplir su destino, sin saber cuál era. Sentía su importancia en las venas, pero era tan difícil estar sola .
Dio la vuelta para volver a sus libros cuando un sonido llamó su atención. Un roce leve. Persistente. Lo siguió, sin hacer ruido, dejando que sus pies decidieran el camino por ella. Alguien afilaba metal. Y lo hacía con intención.
Lo encontró en un extremo olvidado, donde el musgo trepaba por las paredes y las columnas antiguas olían a historia dormida.
El príncipe Sangreth estaba sentado sobre un banco de piedra, la cabeza inclinada, el cabello atado con descuido.
Frente a él, sobre un paño oscuro, había cinco cuchillos alineados. Todos distintos. Ninguno mágico.
Uno de ellos —de hoja curva, con una empuñadura grabada con símbolos en espiral— le provocó un estremecimiento. No supo por qué. Pero la grieta bajo su piel se tensó.
Ezryn afilaba otro, uno común, desgastado por el tiempo, como si llevara siglos esperando su momento.
Lo hacía con una concentración que no había visto en él ni siquiera en combate.
Cada movimiento era medido, ritual, preparándolo con la devoción de quien limpia una culpa.
Él no la vio. O tal vez sí, pero no quiso mostrarlo.
—Tal vez no se trate de ganar —murmuró, sin alzar la vista—. Tal vez… solo de resistir.
Sus palabras no buscaban respuesta. Solo aire. Tiempo. Serenya se acercó un paso, pero se detuvo. Algo, en el filo de uno de los cuchillos, le provocó una punzada detrás del ombligo. Solo una… incomodidad inexplicable.
La grieta no rugió. No palpitó. El cuchillo titiló bajo la luz, reflejando por un instante un destello rojizo, como sangre oxidada atrapada en el metal. Serenya parpadeó. Al abrir los ojos, había desaparecido.
Él levantó la hoja que tenía entre las manos y la sostuvo contra la luz. Por un segundo, su rostro pareció más joven. Más cansado. Más solo. Apoyó el cuchillo junto a los otros. Cerró los ojos. No suspiró. No tembló. Por primera vez en años, no pareció disfrutar de su soledad.
Ella dio un paso atrás. No lo interrumpió. No preguntó. Solo se marchó en silencio, con una certeza no formulada y una duda nueva latiendo entre las costillas.
Antes de volver a su habitación, se desvió hacia el invernadero más pequeño del Bastión, uno olvidado por casi todos.
La puerta de hierro estaba oxidada y chirrió al empujarla.
Dentro, el calor era húmedo, el aire impregnado de tierra viva.
Plantas de hojas gruesas y flores pálidas sobrevivían entre macetas agrietadas y trepadoras enredadas entre sí.
Se arrodilló frente a una de las jardineras, donde una enredadera de flores azules parecía haber resistido el abandono. Tocó con cuidado una hoja marchita y la apartó. La planta no estaba muerta. Solo asfixiada. Empezó a liberar sus ramas, con dedos lentos, casi devotos.
A su lado, una regadera de metal oxidado aún contenía algo de agua. La levantó con ambas manos y la vertió con cuidado, como si el gesto no fuera solo físico, sino un acto de permiso. La tierra absorbió el líquido con un sonido leve, casi agradecido.
Una ráfaga de aire caliente recorrió la estancia, demasiado localizada para ser natural. La planta pareció erguirse ligeramente, respondiendo a su gesto. Retiró la mano con un estremecimiento involuntario.
—Tú también estás atrapada, ¿eh? —susurró.
No esperaba respuesta. Pero algo en la quietud del lugar la escuchó. Por un instante, no fue grieta, ni hechizo, ni presa política. Fue solo Serenya. Mujer. Con manos llenas de tierra y una paciencia que no sabía que tenía.
Cuando se levantó, dejó la regadera en su sitio. Pero la planta, respiraba diferente. Como si la hubiese reconocido. Parecía entender que resistir también puede ser un modo de brotar.
A l cerrar la puerta del invernadero, la paz no la siguió.
Dentro de ella, algo rugía. Esa noche, no soñó.
Revivió. El altar. El fuego. Dos hombres sangrando.
Uno a sus pies. Otro en sus brazos. Su grito ahogado.
La grieta abriéndose, digna consecuencia.
Como un parto imposible entre mundos enfrentados.
Y sobre una piedra negra, una palabra grabada con sangre antigua:
Lux Mortem .
Luz muerta. Muerte de la luz.
No un nombre. Una advertencia. Un destino.