La llama no escrita (Lux Mortem 1) 45. Sombras vendidas #2
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45. Sombras vendidas #2

—Que no elijas solo entre ellos. Que rompas la rueda.

No somos aliados, Serenya. No todavía. Pero si llegas a abrir la grieta…

y decides hacerlo con conciencia… yo estaré allí.

Para servir. O para morir—suspiró—. Aelira no temía a la grieta.

Pero temía que nadie más supiera amarla como ella sí supo.

Ella bajó la mirada, como si las palabras de Lioran hubieran dejado una grieta nueva en su pecho. Una que no dolía… todavía. Pero sabía que lo haría.

—La vi —musitó.

Él alzó la vista, como si ya lo supiera.

—¿Aelira?

Serenya asintió. Sus labios se apretaron.

—No sé cómo lo sé… pero la vi. Estaba rodeada de fuego. Me miró. Me habló. O... me atravesó.

—¿Qué dijo?

—Solo una frase. «Tú eres la llave. Tú eres la grieta».

El silencio que siguió fue distinto. No incómodo. No vacío. Era como si el viento también estuviera esperando.

—Y antes de todo eso… antes de que la grieta se abriera… —Tragó con dificultad—. Dije una palabra. No sabía qué significaba. No sé por qué la dije.

Lioran no se movió. Pero sus ojos, sí. Se oscurecieron.

—¿Cuál?

Serenya lo miró de frente.

— Thal’nar.

El nombre pareció partir el aire. Lioran dio un paso atrás. No como un guerrero. Como un hombre enfrentando una verdad que no quería recordar.

—Dioses… —murmuró—. Entonces, es real.

El desconcierto se hizo lugar en el rostro femenino.

—¿Qué es Thal’nar ?

Lioran tragó saliva. Su mano fue inconsciente al tatuaje en su clavícula. No lo rozó. Solo lo sostuvo con la mirada, como si necesitara recordarse algo.

—Es una palabra perdida —dijo con voz grave—. No tiene traducción exacta. Fue el nombre con el que Aelira y Lyeth sellaron la grieta por última vez.

—¿Un conjuro?

—No. Peor. Una promesa. Fue un pacto entre dos sangres que no debían mezclarse, pero lo hicieron igual. Aelira puso su alma. Lyeth, su sombra. Y entre las dos… sellaron un imposible.

Serenya sintió un escalofrío.

—¿Y yo… por qué lo dije?

—Porque tu alma lo recuerda. Aunque tu mente aún no.

Silencio. El viento giró entre ellos, como si algo más los escuchara.

—No sabía lo que hacía —susurró ella.

—Lo hiciste igual —respondió él—. Y la grieta… respondió.

Sus palabras no fueron una amenaza. Fueron una promesa. Serenya se quedó inmóvil, mientras el viento rozaba su nuca como dedos fríos. No sabía si confiar. No sabía si creer. Pero una cosa sí supo: él no mentía.

Antes de moverse, él murmuró, más para la noche que para ella:

—Algunas heridas caminan con forma humana. Y no siempre avisan cuando vienen a cobrar lo que creen que se les debe.

No dijo más. Solo alargó una mano, firme, pero sin apuro, y la guió en silencio. La bruma los acompañó, como si la noche misma los escoltara.

La habitación estaba vacía, pero Lioran la revisó igual.

Con los ojos. Con la magia. Con la memoria.

Solo cuando se aseguró de que no había grietas nuevas —ni visibles ni invisibles— permitió que Serenya cruzara el umbral.

No la miró cuando cerró la puerta. No necesitaba hacerlo.

Ya la había protegido una vez. Esta vez no fallaría.

Se dejó caer contra la piedra, como si la gravedad fuera la única verdad que podía sostenerla.

Fue entonces cuando la penumbra se alteró.

Caelan estaba allí. Quieto. Las sombras se arrastraban inquietas a sus pies, como si hubieran olido sangre. Ezryn también. De pie, con el rostro blanco y los ojos demasiado abiertos. No había palabras. No aún.

—¿Está bien? —preguntó Caelan, sin rodeos.

Lioran no se inmutó.

—Está viva. Y necesita descansar.

Ezryn dio un paso adelante.

—Sentí su magia temblar —dijo, como si eso bastara para explicar su presencia—. Fue como un mordisco. Como si la grieta gritara en su nombre.

El otro entrecerró los ojos. Su poder se alzó como si quisiera rodear a Lioran, pero él no retrocedió.

—¿Quién fue? —gruñó Caelan—. ¿Umbrae? ¿Sangreth?

—Mercenarios —respondió Lioran, seco—. Comprados. No reconocibles. Y muertos. No llegaron a tocarla —añadió, con voz tan fría como el mármol—. Alguien se encargó.

Ezryn frunció el ceño. Sus ojos se clavaron en los de Lioran, buscando una verdad que ya sospechaba, pero no quería nombrar.

—¿Quién les permitió entrar?

Su amigo le sostuvo la mirada, impasible.

—La pregunta no es quién abrió las puertas —dijo con lentitud—. Sino cuántos las cruzarán antes de que alguien las cierre desde dentro.

Ezryn apretó los puños. Caelan respiró hondo.

—Queremos verla —dijo el primero al fin, más bajo.

—Y ella quiere dormir —contestó Lioran, sin alzar la voz, pero con firmeza—. Esta noche, se salvó. Porque alguien decidió que aún era útil. No lo arruinéis por orgullo.

Caelan no respondió, pero su sombra retrocedió. Ezryn no bajó la cabeza. Pero no dio otro paso.

—Mañana —murmuró, y fue casi una promesa—. Quiero oírlo de su boca.

Lioran asintió. No como permiso. Como testigo.

—Entonces que llegue el alba.

Y sin decir más, cruzó el pasillo y se alejó, dejando a los dos hombres quietos, con el deseo contenido en la piel y la culpa recién despertando en las venas.

Tras la puerta cerrada, Serenya no dormía.

Los sentía. Al otro lado. Como heridas que aún sangraban en su nombre.

Un viento más frío que los anteriores se coló entre las columnas.

Traía consigo olor a tierra mojada. A algo que aún no había sucedido.

Serenya alzó la mirada. Las nubes se deshilachaban, dejando asomar una estrella solitaria.

Aquel silencio no era vacío. Era preludio.

Y esta vez, no sintió miedo del temblor bajo su piel. Solo respeto.

Quedó allí, con la grieta latiendo bajo su piel.

El precio de la verdad acababa de subir.

Y la grieta… ya estaba haciendo cu entas.