La llama no escrita (Lux Mortem 1) 45. Sombras vendidas
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45. Sombras vendidas

L levaba horas allí. No sabía cuántas. El cuerpo le dolía en sitios que ni siquiera recordaba tener y el estómago gruñía con una obstinación sorda.

No había comido ni bebido. Ni se había atrevido a moverse.

Temía que incluso un leve roce del talón contra la piedra traicionara su presencia.

Había aguantado porque lo que se decidía tras esas puertas llevaba su nombre.

El consejo no se había interrumpido. O si lo había hecho, ella no lo supo. Las voces se sucedían, se superponían, se callaban y volvían con más furia. Y ella había permanecido allí. En el hueco de piedra. En el margen del mundo.

Cuando por fin abandonó el corredor, la noche ya devoraba el cielo.

Sus pasos eran suaves, pero dentro de ella no había calma.

Había escuchado demasiado. Había absorbido demasiadas verdades a medias.

Kyrion. Lazhar. Elias. Incluso Ezryn, que se había marchado con los ojos ardiendo, pero la boca cerrada. Silencio y herida.

Subió hacia las terrazas altas, donde el aire era más crudo, como si allí la verdad respirara sin máscaras. El frío se enredaba en su túnica ligera, pero no la detuvo. Algo dentro de ella pedía quietud… o temblor.

No había guardias a la vista, pero Serenya sabía —con esa certeza que a veces acompaña al miedo— que la vigilaban.

Siempre había ojos, incluso en la oscuridad.

No era libre, solo ignorada bajo una vigilancia selectiva.

Había límites que no debía cruzar. Límites que, hasta esa noche, nadie había intentado imponerle abiertamente.

Hasta que cruzó uno.

Algo en el aire cambió: la presión invisible de una trampa tendiéndose. La magia de Serenya vibró. Instintivamente, retrocedió un paso. Pero era tarde. La primera sombra se desgajó de la galería. Luego otra. Y otra más.

No era un encuentro. Era una cacería.

No eran del Bastión. Mercenarios. Carne vendida.

El primer golpe la rozó, cortando la manga de su túnica. Serenya retrocedió instintivamente, su magia vibrando. No había armas visibles. No las necesitaban. Eran cazadores. Y ella… su presa.

Se defendió. No como un soldado, sino como una grieta viva: lanzó un chorro de poder blanco y negro que partió la piedra a sus pies. Uno de los atacantes cayó, cubriéndose los ojos contra la luz. Otro se tambaleó, un brazo herido colgando inerte.

Pero el tercero, más rápido y más brutal, se deslizó por debajo de su guardia.

La golpeó con la fuerza de un carnicero, sacándole el aliento en un espasmo seco.

Cayó sobre una rodilla, el mundo girándole alrededor.

El instinto la impulsó a levantar una barrera de magia, pero era inestable, fracturada por el golpe.

El mercenario la tomó del cabello, tirándola hacia atrás. Serenya forcejeó, la energía chisporroteando entre sus dedos. Un latido más, dos, y habría liberado otro estallido...

Pero no llegó.

Una hoja rozó su costado. Una amenaza muda: rendirse o sangrar.

—No se suponía que fuera fácil —gruñó, con acento extranjero—. Solo rápido.

Jadeante, Serenya apretó los dientes. Sintió la grieta rugir dentro de ella, pidiéndole más, exigiendo más. Pero su cuerpo estaba aturdido, su mente desbocada. Y la magia… la magia te mblaba al borde del colapso.

Hasta que la sangre llegó.

Un filo brilló en la oscuridad. Un cuerpo cayó, cortado de lado a lado. Serenya no supo si el siguiente latido sería suyo… o de la grieta. Otro apenas logró girarse antes de que una daga se le clavara en la base del cráneo.

El último atacante, el más grande, la soltó con un grito que se cortó en seco cuando Elias le dirigió una mirada. Solo eso. Una mirada.

—¿Quién te envió? —preguntó en voz baja. El aire olía a hierro y miedo. Nadie respondió. Nadie podía.

No había compasión.

Solo mensaje.

El mercenario se llevó ambas manos a la cabeza, como si algo invisible la comprimiera desde dentro. Se dobló sobre sí mismo, gimiendo en silencio, hasta desplomarse como un muñeco roto.

Bajó la mano. La noche pareció respirar de nuevo. De pie, inmóvil, como si la noche fuera suya, Elias limpió la sangre de su hoja con un movimiento indiferente.

Serenya sintió asco. O gratitud. O ambas. Y no supo qué parte de sí misma temía más.

—Inútiles —murmuró, pateando el cadáver como si fuera basura.

Ella intentó levantarse. Elias llegó a su lado en dos pasos. No la tocó ni le ofreció consuelo. Solo la observó, como se mira algo demasiado valioso… o demasiado peligroso. Luego, se giró hacia la galería en penumbra.

—Que no vuelva a perderse —ordenó.

No hubo respuesta audible. Solo un leve movimiento. Elias se marchó entonces. No miró atrás ni le importó si podía caminar. Su silueta desapareció.

Quedó el silencio. El aire cargado del Bastión parecía contener algo más que olor a sangre.

Serenya respiró hondo, pero su cuerpo no obedecía del todo.

El temblor en sus piernas aún no cedía. Un paso.

Otro. Esta vez, no fue un ataque. Solo entonces, cuando el último eco de sus botas murió, Lioran emergió por completo entre las columnas.

La ayudó a ponerse de pie con manos firmes, pero gentiles, sin invadirla.

No había prisa. No había juicio. Solo un respeto herido en sus movimientos.

Cuando, todavía temblando, lo miró, se atrevió a preguntar:

—¿Siempre hay ojos?

Él asintió, grave.

—Siempre. Pero esta noche… algunos miraron a otro lado.

Ella tragó saliva. El miedo no era nuevo. Pero la traición sí.

—¿Y Elias? —susurró.

Lioran tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era un rumor bajo.

—No todos los que matan por ti... recuerdan por qué lo hacen.

Serenya bajó la vista. Algo dentro de ella, un hilo que aún creía intocable, se tensó hasta casi romperse. Y en el borde de su conciencia, la grieta susurraba:

«No todos los enemigos llegan blandiendo espadas. Algunos vienen sonriendo».

—No vuelvas a salir sola —dijo.

Ya no era una sugerencia. Era una orden nacida del miedo... o de la lealtad quebrada.

—¿Venías a escoltarme de vuelta a mis cadenas? —preguntó ella, sin filtrar la dureza.

Él no respondió de inmediato. La brisa agitó su capa carmesí, revelando el símbolo de los Sangreth bordado en oro viejo sobre el pecho. Pero lo llevaba deshilachado. Como si hubiera dejado de respetarlo… o lo hubiera usado hasta romperlo.

—He pasado mi vida obedeciendo órdenes que no entendía —murmuró finalmente—. Serví a tu muerte, Serenya. Y a tu regreso. Aunque no lo supe hasta ahora.

Ella entrecerró los ojos. El viento levantó un mechón suelto que rozó su mejilla .

—¿Qué sabes de mí?

—Lo que vi hace dos siglos. Lo que juré nunca repetir. —Hizo una pausa. Su voz tembló—. Estuve allí el día que Aelira cayó.

Un recuerdo difuso le atravesó la mente.

La figura de un hombre corpulento de pie junto a una reina de cabello blanco. Una conversación en susurros. Una mirada dirigida a ella… con ternura. No tenía rostro claro. Pero el sentimiento estaba allí.

—Yo… te conozco —murmuró Serenya, más para sí que para él—. O te conocí…

El consejero Sangreth asintió con lentitud, como si esas palabras le dolieran y aliviaran a la vez.

—Pasaste más tiempo en la corte Sangreth del que recuerdas. No eras una prisionera. Ni una visita. Aelira… te amaba como a una hija. A veces decía que el destino te había traído para enmendar una ausencia. Para devolverle algo que la sangre no le había dado.

El pecho se le tensó. No sabía si lo que sentía era gratitud o esa clase de vacío que deja alguien a quien no sabías que habías amado.

—Me leías poesía —susurró de pronto, sorprendida por sus propias palabras—. Cuando llovía. Tu voz era ronca. Pero sabías cada palabra. Y yo… yo me reía.

Lioran cerró los ojos. Por un segundo, la máscara del soldado se quebró.

—Eras luz. Incluso en mitad de aquella tormenta. Si Aelira viviera… sabría qué hacer contigo. Pero yo solo puedo recordarte. Y protegerte como ella me pidió.

—¿Eras su soldado?

—Fui su escudo. Y aún oigo el sonido de su caída. —Se volvió hacia la barandilla, apoyando las manos curtidas en la piedra helada—. Aelira no era solo la reina. Era la única que entendía que la grieta no era una maldición. Era un espejo. Uno que mostraba aquello que no queríamos ver.

—¿Y tú qué viste ?

Giró el rostro hacia ella, la luna iluminando su lado derecho.

—Mi fe —susurró—. Y mi arrogancia. Creí que podía protegerla del mundo. Que la grieta era una herida que sanar… no un umbral que guardar. Y no vi que el enemigo no estaba afuera. Estaba en lo que negábamos.

Un mareo hizo que Serenya se tambalease, pero Lioran la estabilizó cogiéndola por el codo.

—¿Y ahora? ¿Qué eres, Lioran?

Él sonrió con amargura. Se desabrochó la capa y la dejó caer al suelo, revelando la armadura de cuero rojo oscuro que protegía su torso. En la clavícula izquierda llevaba tatuada una runa en espiral, palpitante.

Serenya entrecerró los ojos.

—Esa runa… —murmuró—. Es la misma que lleva la daga que me envió Ezryn.

Lioran bajó la vista hacia su propia espiral. No la ocultó. No la explicó.

—No todo símbolo tiene un solo dueño —fue lo único que dijo.

Respiró profundo y le dijo:

—¿Quieres saber quién soy? Soy un heraldo.

—¿De quién?

—De Aelira. De ti. De la grieta. —Su voz no temblaba—. Me tatué este símbolo cuando volviste. Lo supe antes de que ningún mago lo confirmara. Lo sentí en la sangre cuando el viento cambió de rumbo. Eres la misma. Aunque no lo recuerdes del todo.

—¿Y por qué estás fingiendo lealtad al rey? —inquirió, con los ojos entrecerrados con desconfianza.

Él la miró largo rato. Luego, respondió con una verdad sin ornamentos.

—Porque no quiero que vuelvan a matarte antes de que comprendas quién eres.

Un silencio espeso cayó entre ellos.

—¿Y Ezryn ?

—Ezryn… es más de lo que parece. —Cerró los ojos—. Siempre lo fue. Pero aún está entre dos fuegos. Su padre le enseñó a temer lo que su madre le entregó por amor.

—¿Y tú qué esperas de mí?