La llama no escrita (Lux Mortem 1) 10. El peso del cuerpo
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10. El peso del cuerpo

E l silencio tras el estallido era un abismo.

El príncipe Sangreth fue el primero en hablar, porque el silencio siempre le pareció una forma mediocre de tortura.

—No pienso cargarla yo —dijo, mirando el cuerpo de Serenya con la misma desconfianza que uno reserva a las maldiciones—. Me arrugaría la capa.

El Umbrae no contestó. Apretaba los dientes con tanta fuerza que uno habría jurado que pretendía romperse la mandíbula antes que cederle la palabra.

—¿Qué? —insistió Ezryn, alzando una ceja—. ¿Acaso prefieres dejarla en el suelo como un saco de reliquias rotas?

Caelan se agachó, con movimientos contenidos. Sin ternura ni urgencia, con esa precisión que tienen los actos que pesan  por lo que significan.

—Mi habitación está más cerca —gruñó.

Ezryn bufó, una carcajada seca que no llegó a sus ojos.

—¿Ah, sí? ¿Y qué plan tienes? ¿Dejarla en tu cama y esperar que no te arranque la garganta cuando despierte?

Un crujido de botas los interrumpió. Un guardia se había acercado con cautela, cruzando el umbral con la misma expresión que alguien que entra en una tumba sagrada.

—Alto. No hay órdenes de transporte para la prisionera —dijo Caelan, sin convicción. Alzó la mirada y fue suficiente. El guardia se detuvo en seco. Tragó saliva. Dio un paso atrás .

Ezryn lo miró de reojo, una ceja alzada.

—¿Prisionera? Qué palabra tan fea para una mujer que acaba de abrir una grieta en el corazón del mundo.

Otro guardia, más joven, se persignó en silencio, los dedos temblorosos al trazar el símbolo sagrado sobre su pecho. Murmuró algo en un idioma antiguo, una plegaria que olía a miedo.

—Que los Antiguos nos guarden —balbuceó, sin mirar a nadie.

Caelan no dijo nada. Su sombra se estiró con un siseo bajo, que se arrastró por el suelo hasta el borde de las botas del primer guardia.

—No. Os guardáis vosotros —masculló—. Nadie se acerca.

El joven se tambaleó hacia atrás. El otro retrocedió en silencio. Sombra y sangre. Y en medio, una mujer inconsciente.

El corazón de la tormenta.

Ezryn suspiró.

—Mi habitación tiene vino —agregó, como quien no quiere rendirse del todo.

Caelan ya se alejaba, Serenya en sus brazos, cuando Ezryn lanzó una última palabra al aire, más ligera que una daga… pero igual de afilada.

—¿Y qué harás cuando despierte y no sepa cuál de los dos la encierra?

Caelan no contestó. Pero no se desvió. Sus pasos firmes resonaron por el corredor. No fue al suyo. Ni al de Ezryn.

Fue a la habitación de Serenya: el único lugar donde aún podía fingirse neutralidad ante el Bastión.

Lo observó alejarse, los brazos cruzados y la mirada entrecerrada, como si evaluara las grietas en una muralla invisible.

—Cobarde no eres —musitó para sí—. Pero tampoco imbécil.

Algunos hombres se enfrentan a dragones. Otros los cargan en brazos.

La grieta —un trazo casi invisible en la losa— seguía ahí.

Un temblor seco cruzó el suelo. Una columna crujió. No hubo estruendo. Solo una vena rota. Y polvo cayendo como ceniza de un altar antiguo.

Ezryn lo notó. Alzó una ceja.

—Vaya. Parece que tu querida fortaleza no está tan intacta como creías.

Antes de girar del todo, Caelan sostuvo la mirada del Sangreth un segundo más de lo necesario. Como si, por primera vez en siglos, compartieran algo que ninguno había pedido.

—Una grieta que se cierra —añadió Ezryn, casi reverente—. Y un muro que cae.

El más joven observó el polvo suspendido y susurró, en un idioma ancestral:

—No es solo una fisura —dijo, con los ojos clavados en la fractura de la piedra—. Es una advertencia.

Siguió caminando, con Serenya en brazos y el eco del Bastión temblando bajo sus botas. Ezryn lo observó alejarse, los ojos entrecerrados, los labios curvados en una sonrisa.

La grieta no desapareció. Solo... aguardó.